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Las billeteras virtuales y prestamistas de barrio compiten con el crédito narco

Frente a un Estado en retirada que insiste en que el problema del endeudamiento familias “es un tema entre privados” al tiempo que desregula la economía, las billeteras virtuales y las redes informales disputan por el auxilio financiero de los sectores populares. Tasas de interés usureras, hipervigilancia y el surgimiento del narcotráfico como prestamista.

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Para una familia que vive al día o por debajo de la línea de pobreza, una urgencia o la necesidad de afrontar un gasto imprevisto no encuentra respuestas en el sistema bancario tradicional ni en la contención estatal. Es así como se consolida y crece la nueva proveedora financiera: las billeteras virtuales, que hoy compiten con los prestamistas informales. Las fintech no reemplazan a las antiguas formas de endeudamiento informal, sino que las reciclan y las potencian. «Están ocupando el rol de un servicio financiero junto a otros proveedores de servicios financieros informales», sostiene el sociólogo Ariel Wilkis en diálogo con Manuel Barrientos. 

 

Según explica, «es altamente probable que Mercado Pago no reemplace a los anteriores sino que se suman y la billetera virtual sirve para pagar el fiado o al prestamista” por lo que se entra en un bucle de endeudamiento sin fin. A esto se le suma una transformación de fondo en la dinámica del crédito: las billeteras virtuales tienen una muy baja institucionalización. A un click. Eso les da una expansión y “una velocidad de otorgamiento de créditos fabulosa y con una cobertura frente al riesgo de no pago elevadísima, porque tienen una tasa de interés gigante, muchas veces imposible”. 

 

Y si Mercado Pago cumple un servicio financiero inmediatísimo es porque existe una falla estructural de la protección social. Y no solo en el sistema financiero sino en el mercado laboral y sobre todo en el Estado, que debe garantizar acceso a la vivienda, a la salud, a la educación, etc. Wilkis sostiene que a las clases dirigentes “las debería interpelar el hecho de que si una familia tiene una emergencia un viernes a las doce de la noche y tiene que pagar un medicamento o un velorio, ahí está Mercado Pago. Eso abre toda una discusión sobre qué tipo de infraestructuras públicas financieras hay que desarrollar, porque esos problemas van a seguir estando».



A la par de la usura digital, la no injerencia del estado en un conflicto sistémico, consolida un fenómeno aún más complejo que lleva tiempo ganando espacio en el territorio: la aparición de las redes delictivas como administradoras del crédito. Son las redes narco las que proveen un servicio financiero en los barrios, muchas veces a mejores tasas que las fintech, pero con riesgos directos sobre la seguridad de las personas.

La contracara de esa inmediatez son las condiciones extremas de toma de deuda a la que se ven expuestos los sectores de menores ingresos. Y es que ofrecer una y otra vez vía notificación a las personas de a pie créditos con hasta el 800% de interés anual -según el perfil de los usuarios, y en este contexto- es usura explícita, con connivencia del estado, que al tiempo que desregula los servicios insiste en que “se trata de un tema entre privados”. Mercado Pago está ofreciendo créditos a gente que necesita plata urgente y que no puede acceder a ella por ningún medio, y que le podría aliviar unos días o unos meses de su vida a cambio de arruinarle sus cuentas por un largo tiempo, o empujarlos definitivamente hacia los márgenes. Además, opera una lógica de algoritmos e hipervigilancia que, ante el menor retraso en las cuotas, presiona y escracha: avisa a los contactos cercanos del usuario que están en mora, violando derechos constitucionales básicos de las personas como el derecho a la intimidad, la protección de datos personales, la ley de defensa al consumidor, entre otros. 

 

A la par de esa usura digital, la no injerencia del estado en un conflicto sistémico, consolida un fenómeno aún más complejo que lleva tiempo ganando espacio en el territorio: la aparición de las redes delictivas como administradoras del crédito. Son las redes narco las que proveen un servicio financiero en los barrios, muchas veces a mejores tasas que las fintech, pero con riesgos directos sobre la seguridad de las personas y de vínculos de dependencia y sometimiento que el estado -por omisión- se ocupa de garantizar. 

 

Esta bomba de tiempo, a punto de explotar en la cara del gobierno, permeó en distintos sectores de la sociedad en las últimas semanas. La Iglesia Católica alzó la voz para advertir sobre el impacto ético y social del mercado desregulado. Como lo contó Washington Uranga en una nota publicada publicada en 4Palabras tras la creación del «Domingo de la Justicia Social», el cardenal arzobispo de Córdoba, Ángel Rossi, remarcó que «cuando se eliminan las políticas públicas que cuidan a los más frágiles no se genera libertad, lo que se genera es desamparo», y advirtió que «a las periferias abandonadas no llegan las leyes del mercado desregulado» porque «el mercado busca la ganancia, no la fraternidad. Y cuando el Estado le suelta la mano a los más vulnerables, lo que queda no es la libre competencia, sino la ley de la selva».

 

Entonces, el debate no pasa por una condena moralista a las plataformas digitales. Como plantea Wilkis, el verdadero desafío exige discutir la regulación del sistema bancario y la urgencia de desarrollar infraestructuras financieras públicas. Porque si el Estado no fija límites a las tasas de interés ni ofrece herramientas de crédito flexibles, ágiles y con sentido social, el negocio de la desesperación seguirá siendo explotado por el algoritmo o el crimen organizado. 

 

4Palabras



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