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Buenas vibras personales: la precaria distensión entre Trump y Xi
Entre gestos cortesanos y promesas de pandas, la cumbre entre los mandatarios de China y Estados Unidos dejó poco contenido y mucho teatro diplomático. Sin embargo, en un mundo al borde del choque por Taiwán, Irán y la inteligencia artificial, que dos potencias dialoguen no es poco. ¿Alcanza la “química” para evitar el desastre?
- octubre 1, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Hubo recibimiento a pie de la escalerilla, revista de tropas, té con las primeras damas, una escultura de un águila calva de regalo para el líder asiático y la promesa de un par de pandas chinos para el zoológico de Atlanta. Donald Trump y Xi Jinping admiraron juntos el original de la Declaración de Independencia Estados Unidos. Lo que no hubo fueron anuncios que vayan a quedar registrados en los libros de historia: tras dos días de reuniones, el tiempo dedicado a las cuestiones que enfrentan a las dos grandes potencias de nuestro tiempo fue escaso.
Y, sin embargo, que el encuentro haya ocurrido importa. La de Washington fue la segunda cumbre del año, tras la de Pekín en mayo. Ahora Trump confirmó que irá a la cumbre del foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) en Shenzhen, en noviembre, y Xi aceptó asistir al G20 en Florida, en diciembre. Fue un indicador más de una distensión deliberadamente buscada, un proceso que arranca en el encuentro entre ambos hombres en Busan, Corea del Sur, hace un año. Gestionar la rivalidad, antes que superarla, es la opción tácitamente acordada.
Del lado trumpiano, el espíritu fue el de siempre: reducir un vínculo entre estados a un vínculo entre dos hombres. Las referencias a la “excelente relación personal” desplazaron cualquier alusión a los temas sustantivos en agenda. Lo más concreto fue prorrogar unos magros dos meses la tregua comercial acordada en Busan, que vencía en noviembre. Las tierras raras refinadas, el arma con la que Pekín hizo retroceder a Washington el año pasado, no se liberaron del todo, y las compras agrícolas prometidas por China están en gran medida pendientes. El tenso statu quo persiste intacto, aunque servido sobre mantel de gala.
Donde más debe inquietar la escasez de sustancia de la cumbre es en la cuestión de la inteligencia artificial. Los comunicados de ambas partes hablan de diálogo bilateral y de un canal abierto para actuar conjuntamente ante incidentes, pero no hubo acuerdo en una sola medida para contener la tecnología.
Enfrente, un Xi que juega en otra escala temporal. En el texto oficial chino que recoge sus palabras en la bilateral con Trump, pide traducir en acción la “estabilidad estratégica constructiva” acordada en mayo: cooperación como eje, competencia moderada, diferencias manejables. Su única línea roja declarada es Taiwán: exige a Washington respetar en los hechos el principio de “una sola China” sobre la base del cual establecieron relaciones diplomáticas Richard Nixon y Mao Zedong.
Trump, entretanto, remolonea con la aprobación de la venta a la isla de un paquete de armas de 14.000 millones de dólares. Xi observa. La guerra que Estados Unidos e Israel lanzaron contra Irán en febrero cerró el estrecho de Ormuz y disparó el precio de la energía, pero no afectó el ritmo de la economía china. Pekín, primer socio comercial de Irán, evita involucrarse públicamente, aunque la mayoría de los observadores afirman que China habría provisto las imágenes satelitales que le han permitido a Irán ser letal contra objetivos estadounidenses en el Golfo Pérsico. En Washington, Xi se limitó a auspiciar el regreso al acuerdo interino que EE.UU. y los iraníes habían alcanzado en junio. Xi parece dispuesto a no interrumpir a Trump mientras éste se está equivocando. Esa pasividad aparente es una estrategia polifuncional: la no intromisión abierta es presentada como una contribución a evitar la trampa de Tucídides, es decir, a desmentir la inevitabilidad del enfrentamiento entre Washington y Pekín.
Donde más debe inquietar la escasez de sustancia de la cumbre es en la cuestión de la inteligencia artificial. Los comunicados de ambas partes hablan de diálogo bilateral y de un canal abierto para actuar conjuntamente ante incidentes, pero no hubo acuerdo en una sola medida para contener la tecnología, y eso tras un verano boreal durante el que agentes de IA escaparon de sus entornos de prueba, lanzaron ciberataques por su cuenta y borraron sus huellas. Horas antes de la llegada de Xi, Trump señaló que prefería dejar el tema exactamente como estaba, y que esa era también la posición china; Xi, en cambio, insistió en el control humano sobre los agentes de IA. Aunque un teléfono rojo no es un matafuegos, avanzar en un protocolo bilateral era un mínimo esperable de la cumbre: no ocurrió. Trump, que ya había dicho en la ONU que se opondría a cualquier esquema de control, volvió a sostener tras la cumbre que no pisará el freno. Desde Anthropic, Dario Amodei había promovido la necesidad de evaluadores independientes, de coordinación entre empresas y gobiernos, con una fuerte cooperación global como estación de destino; nada de eso asomó en una cena de bienvenida que tuvo sentados a Sam Altman, Elon Musk, Jeff Bezos y Sundar Pichai, sumos sacerdotes del laissez faire, a la mesa. Hablar de seguridad mientras se compite por la primacía es la forma más necia de desoír una advertencia. Dos potencias obsesionadas con llegar primero difícilmente se preocupen por los riesgos.
¿Fue entonces una cumbre para el olvido? Quizá la pregunta sea otra: si, en un mundo de pugnacidad creciente, la falta de noticias no es en sí misma una buena noticia. Dos potencias nucleares que se disputan la primacía tecnológica, con Taiwán como mayor foco de riesgo bélico, tienen incentivos de sobra para chocar; que en cambio se sienten a la mesa y mantengan abiertos los canales de comunicación no es poca cosa. Las buenas vibras, en política exterior, son el lubricante que ralentiza el desgaste de la fricción.
Conviene, sin embargo, no confundir el lubricante con el motor. Una distensión apoyada en la “química” entre dos líderes es frágil por definición. América Latina, históricamente campo de disputa, sabe que menos tensión entre los gigantes significa más espacio para la autonomía; pero sabe también que, cuando Washington y Pekín fijan bilateralmente las reglas del comercio o de la IA, el resto del mundo espera en la antesala. El orden multilateral erosionado no se repondrá con un intercambio de gentilezas cortesanas entre dos líderes ocasionales. Shenzhen y Miami serán las próximas pruebas. Si el calendario se cumpliera, el mundo seguirá ganando tiempo. Si las amabilidades intercambiadas hoy dejan paso a una renovación de la tensión, recordaremos que, en tiempos de pugnacidad, hasta la ausencia de noticias era un lujo.
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