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Victoria histórica de la extrema derecha en Sajonia-Anhalt: la unificación alemana como espejismo

Victoria histórica de la extrema derecha en Sajonia-Anhalt: la unificación alemana como espejismo Un terremoto político sacude a Alemania: la extrema derecha acaricia la mayoría absoluta en el este. Entre motonetas vintage y la sombra de la “remigración”, una frontera invisible vuelve a fracturar al país. ¿Cómo logró un candidato juvenil convertir el extremismo en un fenómeno pop y poner en jaque al cordón sanitario de la democracia alemana?

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La imagen muestra la celebración del partido político alemán de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) tras obtener una victoria histórica en las elecciones regionales del estado de Sajonia-Anhalt.

Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo el 43,8% de los votos en las elecciones  que se realizaron el 6 de septiembre en el de estado federado de Sajonia-Anhalt, más del doble de lo cosechado en 2021 y el mejor resultado de la ultraderecha en cualquier Land alemán desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. No es un indicador trivial: la rama de AfD en este estado fue clasificada en 2023 como “gesichert rechtsextremistisch» (caso confirmado de extremismo de derecha, la categoría más grave de vigilancia estatal antes de una eventual prohibición) por la Oficina de Protección de la Constitución (Verfassungsschutz). Es decir que un partido bajo supervisión de los servicios encargados de defender el orden constitucional quedó, con 39 de 83 escaños, a apenas tres bancas de alcanzar mayoría propia en un parlamento estadual. Nunca, desde 1945, la extrema derecha había alcanzado tanto apoyo electoral.

Treinta y seis años después de la reunificación, el resultado vuelve a poner en evidencia que la frontera entre las dos Alemanias nunca desapareció del todo: simplemente dejó de ser un muro para convertirse en una divisoria nítida en la geografía electoral. Sajonia-Anhalt confirma que el este sigue votando distinto, cobrando salarios inferiores y confiando menos en el viejo sistema de partidos que el oeste. Lo llamativo esta vez es que esa brecha se evidenció con una participación del 77,8%, la más alta desde la reunificación —frente al 60,3% de 2021—: no fue el abstencionismo el que empujó a AfD al primer lugar, sino la movilización de votantes que antes optaban por la Bürgerprotest de la abstención y que esta vez se volcaron en masa hacia la extrema derecha.

El correlato de ese ascenso es el derrumbe de la Unión Demócrata Cristiana (CDU), que pasó del 37% al 17%, perdiendo más de la mitad de sus votos totales de 2021 y cediéndole a AfD una buena porción de éstos. El canciller federal, Friedrich Merz, compareció al día siguiente “profundamente conmocionado”. Esbozó la autocrítica de “no haber explicado bien” las reformas de su gobierno y prometió no rendirse, aunque sin dar pistas acerca de qué se propone cambiar. Su liderazgo, que nunca terminó de convencer ni a todas las corrientes de su partido ni a la opinión pública en general, atraviesa ahora su peor momento: en las encuestas nacionales, AfD lidera con cerca del 28% frente a un 20% de la CDU/CSU, y dentro del propio partido crecen las voces que cuestionan si el “cordón sanitario” para aislar a la ultraderecha.

El rostro de la victoria es Ulrich Siegmund, de 35 años, diputado regional desde 2016 y copresidente del bloque de AfD en el parlamento estadual desde 2022. Nacido en Havelberg semanas después de la reunificación y criado en Tangermünde, pasó brevemente por las filas de la CDU antes de mudarse a AfD y construyó buena parte de su popularidad como crítico de las restricciones sanitarias durante la pandemia. En persona despliega las dotes de su antiguo oficio de vendedor: sonrisa amplia, apretón de manos rápido, un comentario amable y aparentemente espontáneo sobre la ciudad natal de su interlocutor. Esa cordialidad calculada es también estrategia de campaña: Siegmund convirtió la motoneta Simson, fabricada en la antigua República Democrática Alemana (RDA) y hoy objeto de culto entre coleccionistas, en símbolo de su candidatura, encabezando multitudinarias caravanas y llegando él mismo montado en esa motoneta a votar en su pueblo natal.

La plataforma que propuso la AfD fue deliberadamente extremista: prometió una ofensiva de deportaciones y la “remigración” –el eufemismo con el que la ultraderecha europea designa la expulsión masiva de personas migrantes, incluyendo a quienes ya son alemanes de pleno derecho–, clases segregadas para niños refugiados y la proscripción de la bandera del orgullo LGBTQ en las escuelas.

El gesto no es inocente. Las Simson fueron fabricadas originalmente por una familia judía expropiada por el nazismo en los años treinta y hoy radicada en Estados Unidos. Sus descendientes rechazan públicamente que la marca se asocie con AfD. Pero para buena parte del electorado del este, esa motoneta sigue representando algo distinto: la frescura juvenil y la identidad de la última generación de la RDA, resignificada ahora como emblema de orgullo local frente a un establishment percibido como ajeno y occidental. Es el mecanismo que el periodista italiano Paolo Berizzi describe como “fascismo pop»: una derecha radical que disputa hegemonía cultural no a través de la iconografía autoritaria, sino bajo el disfraz de una cotidianeidad amable, de una nostalgia compartida, Valiéndose de objetos de culto retro. Siegmund no levanta la voz: le alcanza con subirse a una vieja motoneta y sonreír.

Esa Östalgie —la nostalgia por la vida cotidiana de la Alemania comunista, mezclada con el resentimiento por cómo le fue al este tras 1990— es el verdadero yacimiento retórico y estético de la campaña. AfD no promete simplemente cerrar fronteras: promete un retorno a “la vieja y segura Alemania”, fórmula que funciona como pantalla de una añoranza más específica, la de un orden anterior al giro antiautoritario de 1990.

Lejos de correrse al centro, la plataforma que propuso Siegmund fue deliberadamente extremista: prometió una ofensiva de deportaciones y la “remigración” –el eufemismo con el que la ultraderecha europea designa la expulsión masiva de personas migrantes, incluyendo a quienes ya son alemanes de pleno derecho– clases segregadas para niños refugiados, prohibición de construcciones con minaretes y de los llamados a la oración islámica, la proscripción de la bandera del orgullo LGBTQ en las escuelas y el recorte de subsidios a lo que llama “cultura antialemana”. Siegmund participó en noviembre de 2023 de la reunión secreta de Potsdam donde se debatieron planes de “remigración” masiva. Para él, su éxito en Sajonia-Anhalt prueba que la radicalidad, no la moderación, es lo que paga electoralmente.

Lo que puede darle esa mayoría es, paradójicamente, un partido surgido de la izquierda. La Alianza Sahra Wagenknecht (BSW), desprendimiento de La Izquierda (Die Linke) con un discurso que combina estatismo económico, euroescepticismo y que critica la supuesta laxitud de la política migratoria, rozó el umbral del 5% necesario para entrar al parlamento. Sin ella dentro de la cámara, AfD habría alcanzado la mayoría absoluta; con ella adentro, la aritmética se complicó, pero BSW ya tendió puentes: propuso un gobierno “de expertos”, suprapartidario, dispuesto a dialogar con todos —incluida la ultraderecha— y no descartó abstenerse en una tercera votación para permitir la elección de Siegmund como primer ministro por simple pluralidad de votos (sin mayoría).

En este caso, las casualidades no existen: AfD y BSW coinciden en exigir la reapertura de importaciones de petróleo y gas rusos, rechazan la ayuda militar y financiera a Ucrania y exigen reducir la migración irregular. Los llamados rojipardos comparten algo más que tácticas parlamentarias: comparten una misma Östalgie geopolítica, la añoranza de un mundo en el que Moscú, y no Bruselas ni Washington, definía el horizonte del este alemán.

Fuera de Alemania, quien más rápidamente celebró fue Donald Trump, que calificó el triunfo de AfD como una “gran noche” y cerró su mensaje en la red Truth Social con las siglas MGGA —Make Germany Great Again—. Una vez más, el presidente estadounidense actúa como jefe de campaña de la Internacional Reaccionaria: el mismo patrón de suma cero entre gasto en defensa y bienes públicos que lo lleva a presionar al Reino Unido con el pretexto de Malvinas reaparece aquí, alineado ahora con su ofensiva discursiva contra las políticas migratorias europeas. Merz, a la defensiva, atribuyó parte de su derrota a los “actores del exterior” que se apresuraron a felicitar a AfD, un señalamiento que no alcanza a explicar un desplome que fue, ante todo, doméstico.

El mapa que deja Sajonia-Anhalt es el de una Alemania partida en dos: AfD es hoy la primera fuerza en el este y, al mismo tiempo, sigue débil en el oeste. Esa asimetría es, para Merz, la trampa perfecta: sostener el cordón sanitario lo condena a seguir perdiendo terreno en el este; negociar, aunque sea tácitamente, lo obligaría a gobernar contra su propia doctrina y terminaría de erosionar lo que le queda de identidad centrista ante el electorado federal. Sajonia-Anhalt y, en pocos días, Mecklemburgo-Pomerania Occidental, que también va a las urnas, dejan a la vista una línea de fractura heredada de la Guerra Fría, pero también resquebrajan la fachada de una democracia liberal construida sobre los escombros que dejó un experimento atroz que algunos alemanes empiezan a olvidar.

 

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