- Cultura
- /
- Picada cultural: Una sombra voraz + Hitchcock + Han y los dobles que nos habitan
Picada cultural: Una sombra voraz + Hitchcock + Han y los dobles que nos habitan
De la aclamada obra de Mariano Pensotti al suspenso existencial de Hitchcock. Un recorrido que cruza el teatro independiente con la filosofía de Byung-Chul Han para cuestionar la identidad, el mandato del éxito y la autoexplotación en la era del rendimiento. ¿Es posible liberarnos de nosotros mismos? Una invitación a recuperar la alteridad frente al espejo del doble.
- abril 19, 2026
- Lectura: 3 minutos
Compartir:
- abril 19, 2026
- Lectura: 3 minutos
Compartir:
Una sombra voraz es una de las citas obligadas de la temporada, una de esas gemas que el teatro independiente de Buenos Aires suele regalar cuando los talentos se alinean. El fenómeno se explica desde la arquitectura de su director y dramaturgo, Mariano Pensotti, pero cobra cuerpo en el despliegue descomunal de Diego Velázquez y Patricio Aramburu. Se puede ver los sábados a las 20h y los domingos a las 18h en Dumont 4040.
La trama nos presenta a Julián Vidal (Aramburu), un escalador que luego del festejo de su cumpleaños 40 comienza a pensar en su retiro. Es el hijo de un alpinista legendario que dejó la vida intentando abrir una ruta inédita hacia la cima del Annapurna. Por su parte, Velázquez le da vida a Manuel Rojas, un actor encasillado en el éxito de una serie policial donde interpreta al comisario Torres.
Ambos cargan con el agotamiento de sus propias vidas, están cansados de llevarse puestos. Hasta que un sismo externo fuerza el viraje: el hallazgo fortuito de un libro de Petrarca impulsa a Julián a retomar el desafío inconcluso de su padre, mientras que a Manuel le llega la oferta de protagonizar una película sobre la vida, precisamente, de Julián Vidal. Es la chance de un giro que lo saque del molde.
Surge entonces la pregunta sobre la mimesis: ¿quién imita a quién? ¿Manuel a Julián o Julián a su padre? ¿Es un deseo de semejanza o un intento de suplantación directa?
La puesta de Pensotti y el Grupo Marea trabaja en capas –temporales y espaciales– superpuestas. Hay una plano que avanza con precisión coreográfica y no da tregua; una maquinaria de comedia dramática brillante con diálogos que se disparan a la velocidad de una screwball comedy. Allí, el dramaturgo se permite la ironía sobre la crisis de los 40, el oficio actoral, el cine de plataformas y el progresismo urbano. Ese plano atrapa al espectador y no lo suelta, apoyado en un despliegue físico notable donde los protagonistas pasan del trote en la cinta a la escalada en un decorado que utiliza elementos mínimos (y rebatibles).
Debajo de esa puesta prodigiosa y rauda hay otra capa que va permeando de forma sutil. Una veta que se interroga sobre el peso de la filiación, sobre el mandato de una sociedad que exige logros y comercializa cualquier experiencia. Aparecen allí el cambio climático y nuestra relación —fracturada o idílica— con el entorno. Ese plano conmueve y se queda instalado en la mente del espectador varios días después de la función.
Pensotti explora la idea del doble mediante un procedimiento dialéctico. Todo se estructura bajo una lógica de pares: Vidal/Rojas, Vidal y su padre, Rojas y su padre, ellos y sus hijos, el presente y los recuerdos, la ficción con la realidad, la cultura independiente y la lógica comercial, los destinos marcados con la voluntad individual. El despliegue físico como exhibición pública de una salud de hierro y el riesgo o la enfermedad como sombras acechantes de la finitud. Las identidades aquí se construyen siempre frente al espejo de ese doble. Ante el individualismo feroz y el ensimismamiento actual, el texto recuerda que siempre existe un otro (u otra posibilidad latente).
En esa línea, Una sombra voraz rescata el valor de la amistad como ese encuentro que nos completa. Bajo la premisa de que la libertad siempre es de a dos, el vínculo con el otro termina siendo lo único que, finalmente, logra liberarnos de nosotros mismos.
***
Hay un mediometraje de Alfred Hitchcock que me persigue desde aquellas noches de televisión pública en la adolescencia. Se trata de El caso del Sr. Pelham, un episodio que el maestro del suspenso rodó en 1955 para su célebre ciclo Alfred Hitchcock presenta. La premisa es tan sencilla como aterradora: un ejecutivo solitario y exitoso, interpretado por Tom Ewell, descubre que alguien ha decidido no solo robarle la identidad, sino directamente usurparle la existencia. En su casa, en la oficina y hasta en su club de caballeros, el otro ya está ahí.
Poseedor de una vida rutinaria, Pelham llega a un lugar y todos se sorprenden de verlo: “Pero si acabás de irte”, le dicen. El doble, en algún punto, parece una versión mejorada de sí mismo: es más hábil en el billar, más amable con el empleado doméstico e, incluso, más eficiente en el trabajo. En un acto de desesperación, el Pelham original decide romper sus elecciones habituales para diferenciarse del impostor. Es el error fatal. Ese cambio es, precisamente, lo que termina forzando su reemplazo definitivo. Ese Pelham falsificado no solo se queda con su espacio físico; se queda con su biografía.
Al igual que se plantea en Una sombra voraz, la pieza de Hitchcock borra la frontera entre la realidad y la ficción, entre la verdad y el simulacro. Arroja preguntas desgarradoras: ¿Existe alguien capaz de actuar de nosotros mejor que nosotros mismos? ¿Hay alguien que pueda llevar adelante nuestra vida con más éxito que nuestro propio yo? Es una duda que asfixia, pero que al mismo tiempo abre una rendija para cuestionar qué estamos haciendo con nuestro destino. Y a qué llamamos éxito.
La historia detrás del guión es, de forma paradójica, un juego de espejos en sí mismo. Hitchcock se basó en un relato breve de Anthony Armstrong publicado en Esquire en 1940. Luego de varias adaptaciones en la TV británica, el director inglés la captura para su serie y la convierte en un hito. Ante el éxito, Armstrong hizo lo propio: amplió el cuento y lo transformó en una novela que, años más tarde, Basil Dearden llevó al cine con Roger Moore como protagonista. Una trama extraña de duplicaciones que mutan constantemente, recordándonos que a veces la “pieza original” solo es el primer paso hacia una obra maestra, que tampoco es definitiva.
***
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han rescata en su obra el fascinante juego de las falsificaciones chinas, un concepto que desafía nuestro imaginario occidental. Aparece aquí el shanzhai, un neologismo que se traduce como «falsificación» o «parodia», pero que encierra una potencia distinta. Para entenderlo, hay que hilar fino entre los matices del idioma: mientras el fangzhipin es una copia con diferencias evidentes y el fuzhipin busca ser idéntico al original, el shanzhai es la copia que introduce una diferencia de manera intencional.
Han sostiene que estos productos a menudo incluyen mejoras funcionales e innovaciones que terminan superando a los originales. Como sucedió con la obra original de Armstrong luego de pasar por las manos de Hitchcock. Lo que hace el filósofo es reivindicar la diferencia transformadora. El pensamiento chino tradicional desconfía de las esencias inmutables; por eso, el shanzhai representa una “deconstrucción negativa” donde el original no goza de un estatus superior. A contramano de la obsesión occidental por el “genio” creador y la propiedad intelectual, este concepto funciona mediante la variación y la combinación continua, tal como los maestros pintores chinos que honraban la tradición copiando obras antiguas para darles nueva vida.
Para quienes quieran profundizar en estos pensamientos, la edición reciente del libro Byung-Chul Han, del español Juan David Almeyda Sarmiento (Ediciones Manantial), ofrece una cartografía precisa. El texto recorre su obra con rigor: desde su trabajo de pico y pala en las canteras de la dialéctica de Hegel y el legado de Heidegger hasta su reconocimiento fundamental del budismo zen.
Radicado en Alemania, Han se ha transformado en uno de los críticos más punzantes del neoliberalismo. Su denuncia es clara: vivimos en la dictadura de la positividad absoluta, una cultura del logro y del rendimiento que ha mutado de la biopolítica de Michael Foucault a una “psicopolítica” donde el látigo ni el control ya no son externos. Ahora, somos nosotros mismos quienes nos autoexplotamos bajo la máscara de la libertad.
Para Han, la tragedia contemporánea reside en el borramiento de la negatividad. Esa ausencia de “lo otro” (lo distinto, lo lento, lo opaco, lo distante) nos encierra en un desierto de espejos donde falta la alteridad y la posibilidad real de encontrarnos con quien es diferente. En este reino de la positividad (lo igual, lo hipercomunicado, lo transparente, lo veloz, lo optimizado), no queda margen para la contemplación. La invitación es a recuperar el vínculo con la naturaleza, lo espiritual y la vida comunitaria. Reconocer, en definitiva, la finitud y el dolor. Y permitirnos el encuentro con esa sombra voraz que nos acecha.
***
Antes de bajar la persiana de esta oficina, quiero recomendar el primer episodio del Diario de migrañas de Martina Dentella. Una crónica autobiográfica valiente y bellamente escrita acerca de su descenso al infierno del estatus migrañoso. Es una llamada urgente a aprender a escuchar el dolor y los gritos del cuerpo, ante las escisiones que nos provoca el mundo contemporáneo. También no pasen por alto el artículo “No estás ansioso, estás siendo medido” de Pablo Castillo. Ambas lecturas habitan las sombras voraces del presente y recuerdan que no somos máquinas lanzadas al logro sino cuerpos con finitud.
Esto es todo por hoy. Hasta la semana próxima, saludos cordiales de este humilde redactor.
4Palabras
Compartir:
Temas relacionados
Comentarios Cancelar la respuesta
Más leídas
- All Posts
- Ciencia y Tecnología
- Cultura
- Deportes
- Economía
- Internacional
- Política
- Sociedad
Suscríbete a nuestro boletín para mantenerte actualizado
Más información
- All Posts
- Ciencia y Tecnología
- Cultura
- Deportes
- Economía
- Internacional
- Política
- Sociedad



