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Diario de migrañas (I)
El dolor pone la vida en pausa. El descenso al estatus migrañoso. Treinta y tres días de oscuridad, con diagnósticos invisibles y planes cancelados. El aprendizaje forzoso de un cuerpo que grita. La necesidad de encontrar una tregua o una forma de fe para volver a empezar.
- abril 18, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Estoy en una capilla pequeñísima que hace algunos días descubrí a diez cuadras de mi casa. Está un poco escondida, detrás de una casona antigua, rodeada de árboles. Un cura habla mientras mira a las cinco o seis personas que hay alrededor. Habla de la resurrección, de la oscuridad que fue necesaria para que Cristo viera la luz. Escucho algunas palabras sueltas, estoy aturdida. Me laten las sienes. Solo pienso en las imágenes de mi cerebro que hace algunas horas la clínica me envió por mail: inconexas, oscuras, asimétricas. Hay agujeros, vacíos, puntos. Las de vasos intracraneales se parecen el póster de la peli de Donnie Darko. Vuelvo al cura. Su cara es amable. ¿Por qué estoy ahí? Afuera llueve. No sabía que era la hora de misa. Solo sé que me llevó el dolor. Tal vez ese fue el vehículo, pero en este tiempo que ofrece espiritualidad multiplicada por decenas de experiencias, yo había quedado desconectada: absoluta y terroríficamente terrenal, llana, atada a lo diario y lo mecánico. Volví entonces al único lugar donde la paz está conmigo: donde Antonia, mi abuela, me apretaba la mano con la suya llena de anillos. Porque también eso quería decir un domingo de cruzar la plaza llena de árboles, de compras en el super, de cocinar juntas, de verla sonreír.
La paz sea con ustedes, dijo. Lloré. El espacio era cada vez más pequeño. Resulta que Jesús se aparece a los discípulos reunidos a puerta cerrada por miedo, mostrándoles sus manos y saludándolos con «la paz sea con ustedes» y envía a los discípulos y sopla sobre ellos para recibir el Espíritu Santo, y perdona sus pecados. Tomás se niega a creer sin ver y tocar las heridas de Jesús. Ocho días después, Jesús se aparece de nuevo, invita a Tomás a tocarlo y Jesús concluye diciendo: Dichosos los que no han visto y sin embargo creen.
Hace treinta y tres días que tengo un dolor crónico: una migraña instalada, enquistada. Hace treinta y tres días que no puedo planificar. Perdí tres cumpleaños queridos. Me bajé del ascensor cuando iba al estreno del documental de un amigo, dejé plantada a otra mamá con la que iba a tomar un café, y a un entrevistado que esperaba hace semanas. Hace treinta y tres días que no voy a la oficina. Treinta y tres días que no como harina, ni tomates, ni berenjenas, ni queso provolone o sardo o reggianito, que terminé mi ayuno, que no tomo vino, ni cerveza, ni puedo atarme el pelo, o leer un libro sin tener que pausarlo, ni escribo con placer. Porque es imposible escribir con dolor.
Pero aprendés. Por ejemplo: cuándo tenés que tomar un rescate. Cuáles son las señales de alerta. Cuál es el aviso. Tic, tic, tic. Ese es obvio. Si va del ojo a la nariz, y llega a las sienes, hay rescate. Si hay dolor en la nuca, podés aplicar calor. Podés zafar, o no. El hielo ayuda mucho. La oscuridad también. Lo que no ayuda nada es el miedo y la culpa de sentir que perdés días de vida.
Hace treinta y tres días que tengo un dolor crónico: una migraña instalada, enquistada. Hace treinta y tres días que no puedo planificar. (...) Pero aprendés. Por ejemplo: cuándo tenés que tomar un rescate. Cuáles son las señales de alerta. Cuál es el aviso.
Los días son largos y te volvés un poco vampira. Blanca. Ojerosa y rígida, muy rígida. La almohadilla caliente es fantasmal. Si está o no, opera. Aprendés a dejar de hablar cuando es necesario el silencio. Y los demás, tus convivientes, aprenden a interpretar los gestos cuando el dolor se desata. Aprendés sobre el sistema nervioso central y nuevo vocabulario: posdromo, nervio trigémino, alodinia, efecto rebote, hipersensibilidad sensorial, gastroparesia, dolor referido, CGRP. Solo querés que llegue la noche, empastillarte y lograr dormir.
Lo desopilante del diagnóstico de la migraña es la ausencia. Si la resonancia está bien, si la neuróloga dice sistema nervioso, venas y arterias impecables: tenés un estatus migrañoso. Entonces tenés una enfermedad neurológica discapacitante, invisible e incurable. Solo tratable. Feroz y tétrica.
Y todos te dan recetas bienintencionadas: hacé acupuntura, a mi me funcionó el tai chi, pilates, correr, meditación, masajes, ayurvédicas, y otras decenas de terapias alternativas.
Decís que sí y en parte te alivia saber que hay decenas de tu especie –los migrañosos– pero con la tormenta los pensamientos no paran, operan en una base más profunda, como dentro de un yo que no es yo. Es más oscuro. No es pesar, es pesadumbre. Todo se pone en pausa, porque la migraña te inhabilita, te discapacita. Solo hay herejía y una sola urgencia: sacar el dolor. Y ahí todo es válido. Una podría sencillamente pedir que la maten, o correr hasta chocar con una pared o arrancarse esa extremidad como una salvaje. Pero inevitablemente, baja la persiana y se tumba para fundirse. Como una caída libre, pero en la cama. Si puede. Pero aprende, también, que una crisis de angustia es un lugar del que se puede volver.
Hoy me reí por primera vez en treinta y tres días. El dolor está ahí pero me da tregua. Y escribo porque pienso, honesta y profundamente, que tal vez todo se trate de fe. De algo en que creer.
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