Alejandro Kaufman: la marcha del Ni Una Menos y la potencia de las calles frente al mileísmo
El crítico cultural y ensayista analiza la trascendencia revolucionaria del movimiento feminista en la historia reciente. También propone salir de la lógica de buscar culpables entre las dirigencias y comunicar las distintas formas de resistencias que hay en todo el país.
- junio 4, 2026
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- junio 4, 2026
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“En la historia reciente hubo DOS hechos revolucionarios, uno fue derrotado trágicamente a partir de 1976. El otro es el Ni Una Menos, que nunca podrá ser derrotado hasta que caiga el patriarcado”, escribió Alejandro Kaufman en Twitter (o X) el miércoles 3 de junio a las 22.49. Aún quedaban manifestantes en la zona de la Plaza Congreso luego de la masiva movilización. También en muchos puntos geográficos de la Argentina.
En diálogo con 4Palabras, el docente universitario y crítico cultural explica que, si uno llama hechos revolucionarios a aquellos que adquieren una “consistencia radical de revisión de condiciones estructurales”, la resistencia que surge a partir de 1955 y el movimiento feminista se destacan en la historia reciente.
¿Por qué considera al movimiento del Ni Una Menos como un hecho revolucionario?
Los movimientos feministas y disidentes van mucho más allá todavía que las revoluciones sociales, porque cuestionan una invariante de civilización, asimétrica, de dominio, de régimen de propiedad, de cómo se constituye el lazo social y la subjetividad. Es la potencia que tiene, eso no quiere decir que todas las personas que participen de los movimientos tengan esa conciencia tan clara. Pero lo que desencadenan las movilizaciones son crímenes atroces, que se repiten una y otra vez, y que ponen en evidencia algo mucho más profundo. Una oleada como esta marcha además manifiesta también lo que se le opone. Es decir, cómo se produce la oposición a un movimiento emancipador es también parte de la cuestión.
Pasó con los setenta con un genocidio, y eso pasa con el movimiento feminista con lo más homólogo a un genocidio, que son esas formas dispersas de cometer crímenes, que son estos crímenes estructurales, porque no son hechos aislados. La otra cuestión es que lo que tenemos enfrente es el mileísmo, que es una regresión inédita, de una escala apocalíptica del patriarcado, de odio, de violencia,de aberraciones éticas, jurídicas, sociales. Pero el cuestionamiento de los movimientos feministas es tan profundo que tiene un componente utópico. Cómo se puede llegar a transformar tan radicalmente la civilización es una pregunta pendiente. Pero nos entusiasma que se despliegue todo ese deseo de transformación.
¿Cuál es la potencia política de volver a salir a las calles? En algunas manifestaciones previas –con la excepción del último 24 de marzo– quedaba como una sensación de gusto a poco.
La situación actual es de una gravedad muy difícil de describir. Habilitaron a millones de personas que estaban marginadas o inhibidas o imposibilitadas de desenvolver sus pasiones tristes. Sacaron el genio de la botella y es muy difícil volverlo a meter adentro. Por eso nos ocurre con cada iniciativa multitudinaria que resulta insuficiente. Es como si lo que está del otro lado tuviera tal intensidad, tal fuerza, que no parece vulnerable a la protesta. Pero no es así. Aunque nos causa un daño inconmensurable que todavía no podemos describir, pues nos han quitado las palabras. El lenguaje está en crisis también para hablar de lo que nos ocurre.
“Cada una de todas estas marchas, la universitaria, el 24 de marzo, Ni una menos, aporta a esa acumulación de fuerzas. Y todo lo que se hace en la vida social para resistir, en las comisiones del Congreso, las asambleas, los barrios, las conversaciones privadas, los movimientos sindicales, son valiosas en este momento. Es decir, hay que bajar el tono del resentimiento por lo que ocurre y de culpar a quien está al lado”, dice Alejandro Kaufman.
¿Por qué se genera esa imposibilidad del debate público?
Tenemos un espacio público que es encubridor, que se adapta, que convive con el horror, con lo aberrante, que considera que está representando algo que en definitiva se supone genuino, que representa deseos o necesidades de multitudes, todo lo cual no es cierto. Es un gigantesco engaño, un daño masivo que nos estamos autoinfligiendo como sociedad. Parte de la tarea política es poder decirnos y entender que lo que está ocurriendo no es normal, que no se puede aceptar. Lo que pasa es que estamos en una especie de trampa.
¿En qué sentido?
Si te quedas en una trampa, te hace daño; pero si salís, también. Es un mecanismo de daño en cualquiera de las dos situaciones. Ahora, cada una de estas manifestaciones nos demuestra un estado de vitalidad, de esperanza, de acumulación política y subjetiva que nos ofrece un horizonte. Pero es mucho más difícil de lo que creemos; y eso a su vez es doloroso.
¿Por qué?
Es doloroso sentir que por mayor esfuerzo que hagamos no es suficiente. Porque tiene esa gravedad, porque hay una parte de la sociedad que se cree dependiente de ellos, que en realidad convive, lo acepta como algo a lo que oponerse, pero “democráticamente”. Pero a ese mecanismo democrático lo están destruyendo. Sabemos que hay un daño de tal magnitud que va a durar mucho tiempo. Con respecto al crimen de Agostina, la diferencia con otros momentos anteriores, es que la respuesta patriarcal o masculinista es muy fuerte. Porque se ha desmantelado todo lo que se había logrado, salvo en algunas localizaciones, como en la provincia de Buenos Aires. No digo nada de todo esto para ser pesimistas ni para resignarnos a nada, pero para enfrentar el mal hay que mirarlo de frente. No se lo puede atenuar, ni ser condescendiente, ni negarlo. Hay que asumir la gravedad de lo que está ocurriendo. Por eso cada una de las marchas nos reponen energías. Son extraordinarias. Pero hay que entender que mileísmo viene a destruir el país. No viene a gobernar, o a hacer un plan neoliberal: viene a destruir el lazo social, la nación argentina, la soberanía, la estructura institucional.
¿Eso es lo distintivo del momento actual?
Se cansó de decirlo. Y es tan inaceptable y aberrante que una de las reacciones predominantes es no reconocer qué es lo que está haciendo y qué es lo que está diciendo. Se le habla como si fuera un interlocutor y no es un interlocutor, es algo que te viene a destruir. Y como tiene un apoyo masivo que es muy importante, viene a destruir la política también.
¿Cuál es el impacto?
La política está derrotada. Toda la política: la política izquierda, la política peronista, la política dialoguista está en un estado de destrucción. No quiere decir que haya sido suprimida, sino que está derrotada y cada sector reacciona según su propia ideología o según sus propios criterios, como puede. En esto incluyo a algunos de los dialoguistas, porque hasta el macrismo viene a ser destruido. El macrismo tiene una idea del país con la que disentimos profundamente, porque es opresora, entreguista. Pero el mileísmo no es entreguista, sino que destruye toda condición de propiedad de la sociedad sobre sí misma. Es mucho más grave. Y que algo así tenga apoyo es tan destructivo que los actores políticos están en una situación de intentar hacer cosas para cuando esto pueda volver a normalizarse.
Por ejemplo, los sectores peronistas que mantienen una línea histórica, el kirchnerismo, y afines, en el Congreso están dejando la constatación de lo que va a haber que reparar y derogar y resolver en un futuro. Están trabajando para el futuro, no para el presente. Porque en el presente, como hay una ruptura tan extrema del lazo social, de la institucionalidad… las derrotas a un colectivo lo disuelven. Y en estado de dispersión cada cual queda librado a su suerte. Eso es lo que no se entiende. Porque no es por maldad o complicidad, sino porque se rompió el vínculo. Eso es muy desmoralizador, porque si una parte importante de la sociedad, que es a la que tenés que apelar para la acción política, quiere que no existas y apoya un plan de exterminio social, económico, cultural, en un estado de desamparo… Pero lo peor que podemos hacer como ciudadanía es culpar a la dirigencia. ¿Qué puede hacer la dirigencia? Lo que tiene que hacer es sobrevivir a una situación de destrucción. Ya si logra hacer eso es más que importante. ¿Por qué quienes se quejan tanto de la dirigencia no piensan en la responsabilidad que tenemos cada uno y cada una como ciudadanía para detener esto? Hoy la responsabilidad se vuelve mucho más amplia. Entre otras cosas, porque se rompió la representación. Entonces no hay a quién demandarle. No hay una conducción posible.
Hay un mecanismo de culpabilización que lo único que hace es agravar el daño o no repararlo o no diagnosticarlo. El comportamiento de reparación, de cura, de tratar de salir del abismo requiere ser prudentes.
¿Por dónde está esa salida, esa reparación colectiva del daño?
Todo el mundo está haciendo cosas. No hay una pasividad para nada. En lugar de llenar toda la esfera pública con basura, con cháchara distractiva, es necesaria una respuesta emancipadora y organizativa a lo que está ocurriendo. Y eso está pasando masivamente. Lo que pasa es que no tiene “visibilidad”, se usa esa palabra. Eso hay que cambiarlo. Porque la idea de que hay que hablar con ellos es uno de los peores errores: son sociópatas y actúan como interrogadores, perpetradores de la destrucción. Son conversaciones imposibles. La cosa no pasa por ahí, sino por la acumulación de esas respuestas fragmentadas y dispersas, tenemos que apostar a que vayan evolucionando hacia un cambio en la correlación de fuerzas. Cada una de todas estas marchas, la universitaria, el 24 de marzo, Ni una menos, aporta a esa acumulación de fuerzas. Y todo lo que se hace en la vida social para resistir, en las comisiones del Congreso, las asambleas, los barrios, las conversaciones privadas, los movimientos sindicales, son valiosas en este momento. Es decir, hay que bajar el tono del resentimiento por lo que ocurre y de culpar a quien está al lado. La discusión política sobre las divergencias es legítima y forma parte de lo que se necesita hacer. No podemos enojarnos con eso. Con la interna, que lo que dijo este o el otro, ese no es el problema. Eso tiene que ocurrir. Pero hay que reconocer que hay una parte de la sociedad que está resistiendo. Y lo está haciendo multitudinariamente. En los medios, en los gremios, en los barrios. Y eso nos va a salvar.
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