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Diario de Migrañas (V): la selección que me curó

La crónica íntima de una recuperación. El regreso a la salud encuentra un puente impensado en la selección argentina. Un diario que registra el paso de la oscuridad al disfrute trivial y la certeza de que, más allá de la épica del fútbol, siempre hay un mañana.

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Este es el quinto diario de migrañas, en números romanos, una ve corta. Un símbolo de mi proceso, la recuperación de una caída profunda, que fue lenta y paulatina. Un bonus track. 

La selección argentina de fútbol me curó. Lo supe con la victoria frente a Inglaterra. Está claro que fui yo y mi esfuerzo titánico la que posibilitó que sucediera: físico y sobre todo psíquico. Cambiar de rumbo, cambiar la droga, y de médicos. Hacer más estudios y consultas. Esperar. Bancar el dolor sostenido. Evitar sucumbir. Y sobre todo, creer. 

Es transversal a la humanidad: olvidamos qué mal nos sentimos cuando el cuerpo vuelve a su estado de gracia, es decir, a recuperar la salud, el equilibrio. Es difícil recordar, volver a pasar por el cuerpo, un dolor agudo, una angustia intolerable. Es una resistencia propia y exitosa del cuerpo, un mecanismo de defensa. Por estos días hice el esfuerzo de volver a mirar de cerca aquel tiempo, revisar qué dije, qué pude, cómo lo viví. Hay, para mi fortuna, registro de eso en este diario. Porque olvidar te impide poner en valor el presente. No relativizar el negro de la oscuridad. 

Hubo algo que el seleccionado argentino habilitó o condujo: el disfrute más allá del deber. El deseo de ocupar el tiempo, la alegría y la atención en algo trivial. Y fue el equipo comandado por dos hombres (dos Lioneles) el que aportó para que al fin suceda.

 

Miro por la misma ventana por la que miré más de tres meses de encierro creyendo que no iba a conseguir estar mejor, que no tendría tregua, que haría de ahí en más todas mis tareas cotidianas de ese modo, que no volvería a disfrutar de un plan fuera de esquema, de último momento, imprevisible, que me acompañaría ese dolor discapacitante durante todo el resto de mi vida. Pero por fortuna ya no intento disciplinarlo cada día con las recetas de la mejor paciente. Y en cierto punto gané: no soy la misma. Es cierto, me exigió sacrificios y los pagué. Cambié la perspectiva, no el lugar. Ya no me acecha. Dejé de creer que no podía confiarme, porque dentro mío estaba mi propia enemiga. Ya no miro a los bienintencionados que dicen “ya vas a estar mejor” con un rencor impúdico. Soy yo la que me digo “estoy mejor”. Pasó. Hay días malos, pero pude volver, y acá estoy. 

Pero sí hubo algo que el seleccionado argentino habilitó o condujo: el disfrute más allá del deber. El deseo de ocupar el tiempo, la alegría y la atención en algo trivial. Y fue el equipo comandado por dos hombres (dos Lioneles) el que aportó para que al fin suceda. 

Y es que siempre disfruté los mundiales, pero nunca los viví de esta manera. Quiero decir, no solo mirando los partidos y celebrando una victoria, sino escuchando todas las conferencias, testimonios, análisis de los partidos, conjeturas fantásticas, entrevistas. Tratando de aprovechar cada día al máximo para entender ese espectáculo social que modifica el estado anímico de decenas de miles. Y pensé que, con esta selección que ha sido extremadamente generosa, se abren tantas ventanas que pudimos ver de cerca de qué está hecho un líder, cómo se construye una pequeña sociedad, cómo se neutraliza el ego de un país, cómo se ve otro tipo de masculinidad, cómo se puede decir sin gritar, dar vuelta un resultado, que si no hay disfrute no hay nada, cómo se expresa la gratitud, qué bordes necesita la épica. Pero lo más rico, que trasciende incluso a este mundial y lo que más cuesta ver hoy: que siempre hay un mañana

Me desperté durante las tres madrugadas previas al partido con Inglaterra. Sin conocimiento técnico de fútbol (aunque defienda el derecho a opinar de cualquiera que entiende las reglas del juego) imaginaba escenarios del partido, estrategias, posiciones, posibles cambios. Era una furia. Intentaba pausar la respiración, controlar la ansiedad. Durante el partido armé un santuario en mi biblioteca: mi virgen de Schoenstatt, una vela, una escarapela y una foto de mi tío, que fue un ferviente hincha de Independiente. Recé. Me tiré al piso. Grité los goles como si estuviera en un campo de batalla. Lloré. Hice promesas y las cumplí. Y durante los días siguientes me acompañó una sensación de paz, de dicha, total. 

Cuando el domingo terminó el partido y con él el Mundial me quedé viendo la pantalla durante diez minutos sin poder hablar. Esos minutos en los que inevitablemente quisieras ganar tiempo al tiempo, volver atrás, esos primeros minutos del knock-out. Me di vuelta y estaba rodeada de personas que compartían una misma sensación, con las que tomamos café, nos reímos, dijimos ya está, la final del mundo la jugamos el miércoles y ganó una sábana de hotel y nos dieron tanto y tanto, y no nos fallaron, y volvimos a poner atención en nuestros hijos, en las vacaciones, en el tiempo que vendrá. 

 

Diario de migrañas (I)

Diario de migrañas (II)

Diario de migrañas III

Diario de migrañas IV (final)

4Palabras 

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