Argentina / 30 mayo 2026

temperature icon 15°C
Edit Template

Diario de migrañas IV (final)

Una nueva apuesta. El instante de la decisión que cambia el sentido de las cosas. Los médicos, como los guantes, se necesitan a medida.

Compartir:

Compartir:

WhatsApp Image 2026-05-30 at 16.54.20

Perdí el registro de la plata que llevo gastada en estos últimos meses en estudios, consultas, fármacos. Perdí la cuenta, también, de cuántos fueron los consejos antimigrañosos y cuál la lista infinita de desencadenantes de los ataques: la luz potente, la mala postura, una gripe, ciertos alimentos, el estrés, el olfato, el efecto rebote de algunas drogas, no tomar suficiente cantidad de agua, dormir poco o mal, no hacer actividad física, una borrachera, en fin. Hay que vivir como un soldado. Y aún cuando todo se siga al pie de la letra, el dolor acecha. 

El otro día una periodista reconocida preguntó a sus seguidores de X qué hacían otros migrañosos frente a las caídas. Las respuestas fueron diversas y ocurrentes: baños de agua caliente en los pies, oscuridad total y silencio, hielo, drogas varias, siestas, masturbación. Lo increíble es cuántos de esta especie andan dando vueltas por ahí probando cómo vivir con este dolor incapacitante. 

Por esos días leía con dolor y con la sensación de estar sola en medio del océano, hundiéndome. Fue el momento previo a pegar un volantazo. Hacer una interconsulta. Asumir, dolorosamente, que el tratamiento no estaba funcionando. Que los rescates no eran pastillitas de limón. Que el médico no encajaba como la horma de un zapato con mi necesidad. Con toda la frustración que eso trae. Nuevas drogas, nuevos turnos, nuevas esperas. La medicación me estaba dejando apática, sin hambre, sin sueño, con una sensación de amenaza permanente. Mis ojeras eran agujeros profundos, manchas violetas que desdibujaban mis viejos rasgos. Y no sabía a qué atenerme. No podía con las tareas elementales ni podía imaginar que las cosas fueran a estar mejor.

Leía con dolor y con la sensación de estar sola en medio del océano, hundiéndome. Fue el momento previo a pegar un volantazo. Hacer una interconsulta. Asumir, dolorosamente, que el tratamiento no estaba funcionando. Que los rescates no eran pastillitas de limón. Que el médico no encajaba como la horma de un zapato con mi necesidad.

El instante de la decisión es una locura, dice Kierkegaard. Había que cambiar el sentido de las cosas. Ver un médico tangible. Que ahora está frente a mí y me habla. No es una pantalla. Llegué a su consulta casi como un espectro. Necesito que hable más despacio. Habla de cambiar drogas. Una nueva apuesta. Volver a confiar, volver a la fe. Asiento. Pido que me explique una vez más. Necesito sacar el resto de esta droga que queda en mi cuerpo, pero el proceso es más lento. No es un salto, es más bien como cruzar un puente de madera sobre un río revuelto. Quizás sea algo en el tono de voz, en la corporalidad, la presencia, la mirada y la escucha. Algo cambia. Los médicos, como los guantes, se necesitan a medida. Cada día me siento mejor. Como, duermo, me despierto sin el peso del mundo. El dolor persiste pero da tregua porque hay cuerpo que aguante. 

Encuentro tirado debajo del asiento del auto de mi mamá un libro que le presté hace tiempo: El elogio del riesgo, de Anne Duffourmantel. Lo practico siempre: abro un viejo libro como oráculo. Veo qué tiene hoy para mí. Ahí están mis propias marcas. Página 152. “¿Cómo volver sobre nosotros mismos para identificar jirón por jirón el tejido de nuestra composición estelar como lo haría un químico muy joven? Observar nuestros sueños y no olvidar nada, mantenernos bajo nuestra propia benevolencia a modo de juicio, y empezar por desear estar aquí donde estamos parados, retomar para y en nosotros lo que hacemos, lo que nos gusta (…) Explorar, mirar. Correr el riesgo de ver, de emitir el menor juicio antes de meter las manos. Observar queriéndolo. Todo adquiere entonces otro color. Ninguna revelación, no, sólo una magnetización”. 

Lo pagué caro, carísimo, pero puedo sacar en limpio algunas cosas que me dejaron estas largas semanas. Sé cuándo hay que dar un salto, un giro brusco, cuál es el trabajo que me espera. A dónde debo colocar ciertos bordes para evitar la implosión. Y, fundamentalmente, sé que no debo relativizar esa oscuridad en la que viví, porque es así que habré perdido una oportunidad de ver luz. Aspiro a que eso suceda. Voy con esa esperanza. Ya se verá. 

 

4Palabras

Compartir:

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Seguinos en: