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Impuestos regresivos, reforma laboral antiderechos: la presión en pinza

El avance contra los derechos laborales y los beneficios fiscales para las élites converge en una presión asfixiante sobre los ingresos. El riesgo de profundizar la desigualdad y el desafío de una dirigencia progresista que no logró ofrecer alternativas estructurales.

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La reforma laboral, que atenta contra los derechos de los trabajadores, y las modificaciones impositivas regresivas, que favorecen la disminución de impuestos a las clases más altas, se cierran como pinza sobre la distribución social del ingreso.  Ambas refuerzan una tendencia histórica de las últimas décadas -cortada en los años del kirchnerismo- que favorece la concentración del capital y marca una tendencia hacia el aumento de la desigualdad social.

Desde que William Harvey demostró en 1628 que la sangre circulaba por todo el cuerpo bombeada por el corazón y esa circulación garantizaba la vida y la salud del cuerpo, la metáfora sirvió para pensar la economía. Quesnay tomó esa idea para los fisiócratas del siglo XVIII y sostuvo que la circulación de la riqueza por las diferentes clases sociales revitaliza la economía más que su acumulación en pocas manos.  De allí la tomó Adam Smith.  Esa circulación permite que la economía se diversifique, surjan más oportunidades y mejore la calidad de vida de la comunidad.

El capitalismo siempre transitó entre la concentración de capital, necesaria como estímulo económico y para la reinversión, y la distribución, necesaria para sostener el consumo y permitir el surgimiento de nuevos sectores.  Los frenos a la mera acumulación de los sectores económicamente más poderosos los puso la democracia, que habilitó la puja política para reconocer derechos y sancionar leyes sociales y laborales.  Y, sobre todo, las luchas de los trabajadores y los sindicatos que obtuvieron niveles salariales más altos, aumentaron la seguridad laboral, mejoraron las condiciones de trabajo y aumentaron las horas de descanso, ocio y familia.  No es extraño que se ataque ambas instituciones.

El Estado de Bienestar resultante de aquellas disputas sufrió el ataque de las políticas neoliberales con promesas de ‘derrame’ de la riqueza que nunca se cumplieron.  En cambio, la concentración económica y política a nivel mundial e internamente en cada país fue reforzándose.  En un reciente artículo de Gustavo Robles y Jorge Orovitz Sanmartino: “Utopías digitales periféricas”, los autores advierten sobre la retórica antiestatista que busca, en los avances tecnológicos de las fintech y la inteligencia artificial, la posibilidad de una sociedad manejada por la neutralidad informática.  No obstante, detrás de esa supuesta racionalidad neutral hay oscuros manejos de la información de los usuarios y de los algoritmos.  Así se “promueve activamente la despolitización de la vida pública, desplazando el conflicto, el debate y la deliberación democrática a favor de un modelo de administración técnica supuestamente neutral.  En este marco, la democracia corre el riesgo de ser instrumentalizada para legitimar decisiones preestablecidas por una élite que centraliza el control mediante infraestructuras digitales, agudizando las desigualdades globales bajo el manto de la innovación.”

Debemos aprender que el apoyo conseguido para realizar transformaciones regresivas obedece a la inacción de las dirigencias progresistas. Cuando fueron gobierno impulsaron parches impositivos en lugar de un sistema impositivo progresivo, simple y eficaz. Tampoco impulsaron una reforma laboral que tuviera en cuenta la necesidad de flexibilidad de las pequeñas empresas, los requerimientos de los trabajadores informales y los controles a las empresas más grandes.

Actualmente, bajo las políticas libertarias se ofrecen cambios en la legislación laboral e impositiva que han conseguido cierto respaldo de sectores medios propietarios.  Sin embargo, su diseño está destinado a favorecer a los sectores más altos y a las grandes empresas.  De esa manera, ni las comunidades sienten la baja de impuestos, ni las pequeñas empresas facilitadores para mejorar su competitividad.  A lo que se suma el deterioro de los servicios públicos y la infraestructura, la precarización del empleo y la reducción del mercado interno.

Si a esto se suma la persistencia de la inflación, la corrupción y la apropiación del Estado para proyectos personales -casta-, esa legitimidad del gobierno de Milei puede verse rápidamente dañada más allá del resguardo de los medios hegemónicos, el manejo de las redes sociales o el amparo de la justicia.

Debemos aprender que el apoyo conseguido para realizar transformaciones regresivas obedece a la inacción de las dirigencias progresistas.  Cuando fueron gobierno impulsaron parches impositivos en lugar de un sistema impositivo progresivo, simple y eficaz.  Tampoco impulsaron una reforma laboral que tuviera en cuenta la necesidad de flexibilidad de las pequeñas empresas, los requerimientos de los trabajadores informales y los controles a las empresas más grandes.  Queda claro que si no se toma la iniciativa, esta queda siempre en la vereda de enfrente.

 

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