Hungría, cambios o más de lo mismo
La salida de Viktor Orbán deja interrogantes profundos: ¿se trata de un giro real o de un simple cambio de guardia en un sistema que sigue sin resolver la desigualdad y la concentración de la riqueza?
- abril 14, 2026
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La derrota en las urnas del primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, un emergente de la crisis del 2008, expone el poder y las limitaciones que tiene la democracia para generar cambios en forma pacífica. Las cámaras muestran los festejos en las calles, pero los más aliviados fueron los dirigentes de la Unión Europea. Quien salió victorioso, Péter Magyar, es un político con vínculos con el orbanismo, tan conservador como él, pero se comprometió a seguir la estrategia europea contra Rusia, aprobando la ayuda económica y militar a Ucrania, y el distanciamiento con Donald Trump e Israel para no verse arrastrados a una guerra en Medio Oriente.
Para nuestro país, ese cambio de gobierno no pareciera tener grandes consecuencias. Hungría no es un destino de importancia para exportaciones argentinas; Milei viajaba más para recibir premios de agrupaciones marginales de ultraderecha que para abrir mercados, y es muy pronto para saber cómo será la relación con el nuevo gobierno húngaro. Cierto es que lo consideraban un líder de la batalla cultural contra el wokismo y la izquierda. Pero el concepto de ultraderecha confunde más de lo que parece: ¿qué tenían en común el gobierno de Orbán con el de Milei?
Las ultraderechas tienen dos vertientes, la libertaria y la nacional conservadora. Los primeros promueven la destrucción del Estado, los segundos, en cambio, fortalecen la intervención del Estado en la economía. Se dice que comparten patrones culturales: rechazo y persecución a los migrantes, la diversidad sexual, el feminismo y ciertas minorías; también el apego a estructuras sociales bien definidas, desiguales y estables, la imagen de una civilización occidental blanca y judeocristiana. Con ese discurso movilizan el descontento social hacia sectores vulnerables y prometen un orden redentor. Más allá de eso, las ultraderechas defienden la acumulación de capital de importantes sectores económicos -y viven parasitariamente de ellos y del Estado-.
Se espera que la derrota de Orbán, tan aliado de Trump, como de Putín y Xi Jinping, tenga consecuencias geopolíticas, reforzando la posición y autonomía de la Unión Europea. Sin embargo, la inestabilidad del tablero mundial tiene de fondo los vaivenes políticos internos de cada país. El malestar social en los países occidentales son pies de barro del sistema de países.
Se espera que la derrota de Orbán, tan aliado de Trump, como de Putín y Xi Jinping, tenga consecuencias geopolíticas, reforzando la posición y autonomía de la Unión Europea. Sin embargo, la inestabilidad del tablero mundial tiene de fondo los vaivenes políticos internos de cada país. El malestar social en los países occidentales son pies de barro del sistema de países.
Ese malestar se genera en la imposibilidad de las fuerzas políticas, de un lado al otro del péndulo, para presentar un horizonte distributivo y ocupacional que satisfaga las expectativas de la población. Los caprichosos exabruptos de Trump, en el orden comercial, de seguridad interna y de intervención internacional, no han mejorado las expectativas de los estadounidenses. El capital financiero de los superricos no está dispuesto a bajar sus altas ganancias, ni tributar. El cambio tecnológico seguirá desplazando al trabajo, y liberando grandes ganancias para sus gerentes y accionistas. Ni el extractivismo, ni las energías fósiles se detendrán frente a la aspiración a un ambiente sano y sostenible. El reclamo de paz, seguridad y valores comunitarios seguirá jaqueado por la industria armamentística, el narcotráfico y la trata de personas.
Desde los ’80, la utilización de ajustes para estabilizar la economía alejó al capitalismo de la justicia distributiva, e hizo pagar a la población en general los costos de esa estabilidad. El distribucionismo sólo pudo imponerse después que los horrores de la Segunda Guerra Mundial posibilitaran la construcción del Estado de Bienestar. Ahora pendemos de un hilo para no caer en horrores peores.
Orbán reconoció el resultado y felicitó al ganador. No puede ir contra el consenso democrático, o quizás sabe que muchas cosas no van a cambiar. Libertarios o nacionalistas conservadores no se plantean atacar la concentración de la riqueza, ni en Hungría, ni en Estados Unidos, ni en lugar alguno. Se verá si cambia el autoritarismo y la corrupción que caracterizaron al régimen, o si a las clases medias y trabajadoras sólo les queda ir de festejo en festejo y desilusión en desilusión. La materia pendiente sigue siendo la posibilidad de un gobierno que pueda imponerse a la rapiña del gran capital y ofrecer un sistema de distribución y ocupación que brinde oportunidades y un futuro común.
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