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Sergio Wolf y la urgencia de preservar archivos para proyectarlos al futuro

“La Argentina llegó tarde a los archivos”, define el cineasta y ensayista a propósito de su nuevo libro, “Lo que traemos del olvido”. Una lectura indispensable para entender el rescate del pasado no como una práctica de momificación sino como una batalla urgente por el porvenir.

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Imagen ilustrativa de Sergio Wolf

Hay una forma del fuego que no precisa de llamas ni de cenizas visibles. Es una combustión lenta, hecha de desidia estatal, volquetes con gemas destinadas al olvido y la soberbia ingenuidad de que lo que nos rodea va a estar ahí para siempre. Contra ese incendio silencioso que devora la historia material de la cultura argentina escribe Sergio Wolf en su último libro, Lo que traemos del olvido. Un ensayo sobre el archivo (Ediciones Godot). Finalista del Premio de No Ficción Latinoamericana Independiente 2024, funciona como un artefacto en abismo: es una bitácora teórica sobre los archivos que, al mismo tiempo, se ofrece al lector como un archivo vital de historias sobre los archivos.

Crítico, docente, exdirector del BAFICI, como documentalista persiguió los fantasmas de Ada Falcón en Yo no sé qué me han hecho tus ojos (2003), los meteoritos del Chaco en El color que cayó del cielo (2014) y el rol del presidente Raúl Alfonsín en la Semana Santa de 1987 en Esto no es un golpe (2018).

Para Wolf, el archivo no es ni debe ser un mausoleo ni el territorio de custodios celosos que prefieren el moho a la mirada ajena. “Los materiales de archivo tienen interés en la medida en que yo pueda hacer algo con ellos. Son materiales del presente y del futuro. Se preservan para hacer algo con ellos, para revisarlos, para discutirlos, para hacer películas, libros, lo que fuere, pero siempre en la medida en que nos dan una vida futura”, explica en diálogo con 4Palabras.

Con contundencia, define: “La Argentina llegó tarde a los archivos”. ¿Por qué?, preguntamos. “La construcción de archivos toma mucho tiempo y es probable que no veas los frutos como político o como funcionario. Entonces, hacés algo cuyo rédito se lo lleva el que viene después o dos que vienen después”, responde Wolf.

Pero ensaya otras variables. Hay en nuestra idiosincrasia cultural una doble trampa: la fantasía refundacional —esa idea de que cada ciclo político o artístico inventa todo desde el grado cero— y, en el reverso, una inocencia destructiva basada en la creencia de la permanencia eterna de las cosas. “Creíamos que Aníbal Troilo iba a tocar el bandoneón para siempre; que José Martínez Suárez iba a estar siempre ahí, acodado en un café, para narrar el siglo XX del cine argentino”, señala. Pero las personas mueren y descubrimos el desierto: la televisión borró las cintas para grabar encima un programa de entretenimientos, los negativos terminaron en el camión de la basura, y el fílmico se tiró porque “ocupaba demasiado lugar”. En el libro, Wolf dispara: “La desidia de las instituciones y los gobiernos son otra forma de fuego”. 

La cultura argentina –“amnésica y autodestructiva”– nunca supo bien qué hacer con su propio pasado, al que suele mirar con una mezcla de sospecha e indiferencia, como si las cosas viejas fueran el asunto exclusivo de ratas de biblioteca. La ausencia de una Cinemateca Nacional con rango institucional y presupuesto real es la herida abierta que sutura todo el debate del cine local.

“La Argentina necesita una política de preservación que sea también una concientización para que la gente done cosas que a veces no sabe que tiene un valor, o que piensa son demasiado contemporáneas, sin pensar que esas cosas en un momento van a ser archivo y sí van a tener un valor”, señala y aporta la idea de generar una red nacional de archivos. Aunque sabe que este no es el mejor momento: “Estamos ante el gobierno más negador del pasado que existe en el universo”.

También señala que la idea de que los archivos son “de sótanos húmedos y de gente vieja, chota, es una idea mala, muy pobre, porque hay muchos artistas contemporáneos que trabajan con archivos. ¿A quién le importa lo viejo?, te dicen. Pero lo viejo tiene algún sentido. La película LS83 está hace seis meses en el Malba a sala llena. Entonces, a alguien le importa, ¿no? Y alguien tiene que preservar eso, alguien tiene que hacer algo con eso”.

“La Argentina necesita una política de preservación que sea también una concientización para que la gente done cosas que a veces no sabe que tiene un valor, o que piensa son demasiado contemporáneas, sin pensar que esas cosas en un momento van a ser archivo y sí van a tener un valor”.

Frente a este diagnóstico, en su libro propone un giro que desarma tanto el sentido común neoliberal del “eterno presente” como el conservadurismo rancio del coleccionista de antigüedades. El eje es una tesis de orden geopolítico y filosófico: los archivos no son algo que pertenece al pasado, los archivos son algo que prometemos al futuro.

Hay una tesis clara: el archivo se construye hoy para que alguien —un cineasta, un escritor, un ciudadano común— pueda hacer algo con él mañana. No se trata de honrar el objeto inerte, sino de habilitar la posibilidad de que produzca nuevos sentidos, nuevas discordias y nuevas bellezas en el porvenir.

El pasado argentino, para Sergio Wolf, es “una Atlántida inagotable”. Hay napas enteras de la política y de la cultura —el tango, por caso— que operan como reservas frente al desasosiego y la chatura del presente continuo que proponen las lógicas del algoritmo instantáneo y el directo constante de la televisión e Internet. Acudir al archivo no es un repliegue reaccionario para quedarse a vivir en el ayer: es la búsqueda de un punto de apoyo firme para poder pararse a mirar el horizonte.

Lo que traemos del olvido se nutre de esa estirpe de escritores como Edgardo Cozarinsky o Claudio Magris, cronistas de los restos que saben que un cuadro de Antonio Berni, un cassette de audio mal grabado o el testimonio oral de los habitantes del puerto de Ingeniero White en su museo de voces son fragmentos de una genealogía.

Frente a la prepotencia de una época que se pretende huérfana y que clausura el debate histórico en pos de un pragmatismo tecnocrático, Wolf reivindica las “correas de transmisión”. La constatación de esas herencias generacionales que nos recuerdan que pertenecemos a una comunidad de lenguaje. El archivo, al fin y al cabo, es la única garantía de que no estamos solos en el tiempo. 

Una política de preservación es una batalla urgente por el sentido de lo que vendrá. Porque si no guardamos hoy los pedazos de lo que fuimos, cuando pregunten quiénes éramos, solo encontrarán cenizas al viento. “Creo en las correas de transmisión. Me interesan mucho las cuestiones generacionales, que a nadie le importan. Valoro mucho a la gente que no cree que esté inventando la pólvora, sino que siente que hay un geneología, que hay algo para buscar, que hay algo para continuar”, concluye Wolf.

 

4Palabras

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