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La batalla por los octógonos: qué puede pasar si se elimina el etiquetado frontal

Con fuertes presiones de lobby de las empresas alimenticias, el gobierno busca eliminar por completo los octógonos negros de advertencia. Un informe de la UBA revela que el 61% de los argentinos ya modificó sus hábitos de consumo desde la implementación de la ley. Científicos y profesionales de la salud advierten sobre el grave retroceso sanitario que implicaría volver al viejo modelo.

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La ley 27.642 de Promoción de la Alimentación Saludable, más conocida como la ley de etiquetado frontal, entró en jaque a partir de un proyecto oficial que –luego de pasar por el Ministerio de Desregulación que conduce Federico Sturzenegger– ingresó al Senado con las firmas del presidente Javier Milei, el jefe de gabinete Manuel Adorni y el ministro de Salud Mario Lugones. El gobierno propone que se derogue totalmente la normativa que obliga a las empresas a estampar octógonos negros de advertencia en aquellos productos con exceso de azúcares, sodio, calorías y grasas saturadas.

El argumento oficial sostiene que además de ser una ley “paternalista”, los parámetros establecidos por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) para medir los nutrientes críticos generan “distorsiones” en productos de distintas características Se trata de un reclamo de la Coordinadora de Industrias de Productos Alimenticios y Bebidas (COPAL), que viene ejerciendo una fuerte presión dentro del Congreso desde la sanción de la ley. 

Más de 300 organizaciones de salud, junto a investigadores del CONICET y la ANMAT, firmaron un rechazo conjunto advirtiendo que la medida dejaría a la población “sin su herramienta más eficaz para tomar decisiones de consumo informadas”. 

En diálogo con 4Palabras, la licenciada en Nutrición Malena Raggio, desarma el argumento oficialista y asegura que la ley es una herramienta de salud pública, que “da información clara, visible, que es de fácil interpretación y comprensión para la población en general” ya que la puede interpretar “desde un niño hasta una persona adulta que están en distintos niveles educativos”. Además, destaca que la legislación actual “fomenta la prevención de enfermedades crónicas no transmisibles que están asociadas al consumo excesivo de nutrientes críticos  que hoy en día son un gran problema sanitario en Argentina”. 

Frente a las críticas del sector corporativo respecto a la pérdida de libertades individuales, la especialista señala la asimetría que existe en el mercado actual: “Quienes están en contra de la ley dicen que tiene una mirada paternalista o autoritaria, pero la ley no dice que tenés que comer o si podés comer o no un producto, pero sí te alerta y te permite elegir”. 

Más de 300 organizaciones de salud, junto a investigadores del CONICET y la ANMAT, firmaron un rechazo conjunto advirtiendo que la medida dejaría a la población “sin su herramienta más eficaz para tomar decisiones de consumo informadas”.

En ese sentido señala que “la información es poder” y que la ley genera herramientas en promoción de salud “frente al marketing que tiene la industria alimentaria que es súper potente”. Pero además, habría otros retrocesos, como por ejemplo las reformulaciones de muchos productos que la industria realizó para que sean más “saludables”, y queden libres de octógonos. 

El impacto real de esta política pública, que lleva cuatro años de implementación, quedó reflejado en datos estadísticos de la encuesta nacional sobre Consumo Responsable, Hábitos Sustentables y Capital Social. Es un estudio realizado por el CENARSECS de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA sobre consumo responsable, que midió el alcance de la normativa en la sociedad. Los resultados arrojan que un 97% de los encuestados respondió que nota en los envases de alimentos y bebidas los sellos de advertencia en forma de octógonos negros, mientras que un 94,5% afirmó que comprende el significado de dichos sellos.

El relevamiento demostró que este mayor nivel de información tiene efectos concretos sobre los hábitos de consumo, ya que un consumidor mejor informado ajusta efectivamente sus decisiones: compara alternativas, reconsidera marcas habituales, prioriza determinados atributos y resigna otros. De hecho, un 79% de las personas respondió que, a partir del etiquetado frontal con sellos de advertencia, realizaron algún cambio en su consumo de alimentos y bebidas. En total, más del 61% de la población argentina redujo o dejó de consumir un producto por contener sellos octogonales de advertencia y lo reemplazó por opciones más saludables. Al analizar ese 61% por rango etario, los resultados fueron notablemente homogéneos: lo que emerge de las estadísticas es una demanda social transversal por mayor claridad, transparencia y comparabilidad en la información que reciben los consumidores.

La decisión del Poder Ejecutivo de avanzar hacia la eliminación total de la normativa instala un complejo debate sobre el rol regulador del Estado. Raggio advierte que “el riesgo de legislar sobre alimentación, dejando de lado el consenso científico, es que las políticas públicas terminan respondiendo más a intereses económicos de la industria en vez de responder a la salud pública”. 

La especialista remarca las desigualdades preexistentes en las góndolas: “En la industria hay un desfasaje entre la persona y la industria, que tiene mucha más estrategia de marketing, publicidad, diseño de sellos”. En cambio, un individuo compra en relación a la información y a la educación alimentaria que tiene y “ahí está el rol del Estado de garantizar ese derecho a la información clara”. 

Finalmente, con respecto a las alternativas regulatorias que proponen algunos sectores, la nutricionista considera que “no hay un modelo mejor que otro” pero que derogar la ley por completo, en lugar de optimizarla si fuera necesario, “es un retroceso absoluto”. Y concluye: “No hay un modelo que haya demostrado ser más eficiente para la realidad de nuestro país que el de advertencia frontal con octógonos”.

 

4Palabras

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