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La intemperie silenciosa: infancias y adolescencias abandonadas en la Argentina del ajuste

La preguna es qué hacemos con los chicos cuando las leyes nuevas no aparecen como soluciones sino como síntoma, Cuando intentar resolver rápido algo que es lento y ordenar por la vía del castigo lo que no se quiso o no se pudo sostener por la vía del cuidado. Encerrar a un pibe es más visible que armar una red, reconstruir una escuela y más rentable que financiar equipos.

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Imagen ilustrativa vista de arriba de adulto mayor tomando la mano de un niño

No hacen ruido. No rompen todo. No siempre gritan. A veces están ahí, en la misma mesa, con el celular en la mano y la mirada en otro lado. A veces cumplen, van a la escuela, vuelven, se encierran. Y, sin embargo, algo no anda. No es nuevo, pero se volvió más visible: hay chicos que se caen por dentro sin que nadie termine de ver cuándo empezó.

 

En una guardia, una piba de quince dice que no puede dormir. No es insomnio, exactamente. Es otra cosa: “no quiero pensar”, dice. La madre, al lado, pregunta si será el celular. El médico pregunta por consumo. Alguien menciona ansiedad. Las palabras circulan rápido, como si hubiera que nombrar algo antes de que se desborde. Pero lo que aparece no encaja del todo en ningún casillero.

 

En paralelo, el clima se endurece. En los primeros meses de 2026, el gobierno empuja dos reformas que parecen ir en la misma dirección: bajar la edad de imputabilidad a los catocrce años y habilitar internaciones sin los controles que durante años se intentaron construir. Dicho sin rodeos: cuando no se sabe qué hacer con el sufrimiento, se lo encierra. Se lo castiga. Se lo ordena.

 

La escena se repite en otros lugares. Una escuela que ya no puede más: docentes que contienen lo que pueden, gabinetes vaciados, chicos que llegan con historias que exceden cualquier programa pedagógico. Afuera, la conversación pública pide soluciones simples: saquen los celulares, prohíban los videojuegos, pongan límites. Hay algo de desesperación en ese pedido, pero también una trampa: la de creer que el problema es puntual, aislado, corregible con una medida.

 

Un pibe de dieciséis entra y sale del sistema penal. No terminó la secundaria, laburó de lo que pudo, consume a veces. Cuando le preguntan qué pasó, no dice mucho. “No había nada”, tira. No es una explicación, pero alcanza para intuir un fondo: no es solo lo que hizo, es el mundo en el que eso ocurrió.

El gobierno empuja dos reformas que parecen ir en la misma dirección: bajar la edad de imputabilidad a los catorce años y habilitar internaciones sin los controles que durante años se intentaron construir. Dicho sin rodeos: cuando no se sabe qué hacer con el sufrimiento, se lo encierra. Se lo castiga. Se lo ordena.

Hay una incomodidad en aceptar esto: que el sufrimiento no es un error individual, ni un desvío que se corrige con disciplina o medicación. Que tiene que ver con condiciones más amplias: trabajos que no alcanzan, adultos agotados, instituciones que se caen a pedazos, una época que empuja a rendir incluso cuando no hay de dónde.

 

En ese contexto, las leyes nuevas no aparecen como soluciones sino como síntoma. Resuelven rápido algo que es lento. Ordenan por la vía del castigo lo que no se quiso -o no se pudo- sostener por la vía del cuidado. Encerrar a un pibe es más visible que armar una red. Más rápido que reconstruir una escuela. Más rentable que financiar equipos.

 

Pero el problema no desaparece. Se desplaza. Vuelve en otra guardia, en otra escuela, en otra casa. Vuelve en formas que incomodan más porque ya no se pueden nombrar tan fácil. Quizás la pregunta no sea qué hacer con “estos chicos”, sino qué estamos haciendo como sociedad para que haya cada vez más. Qué condiciones estamos produciendo para que la intemperie sea la norma y no la excepción. Y, sobre todo, qué hacemos después con eso: si lo leemos como un problema a corregir o como algo que nos involucra.

 

Hay algo que la salud mental comunitaria viene diciendo hace tiempo, aunque no siempre se escuche: no alcanza con diagnosticar. No alcanza con etiquetar. Hace falta armar condiciones de vida que hagan lugar. Escuela, barrio, hospital, vínculos. Cosas bastante básicas y, hoy, bastante erosionadas.

 

Mientras tanto, los chicos siguen ahí. No siempre piden ayuda. No siempre saben cómo. A veces solo muestran, de maneras incómodas, que algo no cierra. Y quizás lo más difícil sea eso: no apurarse a cerrar la escena, no tapar la pregunta con una respuesta rápida.

 

Porque lo que está en juego no es solo cómo nombramos su sufrimiento. Es qué hacemos con él. Y eso, inevitablemente, nos incluye.

 

Gabriela Dueñas es Doctora en Psicología, Licenciada en Educación y Psicopedagoga

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