Argentina / 14 abril 2026

temperature icon 19°C
Edit Template

Orbán y el retroceso de la Internacional Negra

Luego de 16 años de hegemonía, la caída del presidente húngaro marca el fin del máximo referente de la "democracia iliberal". Su derrota ante Péter Magyar no solo desmantela el eje Trump-Putin en Europa, sino que sacude a la "Internacional Negra" —incluidos Meloni y Milei—. El colapso del modelo húngaro, asfixiado por el aislamiento y la cleptocracia, evidencia el desgaste de las derechas radicales frente al deseo de normalidad democrática.

Compartir:

Compartir:

puricelli hungria

El proyecto que llegó a su fin en Hungría era hasta el domingo el gran ejemplo de joint venture Trump-Putin. Viktor Orbán, quien durante el segundo semestre de 2024 puso la presidencia temporaria húngara del Consejo de la Unión Europea bajo la advocación Make Europe Great Again, es también quien aboga por reconocerle a Rusia derecho sobre los territorios que ha ocupado a cambio del fin de la guerra en Ucrania. Viktator, como lo llaman sus opositores, es alguien que se inspiró en el despotismo de Vladimir Putin y, a su vez, ha inspirado el manual autoritario Project 2025, que fija la hoja de ruta del segundo mandato de Donald Trump.

Con la de Orbán, las derechas radicales enhebran dos derrotas sonoras en tres semanas, racha inaugurada por el NO en el referéndum a la reforma constitucional de Giorgia Meloni. Como en el caso italiano, se trata de dos manifestaciones electorales definidas por el rechazo, antes que por la articulación de una alternativa integral nítida. Estamos sin dudas frente a dos modos parecidos de reaccionar frente a la muerte lenta de la democracia, aunque es obvio que el proceso de autocratización registraba, al momento del voto, grados de avance muy distintos en ambos países: a punto de consolidarse definitivamente en Hungría, incipiente en Italia.

Dieciséis años consecutivos de gobierno llegan a su fin, a manos de Péter Magyar y su Partido Respeto y Libertad (Tisza), que se hacen con una supermayoría de más de dos tercios del parlamento. La ruptura que protagonizan es contundente, aunque hay similitudes inquietantes en los perfiles del vencedor y del derrotado. No hay dudas de que Magyar va a normalizar rápidamente las relaciones con Bruselas (parte de sus promesas requieren que los fondos europeos vuelvan a fluir con normalidad) y que sacará al país de la órbita de Putin.

Sin embargo, el futuro primer ministro puede considerarse nacido y criado dentro de Fidesz (Alianza de Jóvenes Demócratas, el partido que Orbán lidera hace 23 años), organización de la que se distanció en 2023, luego de su divorcio de Judit Varga, entonces ministra de Justicia. Magyar tuvo un activismo estudiantil destacado en las protestas posteriores a la filtración, en 2006, del infame “discurso de Öszöd”, una alocución privada del entonces primer ministro socialista, Ferenc Gyurcsány, donde confesaba que su partido había mentido respecto del estado de las cuentas fiscales para mantener sus chances electorales. No es forzado el paralelo que muchos trazan entre el joven Orbán que llegó al gobierno por primera vez en 1998 y el hombre de 45 años que viene a sucederlo. Aquel joven de 35 años sólo alcanzó la supermayoría que signó la deriva autoritaria de su gobierno más de 20 años después. El nuevo líder llega al Monasterio Carmelita, sede del gobierno, enancado desde el vamos en una supermayoría parlamentaria.

Giorgia Meloni, Marine Le Pen y hasta Donald Trump, siempre reticente al elogio de alguien que no sea él mismo, tomaron a Orban como referente. Javier Milei le reservó una silla como uno de los únicos seis invitados internacionales a su toma de posesión.

Las expectativas que suscita el cambio de gobierno son enormes, parangonables a un cambio de régimen. Orbán no sólo eligió un camino de autocratización en los hechos, con la restricción de las libertades académicas y de expresión y con la instauración de un capitalismo de amigos que no tardó en derivar hacia una cleptocracia, sino que quiso vestir sus acciones con un manto conceptual propio. La ruptura con la noción de democracia liberal fue explícita: en 2014 declaró que “las sociedades no necesitan ser liberales para ser democráticas” y, por si su definición no sonaba suficientemente tajante, atribuyó a “la gente” un deseo de “sociedades democráticas, pero no de sociedades abiertas”. El lenguaje adoptado era propio de un régimen distinto de la democracia liberal y vino de la mano de la adopción de instituciones que se articularon en el “sistema de cooperación nacional” proclamado en 2010. Este era, hasta ayer, la manifestación húngara de la “democracia iliberal”, el modelo de exportación que ofrecía al mundo Orbán.

El balance de 20 años (con un hiato de ocho entre 2002 y 2010) de un Orbán que se fue desplazando desde el liberalismo hacia la extrema derecha es decepcionante si se lo mide con la propia vara de Viktator. La pequeña Hungría aguafiestas que usó y abusó de su derecho de veto en la UE no ha ganado con ello nada, sólo se ha aislado y visto privada de fondos de la UE que sólo se transfieren a países que respetan el estado de derecho. Un dato elocuente pinta lo sucedido desde 2010: al comienzo del período, Reporteros sin Fronteras situaba a Hungría en el puesto 23 del ranking mundial de libertad de prensa; 16 años después se encuentra en el puesto 68. Los sucesivos gobiernos de Orbán y Fidesz no han detenido el proceso de secularización a pesar de su cruzada de cristianización y no han logrado tampoco que aumenten las tasas de natalidad para detener el proceso de caída demográfica y envejecimiento poblacional. 

Como la mayoría de los experimentos autoritarios, el motor del encabezado por Orbán era el empeño en la restauración de una época supuestamente dorada del pasado. En esto no fue nada original. La idea de que las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial despojaron de territorio y de acceso al mar al país, tras la derrota del Imperio Austro-Húngaro, comparte una genealogía con la aspiración del lebensraum germano. Siendo Hungría un país pequeño esto no podía tener consecuencias para los vecinos, aún para aquellos que cobijan significativas minorías magiares. Sin embargo, Orbán se sirvió de ese irredentismo para trazar divisiones tajantes dentro del país, entre “patriotas” y cosmopolitas. Bajo esa insignia se cerró la Universidad Centroeuropea patrocinada por el húngaro-estadounidense George Soros y se prohibió la expresión del orgullo LGBTIQ+, supuesta expresión de “valores foráneos”.

La significación internacional de la derrota de Orbán no puede ser minimizada. Visto como un precursor de la visión una Europa de las naciones, embanderada con el cristianismo y guardiana de su patrimonio étnico, por vía del cerrojo total a la inmigración y la promoción de una ideología natalista, Giorgia Meloni, Marine Le Pen y hasta Donald Trump, siempre reticente al elogio de alguien que no sea él mismo, lo tomaron como referente. Javier Milei le reservó una silla como uno de los únicos seis invitados internacionales a su toma de posesión. El presidente argentino tuvo el gesto inusual de ir a hacer campaña por el ahora derrotado líder húngaro, participando hace menos de un mes en la reunión de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) en Budapest, casi como telonero del número principal, el vicepresidente estadounidense J. D. Vance, que habló en un acto junto al primer ministro en la última semana de campaña.

La Internacional Negra se lleva de las urnas húngaras una derrota particularmente amarga. Hungría, el lugar donde se podría decir que empezó todo, escenificó un retroceso que puede estar prefigurando resultados decepcionantes para ellos en las elecciones de medio término de noviembre en Estados Unidos. A pesar de la hiperactividad que sus integrantes invierten en demostrarse apoyo mutuo, las elecciones en cada país siguen determinadas por una lógica eminentemente nacional: las fichas caen no por un efecto dominó internacional, sino porque los gobiernos agotan los precarios consensos que lograron dentro de sus fronteras. Tal vez la lección húngara le enseñe a las extremas derechas que embanderarse con sus correligionarios de otros países no trae sinergias positivas, sino, tal vez, augurios de futuras derrotas.

4Palabras

Compartir:

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Seguinos en: