Maitén Sanguinetti: “Dejar de parir es una respuesta política»
En un nuevo 8M, la “antropóloga de mamás” desarma el fenómeno de la baja de natalidad, que lee como una respuesta política ante un sistema que “secuestra” el tiempo de las mujeres. Entre la falta de licencias y de atención psicológica y el crecimiento de las desigualdades sociales, Sanguinetti analiza la red social como “la última plaza pública disponible” para quienes tienen el tiempo cooptado y propone hackear la lógica del consumo individual para recuperar lo colectivo.
- marzo 8, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Mientras cambia un pañal e intenta dormir a su bebé, Maitén Sanguinetti -mujer, madre, antropóloga- comparte sus reflexiones con 4Palabras. Lo hace “partida”, como cientos de miles de madres trabajadoras. Su comunidad en redes sociales creció de forma vertiginosa tras un posteo sobre la baja de natalidad, que confirmó su sospecha: las madres necesitan dejar de patologizar su agotamiento para empezar a entenderlo como un conflicto social y político. Insiste en que no da consejos ni recetas, sino que observa las grietas del sistema que “nos requiere solas y agotadas”.
Para Sanguinetti el triunfo del sistema actual no fue solo vendernos cosas, sino convencernos de que la privacidad es sinónimo de estatus. “Es la trampa perfecta para aislarnos”, afirma y se pregunta si la red social funciona como un simple simulacro de la comunidad o “es la única plaza pública que nos está quedando a quienes tenemos el tiempo secuestrado por las tareas de cuidado”. En ese sentido, considera que nos permiten construir una identidad política y referirnos con datos y con testimonios de primera mano que nos habilitan a decir: “No soy yo, es el sistema”.
Sostenés que la culpa no es un sentimiento individual, sino el síntoma de una estructura que no ofrece soluciones colectivas, ¿cómo podemos empezar a desarmar ese mecanismo desde lo cotidiano?
Intentamos llenar con nuestro propio cuerpo los baches de un Estado y un mercado que no cuidan. Para empezar a desarmar el mecanismo en lo cotidiano, yo suelo proponerme -y ahora lo abro a la comunidad- un ejercicio de desobediencia subjetiva que tiene que ver con politizar ese malestar. Y lo hago abriendo preguntas. Ante cada “debería”, que nos genera angustia, invito a preguntarnos a quién le sirve que yo me sienta así. Cuando entendemos que nuestra culpa es el motor que sostiene un sistema productivo, el sentimiento empieza a perder el poder paralizante. Después, externalizar el conflicto. En lugar de decir “no llego con todo”, empezar a nombrar la carencia. “La ciudad no tiene espacios amorosos para mi hijo”. “Mi jornada laboral es incompatible con la vida”. “Las veredas están llenas de baches, no puedo transitar con mi cochecito”. Desplazar el foco de nuestra supuesta incapacidad hacia la falla del entorno es un acto profundamente liberador. Y en lo práctico, poder desarmar la culpa requiere redes de complicidad. Si yo me permito “fallar” al estándar de madre total, le estoy abriendo la puerta a la mujer que tengo al lado para que ella también pueda bajarse de ese pedestal de sacrificio. ¿Qué pasaría si usáramos la energía que gastamos en sentirnos culpables para exigir juntas que el cuidado sea el centro de la agenda pública?
Si no existen políticas de estado que acompañen ni consenso social, ¿es posible abandonar determinados roles o terminamos chocando contra un muro estructural?
Todavía falta muchísimo, sobre todo teniendo en cuenta que estamos en un país en donde lo básico aún no llega a todos los sectores. Si yo decido no ser la madre abnegada, pero de pronto el jardín de infantes cierra a las cinco y mi trabajo termina a las seis, mi teoría choca contra un muro. El problema es que ante ese choque el sistema nos dice que el error es nuestro, que nos falta organización. Es posible fisurar los roles, pero abandonarlos del todo requiere de una base material. No se puede maternar de forma colectiva en una sociedad que solo ofrece soluciones privadas: pagar una niñera, pagar una guardería, comprar tiempo. Mi apuesta es que la teoría nos sirve para nombrar ese muro y estar listas para reclamar entonces otra arquitectura de vida.
Planteás la baja de natalidad como una respuesta política de las mujeres, ¿la sociedad y sobre todo la política están sabiendo leer este fenómeno?
La política mira el mapa al revés. Lo analizan como un problema de mercado o como falta de ganas, pero no ven que esto es una respuesta política compleja y sobre todo una huelga subjetiva. Es un fenómeno multifactorial. A partir de la viralización de un reel sobre este tema, abrí el análisis a varias situaciones que están atravesando la crisis de natalidad. Hay una generación entera de mujeres que crecimos viendo a nuestras mamás agotadas, postergadas y solas en el cuidado, y muchas hoy dicen, “eso no lo quiero”. Por otro lado, muchas fueron asignadas como cuidadoras de sus hermanos menores y hoy eligen que su tiempo sea por fin suyo. Después, por supuesto, el deseo desanclado del mandato, que por primera vez se logra separar el ser mujer del ser madre y muchas están priorizando su ocio, su viaje, su desarrollo personal, profesional, o vivir su vida de manera espontánea, sin hijos. Esto es una conquista de soberanía sobre el propio cuerpo y el tiempo, así que se celebra. También se repite mucho la idea de quienes miran el mundo, la crisis climática, la precariedad económica, la violencia y deciden por pura ética no traer a nadie más a este escenario, como acto de responsabilidad y no de egoísmo.
Hoy muchas, aunque deseen maternar, no pueden porque estamos en un sistema “come vidas”, donde el alquiler se lleva la mitad de los ingresos, no tenés ninguna red de seguridad social, entonces la baja de natalidad no es una crisis demográfica, sino que es la respuesta lógica. Mientras la política siga analizando esto exclusivamente desde el miedo a quién va a pagar las jubilaciones y no desde las condiciones de existencia de las que ponemos el cuerpo, van a seguir dándose la cabeza contra la pared.
¿Es posible reconstruir redes de cuidado reales en esta arquitectura social que privilegia la privacidad y el consumo individual?
El gran triunfo del sistema actual no fue solo vendernos cosas, sino convencernos de que la privacidad extrema es un sinónimo de estatus, cuando en realidad es la trampa perfecta para aislarnos. Es muy difícil construir redes cuando nuestras casas están diseñadas como búnkeres. Vivimos en una arquitectura de departamentos donde no sabemos quién vive al lado, donde la única solución que nos ofrecen para el cuidado es comprarla: pagar una niñera, pagar una guardería, pagar un envío a domicilio. El mercado adora nuestra soledad porque se monetiza y la red en cambio es gratuita y por lo tanto subversiva. Para reconstruir redes reales hay que hackear esa lógica del consumo individual, salir del búnker. La red no es una aplicación, es recuperar el pasillo, la vereda, la plaza. Es entender que la privacidad total es muchas veces la cárcel de las mujeres que maternan. Hay que pensar en la red como un ahorro político. Cuando yo cuido a tu hijo dos horas y vos cuidas al mío después, le estamos sacando un cliente al mercado y estamos ganando tiempo de vida. Eso hoy es un acto de resistencia. Nos hicieron creer que tener nuestra propia cocina, nuestro propio microondas, es progreso, pero lo que ganamos en privacidad lo perdimos en salud mental. De nuevo, planteo preguntas. ¿Cómo volver a habitar lo común en un mundo que no se educa para tenerle miedo al vecino o para sentir que pedir ayuda es un fracaso personal? ¿Es posible reconstruir lo colectivo si no estamos dispuestas a ceder un poco de esa privacidad que nos vendieron como libertad?
“Para reconstruir redes reales hay que hackear esa lógica del consumo individual, salir del búnker. La red no es una aplicación, es recuperar el pasillo, la vereda, la plaza. Es entender que la privacidad total es muchas veces la cárcel de las mujeres que maternan. Hay que pensar en la red como un ahorro político. Cuando yo cuido a tu hijo dos horas y vos cuidas al mío después, le estamos sacando un cliente al mercado y estamos ganando tiempo de vida. Eso hoy es un acto de resistencia”. Maitén Sanguinetti.
Aunque se discute más el reparto de tareas en el hogar, ¿percibís un aumento real de varones conscientes de su responsabilidad política y social como padres, o nos quedamos solo en una “ayuda” doméstica?
Lo que se ve en el campo es que todavía estamos atrapadas en la semántica de la ayuda, que es el último refugio del privilegio. Cuando un varón dice que ayuda, está asumiendo que la responsabilidad sigue siendo nuestra y que él solo hace un favor. Aunque se discute más el reparto de tareas, quién lava los platos o quién lleva a los hijos al pediatra todavía falta un abismo para llegar a una verdadera conciencia política y social de la paternidad. La carga mental, el saber cuándo hay que comprar, cuándo hay que dar las vacunas, qué talle de zapatillas sigue, qué hay para comer, todo esto sigue siendo casi exclusivamente femenino. El varón ejecuta si hay una lista, pero rara vez se siente el dueño de la gestión de la vida. Muchos no están dispuestos a disputar su tiempo en el espacio público. El salto de la ayuda a la responsabilidad política se va a dar cuando empiecen a moverse colectivamente, reclamen licencias iguales, cuando en su grupo de amigos el tema no sea solo fútbol o trabajo o política, sino cómo están sosteniendo la vida de sus hijos, cuando entiendan que su carrera profesional está subsidiada por el tiempo de silencio y cuidado de una mujer.
Las licencias por maternidad siguen sin ser prioridad de la agenda pública, ¿qué incidencia tiene en las decisiones laborales de las mujeres?
El hecho de que no sean una prioridad en la agenda pública nos dice todo sobre lo que básicamente el Estado opina de la vida: el cuidado es un asunto privado que tiene que resolver cada una como pueda. Eso termina empujando a las mujeres a la precariedad. Muchas, ante la imposibilidad de volver a los tres meses, que es una locura biológica y afectiva, terminan renunciando. ¿A dónde van? A la informalidad, al emprendedurismo por necesidad, sin aportes ni obra social, para poder manejar sus tiempos. Maternar se convierte en un riesgo financiero absoluto. Nosotras hacemos un paréntesis que el mercado nos cobra carísimo. Si te dicen que para ser una trabajadora exitosa tenés que ocultar que sos mamá y que para ser mamá tenés que renunciar a tu proyección económica, la respuesta política básicamente es dejar de parir. ¿Cómo pretenden que suba la natalidad si al mismo tiempo promueven reformas que desmantelan la poca estabilidad que nos quedaba?
¿Qué impacto tiene sobre la vida de las mujeres la ley de reforma laboral?
Lo primero que me pregunto es ¿para quién es la flexibilidad? Esa palabra es un eufemismo de precarización total. Lo que se está reformando es el tiempo que tenemos para sostener la vida. Se profundizan modelos de trabajo por objetivos o plataformas, y para una mamá esto significa que la jornada no termina nunca, estamos respondiendo mensajes mientras bañamos a nuestros hijos o facturando a las 11 de la noche porque no tenemos derecho a una licencia paga.
La crianza respetuosa pone el foco en las infancias, pero ¿es realmente respetuosa con la salud mental de las madres, a quienes el sistema les exige rendir laboralmente como si no criaran?
La crianza respetuosa es un paradigma hermoso y necesario para las infancias, pero tal como está planteado, es profundamente irrespetuoso con las mamás. Nos vendieron un modelo de cuidado que requiere presencia y paciencia infinita, una elaboración emocional constante, pero nos lo venden sin la infraestructura para sostenerlo. Se nos pide estar disponibles para validar cada emoción de nuestros hijos, pero ¿quién está validando nuestro agotamiento? Es muy fácil hablar de acompañar el berrinche cuando tenés las necesidades básicas cubiertas y tenés la red de apoyo, pero cuando vivís al día, o cuando el alquiler se te lleva la vida, la paciencia claramente no es un recurso infinito, sino que termina siendo un lujo de clase. Una crianza que no contempla la salud mental de la cuidadora no puede ser respetuosa, sino es sacrificio puro. No necesitamos más manuales que nos digan cómo tenemos que hacer, sino políticas que nos permitan primero respirar un poco. Hoy la salud mental materna es un bien de lujo. Si tenés plata, podés pagar una terapia particular, una red de cuidado o una formación para gestionar tus emociones. Y si, el Estado te deja sola, no hay protocolos de salud mental en el posparto, no hay espacios de sostén colectivo y lo único que recibís en el sistema público es, con suerte, una pastilla para que sigas funcionando como un engranaje más. La relación es perversa.
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- Dani Ledamarzo 15, 2026 at 1:04 pm
Excelente nota. Gracias, Maitén y Martina Dentella!
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