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Las dos radiografías de Adorni y el boomerang de la indignación

De los rayos X a un “perrito” para justificar el ajuste a la lupa sobre su propio patrimonio. El ascenso meteórico de tuitero a jefe de gabinete hoy choca contra el periodismo inmobiliario. Entre viajes de lujo y pases de magia con bienes raíces, el vocero se convierte en el chivo expiatorio perfecto de un gobierno que se desploma en la opinión pública.

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Adorni: De los rayos X a un “perrito” para justificar el ajuste a la lupa sobre su propio patrimonio. El ascenso meteórico de tuitero a jefe de gabinete hoy choca contra el periodismo inmobiliario. Entre viajes de lujo y pases de magia con bienes raíces, el vocero se convierte en el chivo expiatorio perfecto de un gobierno que se desploma en la opinión pública.

Había una vez un método. Una coreografía ensayada cada mañana frente a los micrófonos, donde el cinismo se disfrazaba de transparencia. Manuel Adorni, el hombre que convirtió la conferencia de prensa en un stand-up (o, para ser más precisos, stand-down) del ajuste, solía blandir carpetas como si fueran pruebas irrefutables de una decadencia moral ajena. En julio de 2024, alcanzó el pico de su estilo: mostró la radiografía de la columna de un perro. Se veía “la cola del perrito”. Dijo que era la prueba de una estafa en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS) para cobrar una pensión por invalidez en Corrientes. Poco importó que luego se supiera que la pensión nunca se otorgó; la semilla de la indignación ya estaba plantada.

El mecanismo era infalible: primero se exhibía el “caso” quirúrgicamente seleccionado para despertar la furia social, y luego se procedía al recorte brutal. Primero la justificación narrativa, después el ajuste anestésico. Así, la auditoría dejó de ser un proceso administrativo para transformarse en la única política pública de un gobierno que vació el Estado mientras celebraba el tendal de programas cerrados y empleados públicos despedidos.

Hoy el hombre que hacía radiografías ajenas está siendo el objeto de la radiografía periodística y social. Es el hombre público a auditar.

 

El ascenso y la caída del tuitero de Estado

La trayectoria de Adorni fue lo más parecido a la movilidad social ascendente que este gobierno pudo ofrecer, aunque solo fuera para las alegorías producidas de la Casa Rosada. De convertirse sobre la hora en vocero ante la negativa de Marina Calabró a saltar de la Secretaría de Prensa. Y de ahí a la órbita directa de Karina Milei. De vocero a secretario de Estado. De candidato electo —y nunca asumido pese a sus promesas públicas— a la Legislatura porteña, hasta la cima: la jefatura de gabinete luego de la salida de Guillermo Francos a fines de noviembre de 2025. Todo en menos de dos años.

Pero cinco meses después comenzó el derrumbe.

Hoy el hombre que hacía radiografías ajenas está siendo el objeto de la radiografía periodística y social. Es el hombre público a auditar.

El principio del “fin” —esa palabra fetiche para el ganador del Martín Fierro al mejor tuitero en 2023— tuvo forma de pasaje de avión. En marzo de 2026, la foto de Adorni junto a su esposa en el avión presidencial rumbo al “Argentina Week” rompió el hechizo. Su defensa fue casi una confesión: “Yo quería que mi mujer me acompañe porque vengo una semana a deslomarme acá”. Detrás de esa frase asomó el inventario de la nueva casta: boletos a Nueva York de cinco mil dólares, viajes en jet privado a Punta del Este en carnaval, vacaciones secretas en Aruba y un patrimonio que se infló al ritmo de las refacciones en su nuevo departamento de Caballito.

Lo curioso es que la indignación social encontró en los viajes y los departamentos de Adorni un límite que no halló en otros escándalos. Ni las coimas en ANDIS, ni la megaestafa Libra, ni la trama de Reidel en Nucleoeléctrica, ni los beneficios directos a la esposa de Federico Sturzenegger en Cancillería lograron calar tan hondo. Quizás porque a Adorni se le cobra el oprobio del desclasado.

Las clases dominantes lo miran de reojo. Como decían algunos periodistas en la televisión: “Nadie le cuestionaría a Caputo o a Sturzenegger esos gastos, porque ellos sí tienen fortuna”. Es el castigo al “nuevo rico” que creyó que podía sentarse en una mesa a la que no estaba invitado. O compartir la primera clase de alguna aerolínea. A quienes son ricos desde antes se les perdonan los delitos que ya prescribieron. Al funcionario que poco tiempo atrás pedía créditos a tasa subsidiada al Instituto de la Vivienda porteña para una propiedad modesta en Parque Avellaneda no se le perdona el ascenso meteórico.

Preservar el modelo, entregar al vocero. Esa parece ser la premisa de las élites.

Estamos asistiendo al regreso del “periodismo inmobiliario” de los noventa. Como en aquellos años, acá el problema no es la orientación del gobierno, sino la “mala ejecución” o la “corrupción individual”.

Mientras el foco se posa en las facturas del jet privado de Adorni o en las remodelaciones de su baño, el fondo del asunto queda a resguardo. El neoliberalismo sigue intacto: el cierre de empresas, la destrucción de la producción nacional, la liquidación de recursos naturales y el desmantelamiento de las herramientas estatales para frenar a los sectores de poder continúan su marcha.

Adorni es el chivo expiatorio. El hombre que debe pagar por los pecados de la gestión para que el modelo sobreviva al desplome de la imagen de Javier Milei. 

El boomerang de la lógica del ejemplo indignante finalmente le pegó en la cabeza. Ahora es él quien está bajo la lupa, sufriendo una radiografía patrimonial. El vocero se quedó sin palabras. Ahora es, simplemente, el caso que justifica el final de su propia historia.

 

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