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La muerte en prisión de Mladić y el valor incuestionable de la justicia penal internacional
De Srebrenica a Gaza, la historia demuestra que sin justicia internacional rige la impunidad de los poderosos. La muerte de Ratko Mladić, conocido como “El carnicero de Bosnia”, coincide con la dura embestida de Estados Unidos para desmantelar la Corte Penal Internacional: un ataque al derecho global que busca vulnerar la memoria y la rendición de cuentas.
- agosto 31, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Cuando Ratko Mladić murió en prisión, el 27 de agosto, cumplía una condena por genocidio, entre otros cargos, por el asesinato de ocho mil hombres, niños y ancianos en la ciudad bosnia de Srebrenica. Fue el gran cerebro militar detrás del brutal asedio de Sarajevo y el responsable directo de la masacre en un enclave que estaba teóricamente asegurado por cascos azules de Naciones Unidas. Con Srebrenica, el genocidio volvía a Europa medio siglo después del Holocausto, y lo hacía frente a la mirada impotente del mundo entero.
Ese antecedente no es sólo un crimen atroz: es la razón de ser de la Corte Penal Internacional. Tanto el genocidio en Srebrenica como, un año antes, el de Ruanda, llevaron a numerosos países a impulsar la creación de un tribunal penal permanente que estuviera por encima de la jurisdicción de los estados. La lección que dejaron ambas masacres fue simple y devastadora: dejar la persecución de los crímenes más graves librada exclusivamente a la voluntad de cada estado equivale, en la práctica, a garantizar la impunidad de quienes los cometen.
La propia historia de Mladić confirma cuán frágil es esa promesa sin un tribunal internacional dispuesto a sostenerla en el tiempo. Entre la formulación de los cargos de genocidio en su contra, en 1995, y su captura, en 2011, transcurrieron dieciséis años de clandestinidad protegida por redes de complicidad estatal. Fue uno de los criminales de guerra que más tiempo logró sostenerse prófugo en la historia reciente. Sin una instancia permanente, con capacidad de investigar y de evitar prescripciones, esos dieciséis años bien podrían haberse convertido en impunidad definitiva.
Y, sin embargo, ni la condena zanjó del todo la disputa por su figura. En buena parte de la región, Mladić sigue siendo reivindicado públicamente. Por supuesto que lo que se defiende en público no son sus crímenes de guerra ni el genocidio de Srebrenica, sino su lucha contra la secesión de Yugoslavia: una operación de blanqueo que separa al genocida del militar y que disuelve, a propósito, la responsabilidad penal en el relato nacionalista. Es precisamente frente a esa clase de revisionismo que una sentencia internacional, dictada por un tribunal ajeno a las presiones domésticas, cumple una función que ningún juicio nacional podría garantizar: fija una verdad judicial que se sobrepone a las conveniencias de los gobiernos y a los relatos que buscan escribir una historia falsa.
El gobierno de Donald Trump ha lanzado un ataque para “desmantelar, ladrillo por ladrillo” la Corte Penal Internacional, a la que acusó de librar “una guerra” contra Estados Unidos, “no con balas ni misiles, sino con estatutos, pactos y la fuerza del así llamado derecho internacional”. Así han puesto en duda la legitimidad de todo el derecho internacional.
Ese es el estándar frente al que hay que medir el ataque que Estados Unidos lanzó pocos días antes de la muerte de Mladić contra la Corte Penal Internacional (CPI). El 18 de agosto, el secretario de Estado Marco Rubio anunció sanciones económicas contra la presidenta del tribunal, la jueza japonesa Tomoko Akane, y contra el abogado principal de juicios, el senegalés Abdoulaye Seye, a quienes calificó de integrantes de un «tribunal supranacional corrupto y fatalmente politizado». No es un hecho aislado: se suma a las sanciones que Washington ya había impuesto, desde 2025, a nueve jueces y dos fiscales adjuntos de la Corte, después de que el tribunal emitiera órdenes de arresto contra el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y el entonces ministro de Defensa Yoav Gallant, por crímenes de guerra en Gaza.
Esta avanzada se enmarca en una campaña declarada por Rubio en julio para “desmantelar, ladrillo por ladrillo”, la institución con sede en La Haya, a la que acusó de librar “una guerra” contra Estados Unidos, “no con balas ni misiles, sino con estatutos, pactos y la fuerza del así llamado derecho internacional”. En su ataque destemplado contra la CPI, Rubio pone en duda la legitimidad de todo el derecho internacional, en línea con bravuconadas anteriores de Donald Trump, que ha declarado sin ambages que no considera que él o su país (a veces entendidos como la misma cosa) deban atenerse a éste en sus acciones.
El argumento no es nuevo: es el reclamo de que ningún poder externo a la voluntad de la superpotencia puede juzgar a sus ciudadanos ni a sus aliados. Es la pretensión de un poder que se resiste a rendir cuentas ante una instancia que no controla. La propia Corte calificó las sanciones de “un ataque flagrante” contra la independencia judicial, y el secretario general de la ONU, António Guterres, reafirmó recientemente que la considera “un pilar fundamental de la justicia penal internacional”. En agosto, Human Rights Watch y el Center for Constitutional Rights presentaron una demanda formal en Nueva York contra el decreto presidencial que ordena aquellas sanciones.
Defender la Corte Penal Internacional de este asedio no implica ignorar sus límites reales: la dependencia de la cooperación estatal para ejecutar arrestos, las asimetrías que revela la elección de las situaciones que investiga, la lentitud de sus procesos. Implica simplemente sostener que la alternativa a una Corte imperfecta no es ninguna Corte, sino el regreso liso y llano a un mundo donde la impunidad de los poderosos, como la que protegió a Mladić durante dieciséis años, se consagra como regla. Srebrenica y Ruanda no son solamente el origen del tribunal: son la advertencia indeleble de lo que ocurre cuando una instancia penal internacional no existe. Sostener la Corte hoy, frente a las pretensiones del trumpismo y frente a cualquier otro poder que pretenda desmantelarla, es sostener el principio de que ningún cargo, ni bandera deberían ser escudo de impunidad para dejar fuera del alcance de la justicia a figuras execrables como las que cometen genocidios.
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