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Todos quieren heredar la Ciudad de Buenos Aires

Macristas, libertarios y peronistas disputan por una ciudad que tiene una agenda de temas urgentes sin resolver desde el transporte hasta los alquileres. Las disputas de tribus y la política del subsuelo en una ciudad que hoy parece no tener dueño.

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La imagen muestra a los primos y políticos argentinos Jorge Macri y Mauricio Macri.

El subte no inaugura una estación nueva desde 2019. La mortalidad infantil cambia de mundo en apenas unos kilómetros. Conseguir una vacante escolar, un turno hospitalario o llegar todos los días desde el sur hasta el centro puede convertir al distrito más rico del país en una experiencia bastante distinta según el código postal.

Esa es la Ciudad que todos quieren heredar en 2027.

En la superficie se prepara una de las elecciones más feroces desde que el PRO llegó al gobierno porteño. Abajo, en el subsuelo, las tribus que en campaña se presentan como incompatibles siguen negociando organismos, cargos y bancos como lo hicieron durante años. La diferencia es que esta vez nadie sabe con certeza quién va a conservar las llaves.

Y quizás por eso la discusión tiene algo extraño: se habla mucho de quién se queda con Buenos Aires y bastante menos de qué Buenos Aires se está disputando.

La red de subterráneos no incorpora una estación desde el 3 de junio de 2019, cuando se inauguraron Correo Central, Catalinas y Retiro en la línea E. Desde entonces pasaron siete años sin expansión en una ciudad de poco más de doscientos kilómetros cuadrados que recibe todos los días a cientos de miles de personas del área metropolitana.

A pocas estaciones de distancia conviven también realidades sanitarias que parecen pertenecer a países distintos. El norte porteño puede mostrar indicadores de mortalidad infantil comparables con los de países europeos; hacia el sur, las cifras se acercan a las de algunas de las provincias más postergadas del país. En el medio quedan las demoras para acceder a la salud pública, la falta de vacantes en determinadas zonas y un déficit habitacional que hace rato dejó de respetar la vieja frontera simbólica de la avenida Rivadavia.

Durante casi veinte años, ninguna de esas desigualdades puso seriamente en riesgo la propiedad política de la casa.

El PRO podía discutir entre herederos sin temer por la herencia.

En 2027 eso puede cambiar.

La Libertad Avanza ya ganó la última elección legislativa porteña y ahora enfrenta una decisión que excede largamente a la Ciudad: intentar quedarse con el distrito que hizo posible al macrismo o preservar una alianza que le permita a Javier Milei llegar a la elección nacional como ordenador de toda la derecha y la centroderecha.

Ahí empieza el problema de Jorge Macri: su reelección depende, en buena medida, de una discusión que no controla.

Si la prioridad nacional es cerrar cuanto antes una coalición, el jefe de Gobierno puede encontrar una vía relativamente despejada hacia otro mandato. Si Karina Milei decide que todavía hay territorio para conquistar, tendrá enfrente al mismo espacio con el que hoy comparte buena parte de la administración política porteña.

La pregunta ya no es solamente si habrá acuerdo. Es cuándo.

Y el calendario puede ser más importante que cualquier declaración pública.

Patricia Bullrich, Santiago Caputo y Diego Santilli empujan, con matices, una lógica bastante clásica: si el Gobierno necesita votos en el Congreso, gobernadores en las provincias y una coalición competitiva para 2027, conviene empezar a coser antes de que las candidaturas vuelvan cada conversación irreversible. En ese esquema, la Ciudad sería una de las piezas más visibles de una avenida electoral que debería terminar detrás de Milei.

Karina Milei y los Menem miran otro reloj.

El acercamiento con Mauricio Macri existe, pero todavía tiene más de tregua que de contrato. Se rompió el hielo, se habilitaron conversaciones y la letra chica quedó para después. Entre esas líneas pendientes está, por supuesto, el futuro de Jorge Macri.

Mientras tanto, La Libertad Avanza arma. Pilar Ramírez camina la Ciudad junto a funcionarios nacionales. Luis “Toto” Caputo puede pasar cuarenta y cinco minutos en una heladería de Las Cañitas, sin acto ni militancia, y aun así producir una postal política. La escena es mínima, pero alcanza para dejar una señal: conversar con los Macri no significa desmontar el dispositivo propio.

La lógica es sencilla. ¿Para qué cerrar hoy un acuerdo con el PRO si dentro de seis meses el precio puede ser otro?

 

La política del subsuelo

Hay una relación que ayuda a entender por qué las fronteras porteñas suelen ser más porosas de lo que parecen desde afuera: la cercanía entre Daniel Angelici y Darío Wasserman, presidente del Banco Nación y esposo de Pilar Ramírez, principal referencia de Karina Milei en la Legislatura.

Pero no hace falta quedarse en los vínculos personales.

La escena más clara ocurrió la semana pasada en el salón San Martín de la Legislatura. En la primera fila coincidieron Angelici, Juan Manuel Olmos, Mariano Recalde, Víctor Santamaría y la propia Ramírez.

Por unas horas, la política porteña dejó de fingir que las líneas que dibuja durante las campañas son fronteras internacionales.

Las audiencias para cubrir lugares en organismos descentralizados mostraron la misma gramática. Olmos respaldando la continuidad de María Rosa Muiños en la Defensoría. Angelici sosteniendo a Javier López Zavaleta en el Ministerio Público Fiscal. La Libertad Avanza negociando su acompañamiento mientras reclama lugares entre los adjuntos. Recalde y Santamaría sentados en la misma sala.

Cuando baja la espuma, todos conocen el valor de los dos tercios. Y el peronismo, con veinte legisladores sobre sesenta, no necesita sobreactuar ese número para que el resto reconozca su peso.

Eso no significa que sean lo mismo ni que las diferencias electorales sean una puesta en escena. Significa algo bastante más porteño: pueden disputar el gobierno y al mismo tiempo compartir una lengua para administrar partes del Estado.

La pelea de 2027 amenaza con volver más difícil ese equilibrio.

Mauricio Macri tendrá que resolver si defender al PRO supone defender a su primo o pactar con quienes quieren quedarse con su lugar. Karina Milei deberá decidir si le conviene conquistar la Ciudad o absorber su estructura sin romperla. Y el peronismo, si realmente quiere aprovechar esa crisis, tendrá que ofrecer algo más que esperar el momento en que sus oponentes se equivoquen.

El primo incómodo

Después de meses de choque con la Casa Rosada, Jorge Macri empezó a hablar nuevamente de acuerdos.

También cambió su forma de contar la Ciudad.

El “en todo estás vos” de Rodríguez Larreta pertenece a otra época. Ahora las imágenes que busca el gobierno porteño son policías desalojando manteros, operativos en el espacio público, orden y control. Si los porteños ya premiaron electoralmente a Adorni y a Bullrich, la conclusión que circula cerca del jefe de Gobierno es bastante elemental: competir con los libertarios exige hablar una lengua que una parte de ese electorado ya reconoce.

Jorge Macri, además, confirmó lo que hasta hace poco se decía en voz baja: quiere reelegir.

El anuncio abrió una grieta dentro de su propia familia política.

Mauricio Macri quiere conservar la Ciudad, pero todavía no terminó de decidir si conservarla significa necesariamente conservar a su primo. Le molestó que Jorge hiciera pública su candidatura antes de ordenar la discusión partidaria y dejó abierta la duda sobre su respaldo.

Los dos necesitan cosas distintas.

Jorge tiene que demostrar que gobierna una fortaleza propia.

Mauricio necesita probar que esa fortaleza sigue perteneciendo al PRO, incluso si todavía no sabe quién llevará la bandera hasta la elección.

Karina Milei puede darse el lujo de mirar esa discusión desde afuera. Su estrategia no parece consistir en rescatar al macrismo, sino en esperar para saber cuánto queda de él cuando llegue el momento de sentarse a negociar.

La Ciudad es el único lugar donde el PRO todavía puede presentarse a esa mesa como propietario y no como inquilino. Por eso vale tanto.

 

Qué se hereda

La paradoja es que mientras todos calculan cuánto vale políticamente Buenos Aires, la discusión sobre la Ciudad concreta queda bastante más atrás.

Quién controla la Policía. Quién designa en los organismos. Cuántos legisladores pone cada espacio. Quién encabeza la fórmula. Qué apellido conserva el gobierno.

Pero la herencia también son siete años sin una estación nueva de subte.

Es la diferencia entre nacer de un lado o del otro de la Ciudad.

Es el pibe que tarda horas para atravesarla. La familia que espera una vacante. El trabajador que vive dentro de uno de los distritos con mayor presupuesto del país y no reconoce esa riqueza en ninguno de los servicios que utiliza todos los días.

Eso es lo que Jorge Macri quiere seguir gobernando, lo que Karina Milei evalúa conquistar y lo que Mauricio Macri intenta conservar como último territorio donde su partido todavía puede discutir de igual a igual.

El peronismo observa esa pelea con una esperanza bastante conocida: que la derecha se divida lo suficiente como para abrir una ventana que lleva casi dos décadas cerrada.

Pero tampoco llega a 2027 con el problema resuelto.

Para aprovechar una fractura ajena necesita antes decidir quién construye su propia síntesis porteña. Olmos, La Cámpora, Santoro, Recalde o alguna combinación que todavía no tiene nombre. La discusión no es solamente de nombres: también es si el peronismo porteño construye una agenda con autonomía de la disputa nacional —alquileres, transporte, seguridad, escuelas, obra pública— o vuelve a ordenar su identidad desde ese tablero. Puede esperar que los otros se peleen; no puede delegar en esa pelea la construcción de una mayoría propia.

Ahí vuelve a importar la foto del salón San Martín porque contiene las dos ciudades al mismo tiempo.

Arriba están los discursos, las candidaturas y la elección que empieza a ordenarlo todo. Abajo funciona una trama más antigua, donde dirigentes que se presentan como adversarios saben cuándo enfrentarse, cuándo negociar y qué parte de la administración no conviene dinamitar.

Durante veinte años ese sistema funcionó con una certeza: la casa tenía dueño. Ahora esa certeza desapareció.

Jorge Macri puede terminar enfrentando una PASO que no sabe si gana, aceptando un acuerdo que lo reduzca o compitiendo por afuera contra quienes hoy gobiernan junto a él. Mauricio Macri tendrá que resolver si defender al PRO supone defender a su primo o pactar con quienes quieren quedarse con su lugar. Karina Milei deberá decidir si le conviene conquistar la Ciudad o absorber su estructura sin romperla. Y el peronismo, si realmente quiere aprovechar esa crisis, tendrá que ofrecer algo más que esperar el momento en que sus oponentes se equivoquen.

Todos quieren heredar Buenos Aires.

La discusión que falta es qué piensan hacer con ella.

 

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