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Fábricas de correr, no de jugar

El fútbol argentino exporta talentos, pero el torneo local expone una alarmante pérdida de riqueza técnica. Entre urgencias económicas, la extinción del potrero y la presión por vender, la Primera División se convirtió en un aula improvisada. En el mejor de los casos.

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La ilustración contrasta la mercantilización del fútbol moderno con la esencia formativa y lúdica del deporte de potrero.

Están los Ezequiel Zeballos, Tomás Aranda, Leonel Flores, Lautaro Di Lolo, Benjamín Bosch, Matías Pellegrini, Nicolás Laméndola, Thiago Almada, Álvaro Montoro, Ian Subiabre, Thaiel Peralta, Tobías Andrada, Mateo Del Blanco y Giovanni Cantizano. En Argentina brotan jugadores de calidad por debajo de las piedras. Pero si observamos con tranquilidad y atención los partidos de los últimos años de la Liga Profesional de Fútbol podremos ver una falta de técnica básica en los players que hoy disputan el torneo de Primera División. 

Algunos dicen que la máxima categoría se convirtió en una extensión improvisada de la etapa formativa por las urgencias económicas y presiones institucionales. Los futbolistas llegan arrastrando carencias creativas, conceptuales y motrices que antes se resolvían en las inferiores. Ojo, no es cuestión de caerle a los jugadores de ahora, porque la historia del fútbol argentino está plagada de muchachos de primera con serias falencias técnicas y que transitaron largas carreras. Pero enfocando en los actuales buscamos algunos de los motivos de este posible fenómeno. 

Uno puede ser el “vaciamiento” institucional y la venta prematura de los más destacados. Hace una semana hablábamos acá, en 4Palabras, que hay más de 8.000 futbolistas jugando en el exterior. Antes un juvenil debutaba en primera rodeado de jugadores que tenían experiencia. Rondaban los 26 o 30 años, les daban pausa, los corregían y le enseñaban los secretos del juego a los más jóvenes. A los talentos que hacen una mínima diferencia técnica los venden al exterior, en algunos casos siendo menores de edad.

Así la Primera División se llena de futbolistas que en algunos casos no terminaron de completar su aprendizaje, poniendo en jaque el nivel técnico general del torneo. En algunos cuerpos técnicos de la Liga Profesional confiesan que actúan como “maestros” y se pasan más tiempo enseñando fundamentos básicos que planificando tácticas y estrategias para los partidos. Se ven obligados a corregir errores que el jugador debió automatizar en novena u octava división. Por ejemplo, perfilar el cuerpo antes de recibir la pelota, dar un pase con la pierna inhábil o realizar un control orientado bajo presión física. Eso en el mejor de los casos, porque otros dicen: “Yo no estoy para enseñarles técnica, eso lo tendrán que haber aprendido en inferiores”. Así les va.

Otra cuestión es el actual predominio del físico por sobre el juego pensante y creativo que muestra que el fútbol argentino se volvió uno de los más físicos, friccionados y cortados del mundo. Ante la precariedad económica y el miedo extremo a perder, muchos técnicos arman equipos diseñados para destruir, correr, presionar, ganar segundas y terceras pelotas, en lugar de elaborar y crear juego. 

Un jugador veloz y fuerte físicamente suele ganarle el puesto a uno dotado técnicamente, pero que requiere más tiempo para pensar, madurar o ejecutar. Hay menos tiempo de resolución en la cancha. Acá juega tal vez la desaparición de los creativos. Falta el juego libre de los pibes en el potrero o en la calle y sobra la rigidez de los entrenamientos modernos, entonces debutan con problemas de lectura fina del juego. Son más fuertes y veloces y menos pensantes y creativos. Entonces cuando el ritmo del fútbol profesional les quita esos dos o tres segundos de ventaja quedan expuestos técnicamente: controlan mal, fallan pases a corta distancia y toman decisiones equivocadas por no saber interpretar los espacios geométricos bajo presión. 

Detrás del éxito de la Selección Mayor, el ecosistema juvenil y profesional argento opera bajo dinámicas de extractivas de explotación y presiones desmedidas. Las inferiores en muchos casos se vuelven fábricas de exportación urgente, donde se descuida la maduración motriz y técnica del chico para priorizar resultados deportivos y comerciales. Este problema no es una falla total del talento natural, sino el resultado de cambios profundos en cómo se compite y se entrena desde chiquitos con mucha presión por el resultado y poco tiempo y sabiduría por parte de sus entrenadores. 

En las divisiones inferiores, muchos clubes priorizan ganar partidos por encima de enseñar a jugar, lo que limita la libertad del futbolista. Son cada vez menos donde se les enseña a los pibes a jugar y entender el juego.

Rubén Rossi, campeón juvenil 1979 y prestigioso formador de futbolistas, suele ser una de las voces más críticas de los últimos años. Sostiene que “hay una seria falla en la formación” y cuestiona que en el país nadie audite o evalúe si quienes están a cargo de las inferiores e infantiles realmente están capacitados. Según sus análisis el fútbol base se desvirtuó: “Se enseña a ganar a cualquier costo en lugar de transmitir fundamentos técnicos y valores esenciales”.

Patricio Hernández, exfutbolista y director técnico, afirma que “en el fútbol argentino hay un déficit de formadores”. Advierte que la desaparición del “potrero” dejó un vacío que los clubes actuales no logran llenar debido a la falta de iniciativa pedagógica, la ausencia de una perspectiva de trabajo a largo plazo y la falta de especialización para los entrenadores de pibes.

La crisis de infraestructura también juega su rol. Muchos clubes tienen problemas económicos estructurales para mantener predios adecuados, comprar elementos de entrenamiento o pagar formadores especializados a tiempo completo. “En la Argentina no existen proyectos a largo plazo y los equipos cambian todo el tiempo, de acuerdo al DT de turno. Para los formadores es difícil perseguir una idea en la cual basar los entrenamientos y las enseñanzas. Es clave saber a qué necesitas jugar”, suele decir Alberto Fanesi, estratega histórico de las inferiores de Vélez.

Pablo Aimar, técnico de la Selección Argentina Sub-17 y asistente en la Mayor, es uno de los máximos referentes en el debate sobre las falencias formativas en el país. A través de reflexiones que se han vuelto virales, sostiene que la falta de creatividad e improvisación técnica de los jóvenes se debe al exceso de entrenamientos mecánicos y a la desaparición del “fútbol salvaje” de la calle. “No hay mayor frustración que escuchar a alguien decir: ya no hay jugadores creativos. Especialmente después de hacerles repetir 800 ejercicios mecánicos, todos iguales. ¿De dónde demonios va a salir la creatividad si todo se convierte en un bucle automático?”, señala. Y agrega: “Si a un chico de 15 años se le prohíbe intentar una gambeta porque perdió la pelota dos o tres veces, se le está quitando la confianza para el resto de su carrera”. Aimar sostiene que a esa edad está bien perder la pelota veinte veces, porque es en la caída donde nace el coraje y se pule la técnica individual.

Las inferiores en muchos casos se vuelven fábricas de exportación urgente, donde se descuida la maduración motriz y técnica del chico para priorizar resultados deportivos y comerciales. Este problema no es una falla del talento natural, sino el resultado de cambios profundos en cómo se compite y se entrena desde chiquitos, con mucha presión por el resultado y poco tiempo y sabiduría por parte de sus entrenadores.

Jorge Bernardo Griffa está considerado uno de los máximos descubridores de talentos de la historia del fútbol argentino. Dejó asentada su preocupación en el libro Mucho más que el fútbol, donde explicaba que los clubes modernos mecanizaron la enseñanza, eliminando la “técnica individual innata”. Afirmaba que la desesperación de los coordinadores por mostrar resultados rápidos a las comisiones directivas hace que se elija al chico fuerte y alto para ganar en octava o novena división, postergando al futbolista dotado técnicamente, pero de físico menudo o maduración lenta.

El ex coordinador de las divisiones inferiores de Boca Juniors, Racing Club y Banfield, Claudio Vivas, puntualiza déficits específicos como mala técnica de perfilación, pobre ejecución de controles orientados con la pierna inhábil y falta de automatización en los gestos técnicos básicos, porque dedican pocas horas semanales a la corrección analítica e individualizada de las condiciones técnicas.

Otro temita es la influencia de los representantes y las negociaciones tempranas que transformaron el ecosistema del fútbol formativo en Argentina. Lo que antes era un proceso de maduración natural, hoy se convirtió en una carrera desesperada donde los intereses económicos chocan con el desarrollo técnico y humano del jugador. También juega la presión por “salvar a la familia”. El foco deja de estar en aprender a eludir, mejorar la pierna inhábil o entender el juego, y pasa a estar en meter un gol o dar una asistencia para figurar en el video de jugadas destacadas.

Las transferencias forzadas a ligas extranjeras a los 16, 17 o 18 años que ya son comunes -y a veces ni nos enteramos que ocurren- interrumpen la evolución del futbolista. Al llegar a Europa sin el roce de la primera división, muchos la chocan con el rigor táctico y físico, y después los ceden a ligas menores o pierden continuidad.

Cuando un juvenil asesorado por su agente se niega a firmar su primer contrato profesional con el club que lo formó, la institución suele apartarlo del plantel. Esto lo deja meses sin competir en la edad más crítica de su desarrollo. O es vendido por su representante a Arabia Saudita, por ejemplo, con 18 o 19 años. Para evitar que los chicos se vayan por la patria potestad o queden libres, los clubes se ven obligados a firmar contratos profesionales con cláusulas millonarias a chicos de 16 años, alterando la dinámica natural y cultural del pibe, la familia y el club.

Aunque el entorno es hostil, muchos clubes coordinan con los agentes para que estos colaboren con la nutrición, viáticos o contención psicológica del jugador que el club, por la crisis económica que no les permite cubrir en su totalidad.

Enrique Borrelli, histórico coordinador de inferiores con experiencia en clubes como Independiente, Newell’s y Belgrano de Córdoba, introduce un factor socioeconómico clave. Advierte que las divisiones inferiores del fútbol argentino se han convertido en una malla de contención social crítica frente a los niveles de pobreza. Los clubes que pueden y ven la situación destinan presupuestos urgentes a corregir la falta de masa muscular o problemas de nutrición básica de los chicos. Un juvenil mal alimentado arrastra déficits en su desarrollo cognitivo, lo que afecta su capacidad de concentración, la velocidad para tomar decisiones y la precisión en la ejecución de gestos técnicos complejos en la cancha.

Desde otro lado, el sindicato global de futbolistas, FIFPRO, puso el foco en el déficit educativo formal que rodea a las inferiores en América Latina. La presión por llegar a primera hace que un altísimo porcentaje de jóvenes abandone la escuela secundaria. Diversos metodólogos asocian este abandono escolar con las falencias en la cancha: un futbolista sin estímulo intelectual ni comprensión lectora o matemática básica tiene mayores dificultades para asimilar conceptos tácticos abstractos, interpretar espacios geométricos en el campo y resolver problemas de juego bajo presión.

Por eso resulta fundamental que los chicos -y los grandes también- estudien. Si no saben de matemática, física y geometría se les va complicar más encontrar pases y distancias o darle la pelota en el pie correcto a la velocidad adecuada al compañero.

Décadas atrás había que imaginar muchas cosas a la hora de jugar al fútbol. Se imaginaba y debatía si la pelota se había ido o no de la cancha, o si había entrado al arco. Había que imaginar y crear mucho. Hoy eso no está, pero no es culpa de los pibes. El mundo es otro.

Los partidos televisados eran escasísimos. Estaba la radio. Había que imaginarse todo. Las posibilidades de ir a la cancha no eran sencillas ni accesibles. Hoy hay demasiados estímulos al plato, ya cerrados, con pocas posibilidades de crear. Para eso también son necesarias la literatura, las artes plásticas, la música y las expresiones culturales que doten de capacidad de crear, imaginar garabatos, generar sentido y jugadas para que los pibes (y los más grandes también) puedan después dibujar gambetas en un papel y en la cancha.

4Palabras

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