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El país de lo impensado
Malvinas nunca fue solo Malvinas y el partido contra Inglaterra no fue solo un partido de fútbol. La final que se juega coincidiendo con los 19 años del muerte de Fontanarrosa. El Operativo Cóndor, Panzeri y la dinámica del fútbol. Argentina y la necesidad de creer en lo imposible.
- julio 19, 2026
- Lectura: 5 minutos
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Las fechas, en la Argentina, también hacen goles. Este domingo lo prueba dos veces: Messi juega la final del Mundial y se cumplen diecinueve años de la muerte de Roberto Fontanarrosa, el escritor rosarino y canalla de toda la vida (nunca escondió que era hincha de Rosario Central, ni siquiera cuando lo entrevistaban de otra cosa), que murió a los 62 después de haberle dado al país personajes como Inodoro Pereyra y Boogie el Aceitoso, y libros como Los trenes matan a los autos o La mesa de los galanes.
Fontanarrosa dejó, entre tantas cosas, a la Hermana Rosa. Vidente rosarina, mentalista de pollera oscura, predecía los mundiales con la misma convicción con que un país entero predice sus tragedias. Mal, tarde y, sin embargo, con algo de razón. La inventó para reírse de nosotros, de esa manía de necesitar un oráculo cuando alcanzaría con patear al arco. Y sin embargo el miércoles, cuando Enzo Fernández y Lautaro Martínez dieron vuelta un partido que estaba prácticamente perdido ante Inglaterra, cualquier argentino mayor de cuarenta sintió que Rosa andaba murmurando algo desde algún más allá con acento rosarino.
El árbitro Ismail Elfath todavía no terminaba de guardar el silbato cuando apareció la tela. Blanca, con letras negras escritas a mano, la sostuvo primero Lisandro Martínez y después la desplegó Lo Celso, sin la camiseta puesta, cerca del área donde minutos antes Lautaro había definido el 2 a 1. Decía Las Malvinas son argentinas. La tribuna, mientras tanto, cantaba lo de siempre: el que no salta es un inglés. A Paredes, cuando se lo consultaron después, le alcanzaron tres palabras: «Siempre serán argentinas».
La FIFA había prohibido cualquier bandera con mensaje político antes del partido, y la ministra de Seguridad argentina se había adelantado a advertir que esa consigna en particular «no podría entrar en la cancha de Atlanta». Entró igual. Del otro lado, la prensa inglesa se entretuvo poco con la isla: le importó más el fantasma de Maradona que el de las Falklands, y el tabloide The Sun resolvió el asunto con un título que jugaba con la palabra «Argie» para hablar de arrogancia. Ninguno de los dos países discutía, en el fondo, lo mismo.
La escena tuvo, encima, otra casualidad de calendario: este año se cumplen sesenta del Operativo Cóndor. El 28 de septiembre de 1966, dieciocho pibes de entre 18 y 32 años, comandados por un periodista metalúrgico de 25 llamado Dardo Cabo, encañonaron al piloto de un DC4 de Aerolíneas Argentinas y le cambiaron los planes con una frase que no dejaba margen para discutir: «Uno-cero-cinco, nos vamos a Malvinas». Aterrizaron en la pista de un hipódromo, a metros de la casa del gobernador inglés, izaron siete banderas y cantaron el himno con algunos isleños de rehenes. Esa misma mañana, en Buenos Aires, el príncipe Felipe de Edimburgo paseaba tranquilo por un campeonato de hipismo, sin sospechar que dieciocho chicos le acababan de regalar al gobierno de Onganía el peor dolor de cabeza de la semana. Esos dieciocho venían de la Resistencia peronista, la misma que el propio peronismo proscripto arrastraba perseguida desde el 55. De ahí salieron después las dos almas que el movimiento cargó siempre bajo la misma bandera: los que con el tiempo fundaron la Tendencia y los que terminaron de cuadros políticos en la derecha nacionalista. No hay contradicción rara ahí (el peronismo nunca fue una cosa sola), y esa mañana en el hipódromo de Malvinas entraban las dos, sin ningún problema. De aquellas siete banderas, hoy una reposa en la Basílica de Luján: la donó María Cristina Verrier, la única mujer del comando, cuando en 2012 se la entregó en custodia a Cristina Fernández de Kirchner.
Malvinas nunca terminó de ser sólo Malvinas. Es memoria de pibes mandados al matadero por una dictadura que buscaba salvarse a sí misma. Y es la consigna que cualquier sector saca del cajón cuando le conviene.
En ese mismo tiempo, un año después, Dante Panzeri publicó Fútbol: dinámica de lo impensado. Allí no hablaba de política ni de soberanía, pero cuesta leerlo sin pensar en ambas. Para Panzeri, el fútbol sólo conservaba su verdad cuando escapaba del cálculo, cuando el partido se rebelaba contra las estadísticas y los pronósticos armados desde un escritorio. Lo impensado no era una anomalía. Era lo único que ese país no lograba controlar desde arriba.
Argentina llegó a ese lugar cincuenta y nueve años después, cuando ya no parecía quedarle tiempo. Los goles de Enzo Fernández y Lautaro Martínez, a los 85 y a los 92 minutos, no sólo cambiaron un resultado. Suspendieron, por un instante, la lógica que Panzeri decía que el poder siempre intenta imponerle al juego. El partido recordó que todavía existen acontecimientos que no caben en una planilla de Excel ni en un algoritmo.
Malvinas nunca terminó de ser sólo Malvinas. Es memoria de pibes mandados al matadero por una dictadura que buscaba salvarse a sí misma. Y es la consigna que cualquier sector saca del cajón cuando le conviene.
Al día siguiente, esa misma bandera volvió a aparecer en el Senado, sin camisetas ni cánticos esta vez. Con 37 senadores ya en sus bancas, el radical Flavio Fama pidió un aplauso para la Selección y todo el recinto, oficialismo incluido, se puso de pie. Minutos antes, Alicia Kirchner había pedido lo mismo para Taty Almeida. Después volvieron los expedientes: los pliegos judiciales y el capítulo de la ley que habilita la venta de tierras a extranjeros. Carlos Linares, senador por Chubut, tomó la palabra para marcar la contradicción: aplaudir la soberanía a la mañana y discutir el territorio a la tarde. Sin los votos cerrados, Patricia Bullrich pidió pasar a un cuarto intermedio hasta el 6 de agosto. Se levantó la sesión. El contraste quedó flotando en el recinto, sin que nadie lo votara.
Una bandera se prohíbe y se defiende el mismo día; la tierra, mientras tanto, espera su turno en un cuarto intermedio. Inglaterra funciona ahí como rival de cancha y como recordatorio de que la soberanía nunca fue solo un problema militar ni solo un problema futbolero: todavía es una discusión sobre quién decide qué se vende, qué se prohíbe y qué se cuenta.
Fontanarrosa no llegó a ver ninguna de estas dos finales. Pero dejó, con la Hermana Rosa, un diagnóstico que sigue funcionando: la Argentina necesita creer en lo imposible porque buena parte de lo posible la decepciona demasiado seguido. Este domingo, mientras Messi busca la cuarta estrella, alguien debería preguntarle a la vidente qué dice de la tierra, de las banderas que se prohíben y de los senadores que aplauden goles ajenos. Sospecho que pediría antes una prenda íntima. Y que, como siempre, algo de razón tendría.
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