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Marine Le Pen en busca de la presidencia y de una absolución
Condena judicial, herencia dinástica y la estrategia de usar el sufragio universal como amnistía de facto. Así arranca la carrera presidencial hacia 2027 en Francia con el anuncio de la candidatura de Marine Le Pen. Un escenario de extrema polarización donde el centro se desmorona y la izquierda se rompe.
- julio 19, 2026
- Lectura: 10 minutos
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El 7 de julio, Marine Le Pen vio confirmada su condena por malversación de fondos públicos por el Tribunal de Apelación de París. En el mismo instante, anunció su candidatura a la presidencia para las elecciones de abril de 2027. Su declaración, relativamente inesperada, abre en los hechos una larga campaña electoral que desembocará en sendas votaciones en abril y mayo venideros.
El caso de los asistentes parlamentarios del Frente Nacional (hoy Agrupación Nacional, RN) en el Parlamento Europeo no es un asunto trivial. La justicia probó que Le Pen y su partido desviaron sistemáticamente fondos europeos para pagar a empleados que, en realidad, trabajaban en exclusiva para la estructura nacional de la organización en Francia.
En la sentencia de apelación, el tribunal condenó a Le Pen a tres años de prisión (dos de ellos en suspenso y uno de cumplimiento firme mediante vigilancia con tobillera electrónica), a una multa y a una pena de inhabilitación de 15 meses. La cuestión clave es que la corte de apelación consideró que ese tiempo, contado desde la sentencia en primera instancia, ya ha transcurrido en su totalidad y, por lo tanto, la deja en condiciones de ser candidata. Así y todo, tener que hacer campaña vistiendo tobillera electrónica no es una imagen auspiciosa, así que Le Pen presentó un recurso de casación para suspender la ejecución de esa pena firme.
En cualquier caso, con su anuncio de que «esta noche soy candidata a la elección presidencial», Le Pen desplazó inmediatamente el conflicto desde los estrados judiciales al tribunal de la opinión pública. La premisa es típicamente demagógica: el sufragio universal es un sacramento de purificación moral y legal. Le Pen pretende instituir al electorado como un tribunal de alzada que puede enmendar decisiones judiciales y hacer del veredicto de las urnas una instancia judicial superior habilitada para absolver los delitos probados en sede penal. No se trata de revertir jurídicamente un dictamen de culpabilidad, sino de subordinar la legalidad al resultado aleatorio de una votación. Un desafío al Estado de derecho en toda la regla.
Con su anuncio de que "esta noche soy candidata a la elección presidencial", Le Pen desplazó inmediatamente el conflicto desde los estrados judiciales al tribunal de la opinión pública. La premisa es típicamente demagógica: el sufragio universal es un sacramento de purificación moral y legal.
La hazaña que se propone concretar tiene un antecedente exitoso en los Estados Unidos: a Trump su elección en 2024 le sirvió como un escudo contra múltiples imputaciones, suspendiendo los varios procesos judiciales en los que figuraba como acusado. Le Pen pretende importar desde la otra orilla del Atlántico la política de no procesar a un presidente en ejercicio y de privar a la judicatura de su condición de poder independiente, estigmatizándola como brazo del «Estado profundo» o del establishment que pretende proscribir a los “verdaderos” representantes del pueblo. Si ganara la elección, Le Pen obtendría la presidencia con el bonus de una amnistía de facto.
RN o FN, la diferencia es solamente una letra
Durante el calvario judicial de Le Pen, la figura de Jordan Bardella (el veinteañero presidente del RN) emergió como el plan B inevitable de la extrema derecha. Desde hace por lo menos un año las encuestas lo vienen midiendo como candidato presidencial y lo ubican cómodamente primero en la intención de voto para la primera vuelta. Su campaña, hasta ahora, estaba basada en una definición eufemística: «si mañana a Marine se le impidiera presentarse, yo sería su candidato». El repentino anuncio de Le Pen abortó la sucesión y dio por tierra con la bicefalia. Si hay algo que el RN fue, desde el tiempo en que se denominaba FN, otra vez quedó claro que lo sigue siendo: una estructura dinástica e hiperpersonalista. Que quede supeditado a la fortuna judicial de una sola persona es una consideración de segundo orden.
Desde que Marine Le Pen heredó de su padre Jean-Marie la presidencia del entonces Frente Nacional, en 2011, el partido se embarcó en una calculada estrategia de dédiabolisation (desdemonización) para horadar su techo electoral. El intento sólo parcialmente exitoso de jubilar la retórica antisemita y xenófoba estridente y de darse una pátina de respetabilidad republicana y la adopción de un discurso soberanista fue validado por los medios de comunicación tradicionales y acompañado por la expansión del imperio mediático de Vincent Bolloré, dueño del grupo Canal+.
Mientras los medios audiovisuales y escritos de este magnate militaban la normalización de la extrema derecha y promovían la alianza del RN con la derecha tradicional de Les Républicains (LR), el lepenismo se mantenía en sus trece. Como lo ha documentado extensamente el multimedio digital independiente Mediapart, las finanzas, las empresas proveedoras de las campañas y la estrategia de comunicación del RN siguen en manos de antiguos miembros del Groupe Union Défense (GUD), un grupúsculo estudiantil de extrema derecha conocido por su violencia callejera y su racismo. No sorprende, aunque sea paradójico, que el sensible papel de asegurar la relación del RN con la prensa, es decir, la primera línea en la batalla de la dédiabolisation estuvo en manos Caroline Parmentier (diputada y asesora íntima de Le Pen), autora de escritos profundamente racistas, homófobos y antisemitas en publicaciones ultra-católicas durante los años noventa. La normalización se ha centrado en intentar cambiar cómo el partido es percibido, dejando intacta su matriz ideológica y su corazón organizativo.
La izquierda rota y la pretensión de hegemonía de Mélenchon
Mientras la extrema derecha estrecha filas en torno a Marine, la izquierda francesa afronta el camino hacia 2027 sin encontrar el hilo común que le diera su último triunfo, el del Nuevo Frente Popular en las elecciones legislativas de 2024. Uno de los obstáculos para vertebrar una alternativa unificada es Jean-Luc Mélenchon, quien sin embargo es la figura más favorecida por la intención de voto del peuple de gauche. A las puertas de competir por cuarta vez por el Elíseo, Mélenchon y su partido, La France Insoumise (LFI), insisten en que les corresponde hegemonizar cualquier coalición basándose en su peso electoral previo y su capacidad de movilización.
Mientras la extrema derecha estrecha filas en torno a Marine, la izquierda francesa afronta el camino hacia 2027 sin encontrar el hilo común que le diera su último triunfo, el del Nuevo Frente Popular en las elecciones legislativas de 2024.
Las primarias abiertas para resolver la candidatura presidencial fueron una idea que tuvo cierta tracción hasta hace pocas semanas, pero esa alternativa se ha esfumado después del rechazo a esa mecánica por el Partido Comunista y el anuncio del Partido Socialista de que eligiría su candidato en una elección cerrada a sus afiliados. Los Ecologistas, últimos defensores de la idea, quedan sin socios para llevarla adelante y todo apunta a un escenario de Mélenchon y los cuatro enanos (si sumamos a Place Publique, la izquierda de perfil socioliberal de Raphaël Glucksmann).
Las diferencias en el seno de las izquierdas no son meramente de poder, sino ideológicas. En un extremo cercano al centro, Raphaël Glucksmann ha lanzado su propia plataforma política marcando distancias insalvables con LFI, defendiendo un proyecto nítidamente pro-europeo y con reminiscencias de la Tercera Vía de Tony Blair, Gerhard Schröder y otros (entonces) progresistas de principios de siglo. Pegado a la raya izquierda, Mélenchon (ambiguo frente a los regímenes autoritarios fuera del continente y euroescéptico), resulta difícil de digerir para muchos votantes socialistas y ecologistas y es mirado con reticencia por los comunistas.
Sin un candidato de consenso que logre sintetizar estas dos almas de la izquierda, el electorado progresista llegará fracturado a la primera vuelta de abril de 2027, poniendo en riesgo su presencia en el balotaje final y predisponiendo mal a sus electores para votar al candidato contrario a Le Pen, de quien no hay motivos para sospechar que no vaya a ser la candidata a batir en esa votación definitiva.
Entretanto, un curioso ausente en las apuestas respecto de quiénes se enfrentarán en la segunda vuelta es el espacio centrista. La macronie atraviesa una crisis existencial profunda. El movimiento que Emmanuel Macron fundó en 2016 como un vehículo electoral personalista hoy enfrenta la prueba de fuego de sobrevivir a la prohibición constitucional de un tercer mandato sucesivo de su creador. Sin el pegamento del liderazgo de Macron, la balcanización queda a la vista de todos.
Una sorda guerra civil enfrenta en su seno a dos candidatos acaso competitivos, sendos ex-primeros ministros. En el rincón derecho, Édouard Philippe, actual alcalde de Le Havre, ya hace campaña con una estrategia de distanciamiento calculado. Su partido, Horizons, busca presentarse como la opción de centroderecha ordenada y previsible. Su posicionamiento es atractivo para la derecha tradicional, con figuras de peso de Les Républicains como Laurent Wauquiez, sugiriendo que con solo emanciparse de su pasado macronista podría liderar una gran coalición conservadora y de centro.
En el rincón izquierdo, Gabriel Attal, líder de los diputados oficialistas en la Asamblea Nacional, y su partido Renaissance representan la continuidad pura y sin complejos. Preferido por el núcleo duro del electorado macronista, su juventud y su retórica parlamentaria lo muestran como un «mini-Macron», efecto conscientemente buscado. Su debilidad obvia es que no suelta el lastre del desgaste de la gestión y la desilusión con la promesa post o trans ideológica del Macron de 2016. Attal está por otra parte asociado a la autoría de las políticas más impopulares del gobierno saliente, como la reforma de las jubilaciones.
Por izquierda o por derecha, quienes se disputan la sucesión dentro de la macronie se enfrentan al colapso del «en même temps», la fórmula con la que Macron sugería aplicar al mismo tiempo lo mejor de las propuestas programáticas de los campos ideológicos enfrentados desde los tiempos de Revolución Francesa. Ante la polarización extrema, en Francia como en todas las democracias del mundo, el centro se está vaciando y sus votantes se encaminan a quedar atrapados por las mismas órbitas ideológicas a las que habían tributado antes. La coalición macronista de clases medias altas urbanas, jubilados y profesionales liberales se está desmoronando.
La sombra del régimen de Vichy
Paradojas de la “normalización”, en 2027, Francia enfrenta una elección que es cualquier cosa, menos “normal”. Una victoria, que no puede ser descartada, de Marine Le Pen sería un vuelco institucional de consecuencias incalculables. El RN es el heredero directo del Frente Nacional, un partido fundado en 1972 por nostálgicos del colaboracionismo, ex-miembros de la división SS Charlemagne y defensores acérrimos del régimen del mariscal Philippe Pétain en Vichy.
Aunque haya pulido su retórica, un gobierno lepenista implicaría la puesta en marcha de reformas de corte iliberal, como la preferencia nacional (una ruptura directa con los principios de igualdad consagrados en la Declaración de los Derechos del Hombre de 1789), es decir la discriminación de quienes aspiran, sin tenerla aún, a la nacionalidad francesa en el acceso al empleo, la vivienda social y las prestaciones de salud. El giro en política exterior esperable acercaría al país a Vladimir Putin y su pretendida área de influencia.
Este escenario no debe leerse, de ninguna manera, como un hecho inevitable. La sociedad francesa ha demostrado históricamente capacidad de resistencia. El frente republicano —esa alianza táctica y espontánea de votantes de diversas ideologías que se unen en segunda vuelta para bloquear a la extrema derecha— ha funcionado con éxito en previas citas electorales, la más reciente de ellas las legislativas anticipadas de 2024.
La propia supervivencia de este dique de contención democrático dependerá de que las fuerzas republicanas, hoy fragmentadas, alcancen a ofrecer un horizonte de esperanza socioeconómica y de estabilidad institucional frente al repliegue identitario y el plebiscito judicial que propone Marine Le Pen. La moneda sigue en el aire, pero el juego nunca ha sido tan peligroso.
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