Argentina / 23 abril 2026

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Francisco, líder humanitario de la Iglesia para el mundo

El primer aniversario de la muerte del papa Francisco pone en evidencia, a través de homenajes y recordatorios, la relevancia de este argentino que se convirtió en una figura del escenario internacional superando las fronteras del catolicismo. Una agenda centrada en los problemas de la humanidad y de la vida cotidiana de las personas.

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Imagen ilustrativa de Papa Francisco besando un pie

Un año después de su muerte la multiplicación de homenajes y reconocimientos que emergen, aquí y allá, en todo el mundo, para rescatar la relevancia del aporte Jorge Bergoglio, el primer papa argentino y latinoamericano de la historia de la Iglesia Católica, pone en evidencia que su mensaje y sus gestos trascendieron ampliamente las fronteras del catolicismo hasta convertirse en un referente social, religioso y político en un mundo y en una sociedad que atraviesa una grave crisis de valores.

El “papa que vino desde el fin del mundo”, como le gustaba decir a Francisco para referirse a él mismo, se propuso y fue capaz de trascender las fronteras de la Iglesia Católica con un doble movimiento estratégico. Abrió las puertas de la iglesia a todas y a todos. Quitó obstáculos y limitaciones a quienes, por motivos distintos, se sentían alejados: los divorciados que recompusieron sus parejas, la comunidad LGTBIQ+, quienes tenían restricciones ideológicas y/o políticas o estaban hartos del formalismo y de la pompa vaticana, a las mujeres que estuvieron tanto tiempo relegadas a las que les reconoció relevancia a la hora de pensar y gestionar la institucionalidad católica. A los jóvenes que encontró en su primer viaje a Brasil y les propuso “hagan lío”, en la calle, en la sociedad y también en la Iglesia. El lema fue “todos, todos, todos”.

Quienes quisieron hacerlo se pudieron acercar a la iglesia que Francisco les presentó con su mensaje, a la vez que profundo y sagaz, sostenido en un lenguaje sencillo, cercano a la vida cotidiana de las personas. No siempre para coincidir, aunque sí muchas veces para dialogar francamente en la diferencia. Un mensaje que estuvo acompañado siempre de gestos. Resignó la vivienda habitual de los papas en los palacios vaticanos y residió en Santa Marta, el mismo hotel eclesiástico en el que se alojaba cada vez que visitaba Roma durante su etapa como arzobispo de Buenos Aires. Se despojó también de buena parte de la pompa litúrgica pontificia y, de alguna manera, se refugió en la sencillez de su sotana blanca como única vestimenta, calzando siempre los mismos zapatos “gomicuer” que se hacía llegar desde Buenos Aires. Su primer viaje fuera del Vaticano como papa fue para encontrarse con los inmigrantes ilegales en Lampedusa, con los “descartados”, los pobres por cuyos derechos pregonó de distintas maneras durante todo su pontificado.

Los temas de las prédicas de Francisco fueron prioritariamente los pobres o “descartados”, el hábitat, la paz y la amistad social, los derechos humanos, el cuidado de la casa común.

Y abrió la iglesia más allá de los propios fieles y la puso al servicio de la humanidad. Viajó por el mundo con su mensaje. Durante trece años de pontificado totalizó 47 viajes internacionales por 66 países en todos los continentes y recorrió casi 470 mil kilómetros, dialogando con propios y ajenos, ampliando las audiencias tradicionales de la Iglesia a través del diálogo con dirigentes políticos, intelectuales, con líderes religiosos de otros credos y comunidades, pero sobre todo con el pueblo sencillo representado en los pobres, los presos, las personas con discapacidad, las comunidades golpeadas por la guerra o por los desastres ecológicos. 

Francisco hizo política sin alinearse ideológicamente con ningún sector. Hizo suya la bandera de los pobres desde la “opción por los pobres” de la iglesia latinoamericana y del Concilio Vaticano II. Impulsó a los dirigentes de los movimientos sociales de todo el mundo –a los que llamó “poetas sociales” y a quienes convocó asiduamente al Vaticano para dialogar—a luchar y trabajar bajo el lema de las tres T: tierra, techo y trabajo.

Escribió sus documentos magisteriales pensando en la iglesia, en sus fieles, pero también en la sociedad y en los temas que preocupan a la “gente de a pie”. Las encíclicas más relevantes, con un tono más doctrinal, fueron Laudato si’ (2015), sobre la ecología integral y el cuidado de la «casa común»; Fratelli tutti (2020), sobre la fraternidad y la amistad social en un mundo fragmentado; Dilexit nos (2024) sobre el amor humano y divino. A ello se sumaron exhortaciones apostólicas como propuestas para reflexionar colectivamente. Entre otras fueron Evangelii gaudium  (2013), un plan de acción de su pontificado; Amoris laetitia (2016), sobre el amor en la familia y en la comunidad; Querida Amazonia (2020), después del sínodo panamazónica que convocó y con claras definiciones en defensa del ambiente y los derechos de las comunidades originarias y Laudate Deum (2023), sobre la crisis climática.

Los temas de sus prédicas –también de sus infinitos diálogos personales con personas a las que recibía en el Vaticano o en Santa Marta– fueron prioritariamente los pobres o “descartados”, el hábitat, la paz y la amistad social, los derechos humanos, el cuidado de la casa común. 

Tampoco le sacó el cuerpo a los conflictos. En el interior de la iglesia combatió los abusos de los ministros y al mismo tiempo avanzó contra la corrupción en las finanzas vaticanas. Con tino pero también con firmeza enfrentó a los conservadores -lefebvristas, Opus Dei y Legionarios de Cristo, entre otros–, también a ultraconservadores cardenales de la curia, que lo combatieron hasta el mismo día de su muerte.

Se comprometió personalmente y a través de la diplomacia vaticana en facilitar el diálogo entre Estados Unidos y Cuba, en la búsqueda de la paz en Colombia, en gestiones para detener la guerra entre Ucrania y Rusia, para mencionar tan solo algunos ejemplos. También impulsó innumerables gestiones en los organismos internacionales para reducir el peso de la injusta deuda externa que aflige a gran parte de los países pobres del mundo. Corrió riesgos y sembró propias frustraciones en estos frentes, pero no dejó de predicar la paz en base a la “cultura del encuentro” en la diversidad, con justicia en la diferencia. 

Para Fortunato Mallimaci, ex decano y profesor emérito de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, “el papado de Francisco fue una irrupción global de una sensibilidad cristiana desde los pobres, ninguneados, descartados y que busca descentrarlo de Europa y lo occidental desde la justicia social, la ecología integral y la casa común”.

Para el intelectual y académico colombiano Alexander Buendía, doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad del Cauca e integrante del Instituto Secular Pío X, Francisco “no solo dejó un estilo, sino también una gramática de cercanía que había enseñado con gestos tan simples como lavar los pies, abrazar a enfermos o llamar por teléfono a personas anónimas que le escribían en la oscuridad de sus noches. Eso no se hereda con el pontificado; se aprende o no se aprende, y esa es quizás la herencia más difícil de sostener”.

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