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Movilización Progresista Global: la paz como condición del bienestar
En un contexto de fragilidad democrática y conflictos bélicos, el encuentro en Barcelona marca un hito de unidad. Liderado por el socialismo europeo y Pedro Sánchez, reunió a figuras como Lula, Claudia Sheinbaum y Axel Kicillof para confrontar a la extrema derecha. Bajo la premisa de que la paz es inseparable de la justicia social, el progresismo busca recuperar el protagonismo frente a la agenda bélica y los recortes.
- abril 22, 2026
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“¡Qué frágil y precaria es la paz en la sociedad actual con los gobiernos de hoy!” La Movilización Progresista Global que se lanzó en Barcelona el 16 y 17 de abril pudo haber sido presidida por la exclamación de Jean Jaurès en el discurso que publicó en 1905 en L’Humanité después de que le impidieran entrar en Alemania para darlo en Berlín. La cuestión de la guerra, que tan profundas divisiones causó en la izquierda en todos los rincones del planeta a partir de 1914, esta vez suscitó la necesidad de volver a unirla con todos sus muy distintos colores e intensidades. A partir de la convocatoria del Partido del Socialismo Europeo (PSE) y con el presidente del gobierno español Pedro Sánchez como enérgico anfitrión, el progresismo finalmente protagoniza un evento que le planta cara a la internacional negra de Donald Trump y sus acólitos.
El PSE que lidera el exprimer ministro socialdemócrata sueco Stefan Löfven logró reunir no sólo a la familia de la Segunda Internacional, hoy dividida entre la Internacional Socialista y la Alianza Progresista, sino al progresismo latinoamericano que se referencia en otro viejo obrero metalúrgico (como Löfven), Lula Da Silva, a los demócratas estadounidenses y grandes partidos de la oleada descolonizadora de posguerra en el sur del mundo, como el Partido del Congreso indio y el Congreso Nacional Africano.
Lejos de la parsimonia rutinaria de otros encuentros, en Barcelona hubo asistencia perfecta del progresismo realmente existente, el que gobierna y el que pretende gobernar, y hubo una exhortación potente y audible que Sánchez puso en palabras: “¡A partir de hoy la vergüenza cambia de bando y lo va a hacer para siempre!”. Bajo esa consigna, el encuentro se propuso plantarle cara a la extrema derecha y también a las derechas tradicionales que van cayendo bajo su influjo. Una de las líderes presentes, la italiana Elly Schlein, viene abogando hace tiempo por “no dejarle el internacionalismo a los nacionalistas”. Desde Barcelona partió con fuerza una iniciativa que empieza a contrastar la hiperactividad que desde hace un lustro monopolizan la Conferencia de Acción Política Conservadora, nacida en Estados Unidos, y el Foro de Madrid, motorizado por los ultramontanos españoles de Vox.
Una agenda pacifista y de reafirmación del derecho internacional va hoy de la mano con una de revitalización de los estados de bienestar y en pro de la justicia tributaria global. En la coyuntura actual, la guerra viene a demandar recursos fiscales que se restan de los fondos para la política social, el cuidado, la educación, la cultura y la ciencia.
Aunque Sánchez brilló como anfitrión, el protagonismo fue colectivo. El equilibrio entre voces del norte y del sur del mundo garantizó el compromiso de figuras como Claudia Sheinbaum, que dejó atrás el aislacionismo en el que se sentía cómodo AMLO. Para Lula, con un liderazgo regional dañado tras el zarpazo trumpiano a Venezuela, Barcelona fue una ocasión para reverdecer su estatura global, apuntalado por la presencia del colombiano Gustavo Petro, el uruguayo Yamandú Orsi y el chileno Gabriel Boric. La familia progresista también acogió y ofreció destaque al gobernador bonaerense Axel Kicillof, a quien la ocasión también le sirvió para proyectarse hacia una liga internacional de máxima relevancia.
El mundo de la prepotencia sin orden que llega a su paroxismo con la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán es la realidad contra la que se recorta el proceso que la reunión activó. Contrariamente a la primera guerra mundial que provocó uno de los grandes cismas históricos de la izquierda, entre quienes permanecieron inconmoviblemente pacifistas y quienes se sumaron al esfuerzo bélico de sus países, la guerra de elección de Trump encuentra a todos los progresistas en el mismo campo. Con Sánchez como portaestandarte en Europa, despunta un movimiento por la paz que el progresismo puede abrazar sin dejarse resquebrajar por las tensiones que lo dividieron cada vez que tronaron las armas, fuera en Afganistán o en Sarajevo.
Una agenda pacifista y de reafirmación del derecho internacional va hoy de la mano con una de revitalización de los estados de bienestar y en pro de la justicia tributaria global. El pacifismo nunca fue una forma de idealismo. En la formulación del pionero del socialismo francés, solamente “en paz el crecimiento de la democracia y el socialismo es seguro”. En la coyuntura actual, la guerra viene a demandar recursos fiscales que se restan de los fondos para la política social, el cuidado, la educación, la cultura y la ciencia. Los conservadores, en la voz del canciller alemán Friedrich Merz, ya han sido explícitos en su planteo de que el esfuerzo de defensa europeo que requiere la guerra en Ucrania y la retirada del paraguas defensivo estadounidense no puede llevarse a cabo sin recortar en esas áreas.
La erosión de la legitimidad democrática y la emergencia de las extremas derechas está estrechamente asociada al deterioro de la política social y a un ascensor social que ya lleva décadas fuera de servicio. La guerra le provee a la derecha el pretexto para profundizar recortes que refuerzan un círculo vicioso. En la base de las demandas en las que se embandera el discurso de las derechas radicales hay un chauvinismo del bienestar, que pretende negarle a los inmigrantes el acceso a beneficios (que éstos empiezan a pagar en forma de IVA apenas llegan a sus países de acogida). A poco de andar, ese chauvinismo aúpa al poder a fuerzas que terminan négandole derechos a todos, sin distinguir estatus migratorio.
La cuestión de la paz, tal como fue declinada en los discursos en Barcelona, está atada a la cuestión de la justicia social. La presidenta mexicana citó una máxima de Benito Juárez, de quien subrayó su condición de indígena zapoteco: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. Es decir, la paz tiene una dimensión internacional, pero también doméstica y su precondición es el reconocimiento de la dignidad de los estados y de las personas. Lula lo dijo haciendo una pregunta nada retórica: “¿El pobre va a pagar por la irresponsabilidad de la guerras?”
La reunión de Barcelona planteó cosas que requieren reunir una masa crítica imponente para ser llevadas a la práctica. En ese sentido, la presencia de Tim Walz, candidato derrotado a la vicepresidencia de los Estados Unidos por el Partido Demócrata, muestra un compromiso de esa organización, una gran carpa donde muchos progresistas conviven con muchos liberal-conservadores, que es altamente inusual. Más que la presencia por videoconferencia del alcalde neoyorquino Zohran Mamdani y del senador socialista Bernie Sanders, hecho esperable y natural en una convocatoria de la izquierda democrática, que una figura del mainstream partidario como el todavía gobernador de Minnesota estuviera presente puede marcar un hito de acumulación de fuerzas. La crítica de la guerra, con esas espaldas, puede estar más cerca de transformarse a mediano plazo en un veto efectivo a las aventuras bélicas.
Para la crónica argentina del evento vale anotar que además de Kicillof, estuvo en Barcelona Esteban Paulón, coordinador de la Alianza Progresista de las Américas y, como tal, integrante del núcleo organizador de la Movilización Progresista Global. Como es notorio, se trata de figuras que representan espacios que no están unidos por una alianza común en el país. Queda abierta la pregunta de cómo podría traducirse al argentino la propuesta y el impulso que provienen de Barcelona.
En la era más reciente de la globalización, las grandes movilizaciones globales en pro de una agenda pacifista, transformadora, ambientalista, feminista habían tenido su origen en la sociedad civil. Con antecedentes como el movimiento contra la guerra de Vietnam o las protestas contra los misiles estadounidenses en Europa, el último movimiento a escala planetaria se había condensado, después de las “batallas” de Seattle, Quebec y Génova, en el Foro Social Mundial, durante la primera década de este siglo. Esta vez son los partidos progresistas los que lanzan el desafío. Queda por verse si se trata de un brote episódico de internacionalismo o si, volviendo siempre a Jaurès, el progresismo recupera «el coraje de actuar y entregarse a las grandes causas sin saber qué recompensa reserva a nuestro esfuerzo el universo profundo, ni si le reserva una recompensa».
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