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Hernán Brienza: “Milei se cree que es el bien; es de manual, por eso es tan peligroso”
En su nuevo libro “En contra del Bien”, el escritor y ensayista lanza una advertencia incómoda: nadie actúa creyendo que hace el mal. En esta entrevista con 4Palabras, el politólogo analiza cómo las mayores atrocidades —desde la dictadura hasta el fenómeno de Javier Milei— se justifican detrás de un “bien absoluto”. Así desarma el binarismo moral para explicar por qué la creencia en la propia bondad puede ser el motor de la crueldad y qué peligros esconde el discurso de “los argentinos de bien”.
- abril 22, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Al abrir el nuevo libro de Hernán Brienza aparece una ADVERTENCIA, escrita así, en mayúscula, como se usa en el código de las redes sociales. Es breve, pero concisa: “Hay libros que son escritos para que los lectores amen a sus autores. No es el caso de este libro. Pensar duele”. Con esta bofetada empieza En contra del Bien (Planeta), un ensayo breve que discute la tranquilizadora visión binaria entre buenos y malos. Incluso dentro del extenso campo popular. “Nadie actúa creyendo que está haciendo un mal”, afirma. Ahí entran hasta el dictador Jorge Rafael Videla y el presidente Javier Milei.
La hipótesis central del libro incomoda: “El Mal no existe”. Otra vez, la mayúscula no es casual. Brienza se refiere a la idea del Mal absoluto al cual recurrimos para pensar las grandes masacres y genocidios. Sentado en un bar de Villa Crespo, con su sonrisa pícara y su cara de bonachón, el autor de El loco Dorrego repite y explica la hipótesis. Sabe que provoca aún más viniendo de él, quién se convirtió, quizás a su pesar, en una referencia del pensamiento nacional cercano al peronismo. Él, tranquilo ante la sorpresa del periodista que lo entrevista, insiste: “Nadie actúa creyendo que está haciendo un mal”.
El planteo es sencillo, pero disonante. Toda persona, incluso dictadores, actúan en nombre del bien, según Brienza. En particular, señala que las grandes matanzas se hicieron, precisamente, en nombre de un Bien absoluto. La dictadura decía que peleaba por la cultura occidental y cristiana en contra de los subversivos del trapo rojo. No es cinismo de parte de ellos. No. Lo hicieron convencidos. Porque, en definitiva, lo hicieron personas, no monstruos bíblicos. De ahí viene la advertencia de Brienza, contra ese Bien va y nos advierte para no caer en él.
Eso sí, aclara con la calma que lo caracteriza, que “no es un libro que relativiza el bien y el mal. Solamente quienes no lo leyeron creen que es un libro que lo hace”. Lo que intenta Brienza es tratar de comprender por qué alguien o un grupo grande de personas pueden cometer atrocidades en nombre del bien. De ahí puede surgir claves para actuar mejor ante fenómenos actuales, como el del presidente Milei, un caso “de manual, y por eso peligroso”.
¿Contra cuál bien es este libro y cómo nació la idea de escribir sobre sobre ese tema?
La idea nació hace muchísimos años. En 2002 descubro a (Christian) Von Wernich dando misa en Chile, el sacerdote detenido por delitos de lesa humanidad, e hice la investigación de su vida. Ahí empezó a darme dudas la discursividad del bien y el mal. Uno podría decir «¿Cuál es mi concepción del mal?». Bueno, es el que comete daños a otras personas. Lo que me pareció a través de Von Wernich es que había una concepción que no estaba atravesada por la lógica de estoy haciendo el mal. Ahí comencé a reflexionar sobre la banalización del mal de Hannah Arendt. Yo lo utilizo en la interpretación de trivialización del mal que uno comete. O sea, yo trivializo, banalizo el mal que cometo. No es que el mal es banal. Esa es otra mala lectura, ¿no? No es eso lo que dice Arendt, lo que dice Arendt es, «Yo banalizo el propio mal que cometo, lo trivializo, creo que no estoy haciendo el mal». Me resultaba incompleto para pensar el mal. Porque lo que me parecía es que ni la banalidad del mal entendida como desconocimiento, ni tampoco la perversión me explicaba por qué un amplio grupo en la década de los 70 se dedicó a hacer tanto daño. Y lo que me parece que el libro intenta es indagar en cuáles son los mecanismos de trivialización o banalización del mal propio que hacemos. Y uno de los más importantes es creer que estamos haciendo el bien. No es que yo pienso que el otro es malo, y por eso lo extermino, sino que primero tengo que pensar que yo soy el bien.
Uno de los señalamientos es la idea de que caer en el binario bien-mal es tranquilizador ¿Por qué lo advertís?
El libro tiene una lógica binaria, que es la lógica del amo y el esclavo hegeliana, donde hay un bien y un mal, donde hay un uno y un otro. El problema es pensar dos sujetos posibles en forma binaria y absoluta, es decir, que uno es el bueno y otro es el malo. Porque puede haber uno que haya hecho el daño y otro que no. Pero lo que me interesa de advertir es que la realidad no está atravesada por las lógicas binarias de bueno o malo, de blanco y negro ni tampoco está atravesada por la lógica de los matices. No es que hay graduaciones de bueno y malo, sino que, a veces, las cosas son contradictorias, y uno creyendo que hace el bien está haciendo un gran mal. Y eso es lo terrible. Nadie actúa creyendo que está haciendo un mal. El a priori del libro es que nadie comete un mal de manera consciente del mal que comete. Siempre hay una justificación. Y vos me vas a decir, «bueno, hay seres perversos que disfrutan con hacer el mal”. Sí, es cierto. Por eso es una hipótesis que no alcanza todas las acciones del mal. También hay perversos del bien que creyendo que en nombre del bien hacen cualquier barbaridad y disfrutan haciendo esas barbaridades en nombre del bien, no en nombre del mal.
“El discurso del 1 de marzo de Milei es el más peligroso pronunciado por un presidente en la historia de la democracia argentina”. Hernán Brienza.
En términos individuales y sobre todo políticos, ¿se puede hacer el bien sin hacer mal?
Esa es una gran pregunta, lo que pasa es que si uno quiere hacer el bien haciendo el mal, ese bien ya está dañado. Porque entonces no hay posibilidad de no hacer daño. Y si no hay posibilidad de hacer daño, ¿qué posibilidad tenemos de juzgar el daño de los otros? Ese es un problema. Porque justamente tu pregunta lo que trae es la justificación del propio mal, ¿no? Bueno, está bien. Si yo no puedo hacer el bien haciendo algún mal, todo bien que se haga está preñado de mal o de un daño. Entonces, estás afirmando la propia hipótesis del libro en esa pregunta y es solamente una cuestión de graduaciones. Digamos, ¿yo puedo hacer un bien sin dañar a otro? Eso es lo que te diría un torturador de la ESMA. Ahora, eso es en una graduación extrema. Pero vos me puedes decir, «¿se puede gobernar a favor de las mayorías sin perjudicar a las minorías?», que es la pregunta que yo prejuzgo que me hacés. Ahí sí relativizo un poco. ¿El bien para las mayorías justifica un mal para las minorías? Es una pregunta que es difícil de resolver.
¿Cómo congeniar las diferentes concepciones de bien y mal? Por ejemplo, un caso concreto podría ser los impuestos. Ahora tenemos un gobierno que dice que es un robo.
Quiero señalar la peligrosidad de creer que alguien que piensa diferente a mí es un delincuente, un inmoral y un corrupto. Por eso el discurso del 1 de marzo del presidente Milei me pareció el más peligroso pronunciado por un presidente en la historia de la democracia argentina. Porque no es que dice, «che, yo pienso que no hay que cobrar impuestos, que está mal, es inmoral”. El problema es que cuando yo digo, «el que piensa diferente a mí es un delincuente, un inmoral y un corrupto”, lo que estoy haciendo es trasladando la sospecha de un acto a una persona. Y estoy intentando punir no un acto, sino una forma de pensar y una postura ideológica. Eso es de una gravedad extrema. Primero porque utiliza todo el marco hipotético de mi libro. Hay alguien que se cree que es el bien, que la única moral es la de no cobrar impuestos y establece una otredad radical, que es que el que no piensa como yo es un corrupto, un moral y un delincuente. Dicho esto, la cuestión concreta sobre la del cobro de impuestos o cualquier medida política está en función de la discusión política, de una negociación que hay que establecer cuando hay intereses en juego. Por lo tanto, yo correría la cuestión de la política y la negociación de la cuestión moral. Porque no se trata de un bien o un mal, si hay negociación política. La política es la mediación de los intereses. O sea, no es que no es que cobrar impuestos es un bien superior, sino que está en función de un interés colectivo o no.
“Milei dice: ‘Yo no soy cruel, soy cruel contra los malos, por lo tanto soy bueno’. Cualquier persona en su sano juicio racional no diría eso. Diría ‘yo no soy cruel, estoy tratando de hacer lo correcto’. Solamente una persona que está enajenada en términos morales es capaz de llevar adelante ese enunciado. Hernán Brienza.
¿Cómo ves que funciona en Milei este mecanismo bien y mal?
Milei es de manual. Más allá de sus cuestiones particulares, su discurso es muy violento en función de varias cosas que están vinculadas a una concepción del bien absoluto: las fuerzas del cielo, los argentinos de bien y, además, la idea de un sacrificio por un bien supremo. El bien supremo es ser Alemania en 35 años. Por lo tanto, si tienen que morir de hambre 10 millones de argentinos, no hay problema, porque no es un mal, sino un bien. Lo hacemos en nombre del bien. En ese sentido, Milei es de manual y en algún punto los jerarcas de la dictadura militar actuaban de manera similar. El gran drama de esto es cómo se resuelve filosóficamente la idea de una persona o un colectivo que creyendo que hace el bien, o en función de buenas intenciones, hace una masacre. jurídicamente no, comités una masacre tenés que ir preso. Pero, ¿cómo hacemos para comprender esa acción? La respuesta que doy es racional. Y es incompleta. Porque después de publicar el libro, después de pensar mucho, me di cuenta que me olvidé de los aspectos afectivos. Claro, uno no solamente hace el bien y el mal por una cuestión racional, ese planteo es muy kantiano, sino que también hace el bien y el mal por cuestiones afectivas.
Milei trabaja mucho el odio y lo afectivo.
En Milei hay cuestiones afectivas de por qué elige esa mirada tan absoluta. Hay una afectividad en las acciones políticas que yo no indagué en el libro. O sea, que debería corregirse.
En el caso de Milei hay una cuestión de lo explícito, de mostrar la crueldad hacia el otro.
Sí, “soy cruel contra los malos, pues yo soy parte del bien”, es obvio eso. Milei es de manual, por eso es tan peligroso. Yo no soy cruel, soy cruel contra los malos, por lo tanto soy bueno. Cualquier persona en su sano juicio racional no diría eso. Diría “yo no soy cruel, estoy tratando de hacer lo correcto”. Solamente una persona que está enajenada en términos morales es capaz de llevar adelante ese enunciado. Traspolalo a cualquier tipo de masacre, ¿no? No resiste un análisis que no esté vinculado a una enajenación de los conceptos del bien y del mal.
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