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Lucía Levy, creadora de La Curva de la Moda: “Hoy existir es consumir”

Con la apertura de importaciones no reguladas y talleres que se apagan, el desafío de las pymes argentinas para Lucía Levy pasa por reconstruir el valor diferencial-cultural de sus producciones. Las prendas de vestir como decisión política, la falta de talles reales y el negocio de la inseguridad.

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El Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) realizó el primer estudio antropométrico de la historia argentina para conocer las medidas reales de los cuerpos según cada región. Al comparar esos datos con las tablas de las marcas locales, no encontraron coincidencias. Es decir, la industria textil produce para un comprador que no existe, o que es minoritario. Para la periodista e influencer Lucía Levy lo que elegimos para cubrir nuestros cuerpos es profundamente político, y cuando la economía aprieta y “no hay un mango”, la relación con el placard cambia. La crisis despoja a la ropa de su valor cultural y emotivo y el mercado local se enfrenta a remeras que cuestan un dólar con cincuenta —menos que un café—, dinamitando cualquier posibilidad de competencia justa.

¿Ves algunos cambios en estas nuevas generaciones sobre la importancia política que tiene la indumentaria? 

Hay una noción de que lo que vestimos, de las elecciones que hacemos cuando cubrimos nuestros cuerpos, es una decisión política. Sobre todo si sos mujer o si te identificás como mujer o si formás parte de las disidencias. Más que nada porque en estos cuerpos hay tensiones políticas. No tanto así en los cuerpos masculinos o masculinizados, que sabemos que son como los reyes de esta sociedad que aún es patriarcal y que lamentablemente creo que nunca dejará de serlo. 

¿Cuáles son esas tensiones políticas? 

En el cuerpo ves la discriminación, la falta de lugar en el espacio público. Estoy pensando en el aspecto, en las estéticas que una comunica con lo que se pone. No es casualidad, por ejemplo, que una persona que está transicionando de género haga ese proceso, inicie con un cambio de estética, ya sea porque se empieza a maquillar o porque se corta todo el pelo, o porque se pone extensiones, o minifalda, taco, lentejuelas. Cuando esa persona que se viste en su intimidad sale al espacio público se enfrenta a la mirada ajena, a la mirada social. Esa mirada suele ser usualmente una mirada muy despectiva y humillante. Por eso digo que estos cuerpos son profundamente políticos, y que también la indumentaria es política. 

¿Cómo se redefine nuestra relación con la ropa cuando no hay un mango?

A veces se piensa la ropa únicamente como consumo. Eso hace que pierda su valor cultural. Si le sumamos que hoy, con la apertura de las importaciones, una remera te puede salir un dólar con cincuenta, ¿qué valor le vas a dar a algo que te salió un dólar con cincuenta, menos que un café? Me parece que cuando corremos a la ropa del consumo y lo vemos como un objeto que tiene una gran carga emotiva, por ejemplo, ahí cambia la cuestión. Podemos tener prendas que nos recuerden a alguien de nuestra familia, u otras que nos recuerden a un momento en particular de nuestras vidas, porque justo tenías puesto eso cuando pasó algo muy importante para vos. Lo que siento que pasa con la crisis económica es que hay mucha queja, porque hay queja desde el consumo. Si yo tengo 25, 30 años, y nunca me voy a poder comprar una casa, no me puedo comprar un auto, viajo al laburo apretada como si fuera ganado, el único gusto que yo me podía dar era comprarme una remerita o un pantalón por mes, y ahora ni siquiera puedo hacer eso, me quejo.  

Los empresarios pyme dicen que están trabajando al 40% de la capacidad instalada, ¿puede calar este discurso en la conciencia sobre el consumo nacional? 

No, lo que yo veo cuando trato el tema en La Curva de la moda en Instagram o en Twitter o en el podcast, es que hay un gran rencor acumulado de una gran parte de la población, sobre todo mujeres, que es que, para empezar, la tabla de talles en general de todas las marcas acá en Argentina es muy prohibitiva. No se trabaja en las medidas de los cuerpos promedio de la Argentina, que además ahora es una data que tenés disponible porque está en el primer estudio antropométrico que se hizo en la historia, llevado a cabo por el INTI sobre las medidas promedio de todas las regiones del país. Cuando comparás las medidas de las tablas de talles de las marcas nacionales con las medidas de este estudio, no hay coincidencias. Entonces por un lado hay mucho rencor de la población de que “ahora que abrieron las importaciones me llorás industria nacional”, cuando nunca pensaste en mí, nunca pensaste en mi cuerpo; y por otro lado hay un gran desconocimiento de cómo se construye el precio de venta al público. 

Lucía Levy: “La moda y la industria de la belleza son industrias que históricamente se han apalancado en la frustración que generan. La moda te dice que podés ser más flaca, podés verte mejor, más linda, más joven. Casi lo mismo que dice la industria de la belleza, aunque haya excepciones en ambas. En general, son industrias que históricamente han mercantilizado la inseguridad que sentimos, sobre todo las mujeres y los cuerpos feminizados.

¿Cómo se construye?

Usualmente las personas la mitad de ese precio de la venta de una remera se te va en impuestos, en cargas sociales, en otro montón de costos que absorbe el empresario. Entonces, tenés esos dos problemas, es decir, el precio y la falta de talles. Ahora que se abrieron las importaciones, la usuaria promedio piensa “ah, listo, me saqué la lotería, tengo talles y puedo consumir a buen precio”. Pero lo cierto es que abrieron las importaciones sin regularlas, o sin tener un plan previo de industria, porque no pueden competir por precio y tampoco por tecnología, porque las máquinas de la industria textil que hay en Argentina primero sufrieron un gran batacazo durante la presidencia de Mauricio Macri, cuando todo se paralizó, después vino la pandemia, entonces fue todo un horror. Si vamos más atrás, en el 2001, también. La industria textil en Argentina siempre fue muy golpeada, pero como las importaciones de ropa estaban cerradas, más o menos, la iban piloteando. Ahora lo que estamos viendo es que las grandes marcas cambiaron su modelo de producción. La marca de shopping no va a morir, lo que hacen ahora es dejar de producir en Argentina e importar todo de China. Es como un círculo vicioso al que no le veo, lamentablemente, una salida a corto plazo. Por otro lado, a nivel global, es una industria fuertemente feminizada. Son las mujeres las que están en los talleres usualmente cosiendo, cortando, haciendo el control de calidad. Son mujeres que ya han perdido 20.000 puestos de trabajo en la industria textil e indumentaria desde que asumió Javier Milei. No solo quedan en la calle, sino que se va perdiendo el oficio. Si en dos o tres años la situación se revierte, ¿cómo haces para reconstruir toda una industria? 

¿Qué preguntas se tiene que hacer la industria textil argentina para pensar una reconstrucción? 

La primera es ¿para quiénes están diseñando? ¿Cómo están produciendo eso? Y también pensar en el diferencial. La globalización es un fenómeno que ya lleva 30, 40 años, entonces es fácil acceder a prendas o productos de afuera, quizás no para todo el mundo, pero sí para una gran porción. Quizás en el futuro las marcas que sobrevivan sean las que tienen su diferencial y su propuesta de valor clara, que es algo muy difícil porque es un intangible que vas construyendo con el tiempo y que no todo el mundo entiende cuál es la importancia. Es como la personalidad de la marca, ¿no? ¿Cómo diferenciar que tal tapado es de tal marca y no es de tal otra? Eso es tener personalidad, es tener la propuesta de valor clara, es entender para quién estás diseñando, cómo y por qué. Pero tal como están las cosas, ahora las pymes y las marcas están tratando de sobrevivir, y lamentablemente, como no hay un mango en la calle, la poca gente que consume va a consumir por el mango.

¿Se compra por necesidad, por deseo o por una cuestión identitaria? 

Por supuesto que la ropa cumple una función clave en la vida en sociedad. Por un lado; te protege de las inclemencias climáticas; por otro, hay una cuestión del pudor de vivir en sociedad que no podés salir desnuda a la calle. Pero eso ya está cubierto, hay muchos estudios que aseguran que no es necesario producir más ropa. De hecho hay muchos países en el continente africano que son tratados de basureros textiles en donde ves personas de extrema vulnerabilidad rodeadas de montañas de basura textil.

Quizás son personas que no saben si van a comer a la noche pero están rodeadas de remeras, de jeans, de abrigos. Ahí hay un gran contraste, no creo que hoy la gente compre por necesidad, compran más bien por un deseo de ser vistas, de existir, de estatus, en el sentido de que hoy casi que existir es consumir, y si no se visibiliza ese consumo, es como si no lo hubieras consumido y entonces es casi como si no existieras. Por eso vemos en redes sociales una ostentación apabullante, de muy mal gusto desde mi perspectiva. Esta era te lleva a consumir, consumir, consumir, casi sin pensar. 

Tenés un ida y vuelta muy fluido con tu comunidad, ¿cuánto leés de todo lo que te llega?¿qué temáticas sentís que atraviesan más a las nuevas generaciones o a tu comunidad en general? 

Trato de responder todo, porque sé que el máximo valor de La curva es su comunidad. Mis jefas son las personas que me leen, yo trabajo para ellas. Pero las inquietudes no han cambiado mucho, lamentablemente, siempre hay una cuestión transversal que tiene que ver con la autoestima, porque la moda y la industria de la belleza son industrias que históricamente se han apalancado en la frustración que generan. La moda te dice que podés ser más flaca, verte mejor, más linda, más joven. Casi que lo mismo que dice la industria de la belleza, aunque haya excepciones en ambas. Pero en general son industrias que históricamente han mercantilizado la inseguridad que sentimos, sobre todo las mujeres y los cuerpos feminizados.

Foto: @holarobusta

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