Líneas de agua, trazos de cobre: el horizonte extractivo desde el Valle Calchaquí
El avance megaminero reconfigura el mapa del Norte Grande. Aunque el triunfo popular contra el proyecto Sofía Gold abrió una tregua en el Valle Calchaquí —donde el agua es el último bastión de vida—, la amenaza sigue latente. Una crónica desde el territorio y con la voz de los protagonistas para entender el entramado de reformas legislativas, los trasfondos del RIGI y las obras de infraestructura que pretenden secar la región.
- mayo 27, 2026
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Un fantasma acechó al Valle Calchaquí durante el fin del verano. El rumor de un proyecto minero de oro y cobre que pretendía asentarse en la ladera oeste del valle; sobre Fuerte Quemado, ese pintoresco pueblo catamarqueño recostado sobre la Ruta Nacional 40. La iniciativa comprometía directamente al cerro Pintado y al sitio arqueológico La Ventanita, una de las tres ventanas incaicas que resisten en América Latina. Lo que parecía un hecho consumado resultó ser la sombra de un Frankenstein criollo: un engendro alimentado por la continuidad de los proyectos megamineros en la provincia, traccionado por la voluntad entreguista y extractiva del gobierno nacional, blindado por los beneficios del RIGI, viabilizado por la infraestructura que garantiza la vecina Tucumán y amparado por las concesiones de ambas cámaras del Congreso de la Nación.
Las hojas secas del otoño no caerían solas en las alamedas de este valle. La tarde del jueves 9 de abril, a pocas horas de que la Cámara de Diputados de la Nación aprobara la modificación de la Ley de Glaciares —una estocada directa para Catamarca, que cobija 691 cuerpos de hielo y ambientes periglaciares—, el gobierno provincial comunicó una decisión inesperada: no autorizar el desarrollo del proyecto minero Sofía Gold en el departamento Santa María. El comunicado oficial argumentó que la medida se tomó “tras evaluar factores ambientales y sociales, en un contexto marcado por el rechazo de comunidades originarias de la zona de Fuerte Quemado”.
La negativa técnica, elaborada por la Dirección Provincial de Gestión Ambiental Minera, le fue entregada al gobernador Raúl Jalil en una reunión a puertas cerradas en la Casa de Gobierno. Minutos después, el propio mandatario se encargaba de replicar la noticia en sus redes sociales, asegurando que la resolución contemplaba tanto las fragilidades del territorio como los planteos de la comunidad local.
Cerca de la medianoche de ese mismo jueves, la Ruta Nacional 40 comenzó a poblarse. El frío otoñal se diluyó entre vecinos que salieron a festejar con banderas, bombos y carteles la victoria comunitaria. Hacía poco más de un mes que las alarmas se habían encendido en la zona, cuando descubrieron que sus casas, sus acequias, sus fincas de frutales y nogales, y sus sitios arqueológicos —particularmente La Ventanita— figuraban dentro del catastro minero asignado a la explotación de oro y cobre de Sofía Gold. La voz corrió rápido a través de las redes sociales locales; la información empezó a circular y, por las callecitas de adobe a la vera de la ruta, se fue amasando, junto al dulzor de las capias, una consigna gigante: ¡Fuera Sofía Gold!
Esta victoria histórica sedimenta un mojón en el derrotero de la lucha de los pueblos cordilleranos y precordilleranos contra la megaminería en su modo de organización histórica. La provincia cuenta con Asambleas que constantemente defienden sus territorios a pesar de las presiones internacionales por la transición energética, en una región que explota desde hace tres décadas litio, oro y cobre. Este logro comunitario se da en medio de la autorización por parte del gobierno catamarqueño a más de diez nuevos proyectos de litio en las zonas de Antofagasta de las Sierras y Fiambalá, y justo después del fugaz anuncio de reactivación de la mina Bajo de la Alumbrera a cargo de Glencore.
Las asambleas miran con desconfianza a las serranías del Aconquija (el Perito Moreno norteño), donde MARA, el proyecto que viene frenado desde hace décadas por la Asamblea El Algarrobo de Andalgalá, crece en silencio por el lado del Valle Calchaquí, asentando una escombrera en la localidad de Río Blanco, cuyo impacto será para las dos ecorregiones. La Ruta Provincial 46, que va desde Punta Balasto a Andalgalá, se ve, se siente y se transita bastante mejorada. Desde ahí se ladea cerquita a las serranías del Aconquija, pasando por la puerta del campamento donde se erige la escombrera. Lo que eran cortadas que iban desde el Campo del Arenal hasta unos kilómetros al norte de la 47, donde hay un cruce, ahora es un camino señalizado de uso exclusivo de la minera, con portones custodiados por policía minera.
Campo del Arenal es un humedal y una cuenca de sedimentación lindera al Campo de los Pozuelos. Se encuentra entre los departamentos de Santa María y Belén, a la vera de la Ruta 40. Tiene una superficie aproximada de 2.500 kilómetros cuadrados y se sitúa a una altura media de entre 2.300 y 2.700 metros sobre el nivel del mar. Este humedal es el encargado de la regulación hídrica de los valles.
En el año 1997, la primera minera a cielo abierto de Argentina empezó su actividad en Catamarca, extrayendo el agua de este campo. Los pozos fueron secando las napas y la capacidad de evapotranspiración de la zona. El río Santa María, que nace en la zona llamada El Cajón y gira a la altura de Campo del Arenal, empezó a perder caudal dada la desregulación de este humedal. Este río es uno de los pocos del continente que corre y serpentea de sur a norte; así, su cauce fue bajando y el departamento de Santa María, naciente del Valle Calchaquí, fue perdiendo su capacidad de irrigación de fincas por agua superficial.
“Históricamente esta zona del valle fue la huerta de Tucumán, con 3.600 hectáreas estructuradas en minifundios (un privilegio en épocas de concentración de tierras). Tomate y morrón eran centralmente las producciones que trabajaban las familias. El riego era por manto o inundación y especialmente realizado por tomas de ríos”, cuenta el ingeniero Roque Chaile, especialista en pozos. Aún se ven las acequias rústicas donde los tomeros trabajaban con palas para robarle al cauce natural. Hoy son solo el recuerdo arenoso del agua que pasó. “Los ríos son subterráneos y el agua busca infiltrarse. La superficial es la que sobra”, cuenta el ingeniero. “Campo del Arenal era un regulador hídrico”, repite desde su camioneta mientras pecha por el monte buscando la huella de una ruta. Hoy Glencore informó que en la reapertura de La Alumbrera usaría de los cuatro nuevos pozos 360 lts de agua por segundo, bombeados de campo arenal.
También proliferaban los proyectos de producción caprina y ovina. Luego de la explosión de la megaminería, familias enteras fueron perdiendo su producción animal. Hoy es posible ver algunos pastores trashumantes que arrían cabras y enflaquecidos burritos entre lagunas resecas, cavadas por las topadoras de las mineras para expiar culpas del desastre. La subsistencia de las fincas está dada por agua de pozos. “Las montañas son esponjas”, dice un geólogo escalador, y en este valle todavía pueden regar las 800 hectáreas que sobreviven con diferentes cultivos. Dependiendo el pozo, adquieren la forma jurídica de consorcio de regantes, cooperativa de pozo/riego o asociación de regantes.
Punchi Fornaciari es ingeniero en zootecnia y perito agrónomo. Tiene una finca productiva de 10 hectáreas donde acuñaron varios proyectos familiares de la mano de su hijo Simón, quien es además el presidente de la feria de productores “Arcoíris” de Santa María. En la zona llamada “El Cerrito” se puede ver, detrás de un camino de algarrobos y chañares, un campo de coloridas dalias que no para de crecer y recibir visitas. Detrás están terminando las últimas habitaciones de una posada de techos altos, paredes de adobe y vistas, solo interferidas por las dalias, a los cerros. En la parte de la casona centenaria donde viven se encuentra su vivero/laboratorio indoor, donde Punchi va reproduciendo y experimentando con las pequeñas plantas, al lado del comedor donde entre libros se almuerza si el frío azota al valle.
En un ejercicio de memoria, Punchi repasa los años: “En el 97 compramos la finca para la producción de cabras (llegando a tener unas 200) y unas 80 ovejas. El proyecto se vino abajo con el crac de la crisis del 2001”, relata, mientras en paralelo explotaba la minera que secaba el agua superficial del Santa María. Después de la pandemia, con el regreso a la finca de Simón, comenzaron a producir diversidad de conservas que son de lo más buscado en la feria de los sábados, y entre fines de 2022 y marzo de 2023 plantaron las dalias, logrando venderlas en cantidad para el otoño del 24.
Son doce surcos de dalias que se hidratan mediante una acequia proveniente de un pozo, parte de una cooperativa de regantes. Veintiséis son las cooperativas con pozos que resisten en la zona. Mientras recorre acequias de tierra, pala al hombro, Simón reflexiona acerca de los desafíos de sostener la finca e ingresa en una alameda boscosa, la que será madera y enramada para los techos de la posada.
Para Chaile el foco es el agua, y cualquier otra discusión desvía la centralidad del problema. El manejo del recurso en el Valle de Santa María expone una doble realidad técnica y administrativa. Mientras que el uso de las aguas superficiales arrastra una larga tradición asociativa, arrastra también las ineficiencias de una infraestructura precaria: canales abiertos y sin revestir que provocan fuertes pérdidas por infiltración y evapotranspiración. Como contrapartida, el riego con aguas subterráneas —desarrollado a partir de la década de 1960 y tecnificado a finales de los 90— ha demostrado ser más eficiente. Este sistema avanzó impulsado casi exclusivamente por la iniciativa privada, que asumió los costos de construcción y mantenimiento de las captaciones. Al estar la extracción directamente atada a los costos del propietario y a las necesidades de cada cultivo, se consolidó un uso mucho más milimetrado y estratégico del acuífero.
Un vendaval levanta el tierral del surco de las acequias. Las nubes se anaranjan con el atardecer; detrás, el cielo se entinta. Se escuchan los *tac tac* de las hachas golpeando leña para calefones o cocinas. El aire se perfuma ahumado. Por entre las arboledas aún se pueden ver morrones que se secan al sol, postal característica de la región, también conocida por el sabor persistente de sus especias.
Las cartografías de la minería en Catamarca van unidas a las políticas nacionales e intrínsecamente relacionadas a los consensos extractivos, matizados por la esperada transición energética. Promesas de trabajo, desarrollo y dólares sin huella de carbono en autos eléctricos… ¿para quiénes? Para comprender el diseño actual de esta fase extractiva, hay que pensar también en dos palabras que dan vueltas a las cuestas de nuestras montañas: RIGI e IIRSA. Nacido en las entrañas de la Ley Bases y reglamentado en agosto de 2024, el RIGI (Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones) otorga un blindaje jurídico e impositivo por 30 años a corporaciones que desembolsen más de 200 millones de dólares. Lo que los despachos porteños presentan como una autopista al desarrollo, en los territorios se sabe que es una estructura de privilegios para la entrega de bienes comunes.
Detrás de la propaganda de los miles de millones late la opacidad. De los 35 proyectos registrados por el Observatorio del RIGI, el 64% todavía duerme en los escritorios del Ministerio de Economía. Son, por ahora, papelitos de colores. “No existe una plataforma clara ni transparente sobre los proyectos ingresados”, advierte el investigador Mariano Novas. “Esto dificulta el monitoreo ciudadano sobre iniciativas que recibirán beneficios extraordinarios con impactos ambientales muy significativos”.
El mapa no es diverso: el 98% de la inversión proyectada se concentra en minería e hidrocarburos, con el cobre y el litio a la cabeza. El gran caballo de Troya para convencer a las comunidades es la promesa del empleo, pero los números desmienten la supuesta lluvia de inversiones. Para la fase de construcción se estiman unos 15.000 puestos directos, pero una vez que las plantas entran en operación, la cifra se desploma a la mitad: apenas 8.196 empleos permanentes para todo el país. “Este ciclo avanza sobre regiones con disputas históricas por el agua, donde existen leyes que limitaban la actividad, como la Ley de Glaciares”, analiza Novas.
Esta telaraña de infraestructura global se complementa con la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA). Malena Castilla, antropóloga e investigadora del CONICET, dedica sus días a desentrañar el impacto de estas megaobras en el Norte Grande:
—Toda esta propuesta de corredores bioceánicos, con la hidrovía como eje vertebral, nace en los años 2000 bajo el paraguas de los gobiernos progresistas. Surgió con la expectativa de integrar al Sur Global y generar canales de exportación para los principales bienes comunes; los *commodities*. En ese sentido, uno de los trazados principales es el Corredor Bioceánico del Eje de Capricornio, que atraviesa todo el Norte Grande. Una zona que concentra, por un lado, gran parte del litio y, por el otro, un sector volcado de lleno a la producción de soja, trigo y maíz.
Todo ese corredor, detalla Castilla, está conectado y atravesado por obras viales, ferroviarias e hídricas que garantizan el acceso a un bien común clave: el agua.
—Supuestamente, con la gestión actual hubo un freno a la obra pública —advierte la investigadora—. Pero la realidad es que en los territorios donde yo trabajo —Santa Fe, Chaco, Santiago del Estero— los trabajos siguen. Sobre todo la infraestructura hídrica: en un contexto de cambio climático y sequías, esas obras son indispensables para sostener la explotación de los modelos extractivistas. A través del Banco Mundial, por ejemplo, se busca pavimentar un tramo estratégico para la minería.
Se refiere, puntualmente, a la pavimentación de 91 kilómetros de la Ruta Nacional 51, desde Campo Amarillo hasta el Paso de Sico, en Salta; una arteria vital para el desarrollo minero y la salida comercial hacia el Pacífico.
—Esto demuestra que los modelos extractivos trascienden a los signos políticos; son iniciativas de largo plazo —concluye Castilla—. Justamente porque quienes están detrás de estos proyectos son unos pocos. Y esos pocos son los que tienen la plata y mueven el mundo.
Pero las venas que desangran el territorio siguen un mismo diseño. El patrón de las demandas de infraestructura no lo define el Estado ni las necesidades de las comunidades; estuvo y está condicionado por quienes manejan la renta extractiva del país.
Doña Guada es delegada de la base “El paso”, una de las catorce comunidades de base de la comunidad India Quilmes, perteneciente a La Unión de Pueblos de la Nación Diaguita en Tucumán, conformada por 13 comunidades originarias. Si bien la comunidad viene dando disputa al pretendido desarrollo inmobiliario en la región miraron de reojo todo el proceso de lucha contra Alumbrera y Sofía Gold.
Los Chañares, territorio donde nació y se crió Guada, es una quebrada donde las casas aparecen desperdigadas, edificadas sobre piedras entre pircas calzadas. La riqueza de sus suelos, bendecida por condiciones extraordinarias de humedad de vertientes, permitió el desarrollo de fincas familiares de nogales, manzanos y chañares. El territorio colinda con Catamarca y forma parte de la ecorregión del Valle Calchaquí. Pocos habitantes son los que quedan, y Doña Guada cuida las casas ya abandonadas que van quedando en la región. Mientras va saltando entre los cercos, sendero arriba, canta coplas y va saludando a las plantas, flores y yuyitos por su nombre. Sentada sobre la galería derruida de una casa donde aún se escucha cocinar a sus fantasmas, quiebra la melodía de su voz con preguntas que la congojan:
—Si esto avanza… ¿Qué va a ser de mi Chañar, de mis cerros, de mi historia?
En esta cartografía, Tucumán juega un rol central. Osvaldo Jaldo, en pleno freno de la infraestructura nacional, ha hecho bien los deberes: pavimentó el tramo de la Ruta 307 que conecta el refugio de la aristocracia tucumana, Tafí del Valle, con la Ruta 40, así como también la intersección con la ruta 307 que, pasando por la plaza de Amaicha Del Valle, llega hasta Santa María. El ancho de la calzada, por algunos tramos, supera los quince metros. Los autos maniobran con tranquilidad en esa vía olvidada hace más de cuarenta años. Ahora el tránsito de camiones va en aumento. ¿El destino? Alumbrera y Agua Rica. La infraestructura ya está consolidada y se le suma el puente de doble vía que está por inaugurarse en Santa María, el más largo del Norte en este siglo, inaugurado por Raúl Jalil.
A la vera de la Ruta 40, en Fuerte Quemado, un pequeño museo guarda incontables historias de periodos diferentes del valle. Eusebio Mamaní, de 89 años, cuida libros, cerámicas de más de quinientos años, utensilios coloniales y, por sobre todo, mitos. En la puerta de su casa, sentado sobre una silla, se toma la cabeza con las dos manos.
—No sé nada, no sé —dice. Silencio. El eco de un camión pasa—. Mina, no mina. Agua. Yo no sé —repite.
Ya dentro del museo, susurra bajito señalando estantes de libros:
—El niño momia del cerro Chuscha. Eso. El niño momia. ¿Dónde está?
Navega entre estantes caminando despacito, señalando lomos. Desempolva historia, ojea páginas, revuelve fotos viejas. Canciones, poemas, crónicas, coplas, diplomas. Llega a un libro. Lo recorre varias veces con la mirada:
—Él sabe.
En 1920, un baqueano y un puestero llamado Felipe Carpanchay dieron con una momia en el cerro nevado del Chuscha, límite entre Salta, Tucumán y Catamarca. Se la llamó la “Reina del Cerro” o “La momia de los Quilmes”. La encontraron con un ajuar, textiles y hasta veintiséis caracolitos marinos. Era una niña inca de unos seis o siete años, sacrificada en un ritual entre los años 1400 y 1532. Después de ochenta y dos años de itinerancia y compraventa clandestina, fue restituida en 2006 y hoy descansa en el Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta. Más allá de su derrotero colmado de tristes anécdotas, profanaciones y sacrilegios, lo que menos se destacó en los anales oficiales es que, al momento de su descubrimiento, su cuerpito mecía sobre un plato de cobre de unos 600 milímetros. El mineral ya estaba ahí, marcando el pulso sagrado.
Unos astronautas le dan vueltas a la luna mientras unos diputados detonan leyes que protegen el agua. Una luna llena tapa las estrellas pero ilumina el contorno de los picos del Aconquija, que brillan para decirnos, en Tucumán y en Catamarca, que todavía están aquí. El otoño despelleja con su amarillo hipnótico a los álamos y los durazneros. Arriba heló, y los primeros rayos calentitos juegan con las nieves a hacer brillar destellos, como si fueran espejitos desde allá arriba. Una niña los señala desde la ruta todavía tranquila del pueblo. Una mamá ceba un mate. Un tomero se seca la transpiración al lado de la acequia y mira los surcos por regar y las nubes que, tímidas, besan al sol. La montaña es, todavía, la montaña.
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