Argentina / 1 septiembre 2026

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Divididos, las dos argentinas

El modelo libertario profundiza la vieja fractura económica del país: privilegios impositivos para el extractivismo y destrucción para el mercado interno. Con la narrativa oficial bajo amenaza y el año electoral encima, el Gobierno ensaya respuestas mínimas de contención.

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La economía argentina muestra una dinámica de dos sectores, uno que crece y otro que se deprime. El gobierno podría tomar medidas para que ambos sectores converjan o que los trabajadores del sector deprimido pasen hacia el sector dinámico. Sin embargo, sus políticas tienden a reforzar la separación entre ambos. Mientras, trata de improvisar un plan semi distributivo para que la población atrapada en el sector caído no se lo lleve puesto en las elecciones del año que viene. Lejos de ver lágrimas de zurdo, el llanto fue de Fernando Cerimedo cuando lo arrestaron en Bolivia, una interfaz que amenaza con exponer la realidad virtual del discurso de la extrema derecha.

En el último número de la Revista de la Cepal, un dossier recorre los 50 años de la publicación. Allí, un artículo de Miguel Torres retoma el concepto de ‘heterogeneidad estructural’, del economista chileno Aníbal Pinto. A comienzos de los años 60, las economías latinoamericanas mostraban un sector productivo moderno, que incorporaba tecnología, aumentaba la productividad, con trabajadores cualificados y altos salarios. El otro sector era menos innovador y competitivo, con baja productividad, cualificación y bajos salarios. “El sector moderno -sostiene el artículo- crecía mediante circuitos propios sin irradiar progreso técnico hacia la periferia interna”.

El asunto aún no está saldado, por eso no es raro que el concepto vuelva a adquirir relevancia. Por entonces, el desafío de la política económica era que el sector tradicional converja en tecnología, productividad y salarios con el sector moderno. Para eso, se implementaban políticas de difusión tecnológica, educación y distribución entre sectores. A partir del golpe militar del ’76 y las políticas neoliberales, en Argentina la decisión fue liquidar aquellos segmentos de la economía no competitivos para liberarse de la carga con la promesa de que el sector moderno terminaría por absorber a los trabajadores. La experiencia mostró lo contrario; tanto con las políticas de Martínez de Hoz como durante la convertibilidad de Cavallo, ese sector dinámico logró acumular capital, pero no incorporó a quienes iban quedándose sin empleo tras la avalancha de quiebras de empresas del sector tradicional.

El contraste entre la caída del trabajo formal y el aumento del trabajo de plataforma, con los sectores dinámicos del extractivismo y las finanzas se hace cada vez mayor. En gran medida porque el gobierno, mediante el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), concedió tantas ventajas a las corporaciones nacionales e internacionales que su crecimiento no genera el derrame esperado sobre el resto de la economía.

El gobierno de Javier Milei aceleró ese proceso destruyendo empresas a una velocidad superior a la que se dio bajo el gobierno de Mauricio Macri. El contraste entre la caída del trabajo formal y el aumento del trabajo de plataforma, con los sectores dinámicos del extractivismo y las finanzas se hace cada vez mayor. En gran medida porque el gobierno, mediante el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), concedió tantas ventajas a las corporaciones nacionales e internacionales que su crecimiento no genera el derrame esperado sobre el resto de la economía. Las inversiones quedaron liberadas de contratar personal o proveedores nacionales, por lo que no traccionan a las PyMEs argentinas para formar parte de la cadena de valor. También se les concedió rebajas impositivas; en última instancia, termina el sector tradicional soportando, en términos relativos, más carga impositiva que el sector dinámico; una distribución regresiva. Y tienen toda la facilidad para acceder a divisas internacionales, poniendo en riesgo el sostenimiento del sistema cuando las inversiones tomen el sentido contrario de repatriación de capital.

La destrucción creativa que anuncia Milei -forzando el concepto de Joseph Schumpeter– solo muestra su primera faceta. Los sectores dinámicos, agropecuarios, mineros, energéticos y algunos pocos rubros industriales no alcanzan para detener la precarización económica de gran parte de la población, atrapada entre el endeudamiento, la caída del consumo y la falta de oportunidades. En gran parte por la concentración y extranjerización del capital. Lo que se destruye, en definitiva, es la posibilidad de una sociedad integrada.

Gobierno y establishment entienden que esto podría poner fin al ciclo libertario en las elecciones del año próximo, al tiempo que la arquitectura del discurso libertario (fake news, granja de bots, cruzada moral, el fantasma del kirchnerismo y el comunismo) comienza a resquebrajarse con sus operadores al descubierto. Rescatar a las familias endeudadas no, pero un tibio keynesianismo para lo que queda de las clases medias es lo máximo que se permiten ceder de sus negocios.

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