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La dictadura del pelotazo
Frente a los discursos dominantes que celebran el roce, la marca y la potencia a toda costa, el talento de barrio y el juego colectivo resisten. Un análisis sobre el repliegue del número 10, los sesgos en las divisiones inferiores, la pérdida de habilidades por falta de práctica y la necesidad urgente de disputar el sentido del fútbol argentino.
- octubre 18, 2026
- Lectura: 8 minutos
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Desde este espacio cuatropalabrista venimos defendiendo a brazo partido el talento, el juego colectivo, la habilidad, los clubes de barrio y el fútbol argentino por sobre todas las cosas. Desde ese lugar donde nos encontramos frente a un mapa de megáfonos amplificados por las industrias comunicacionales del fútbol “organizado” que trabajan en desmedro de estos conceptos y apuestan todo a la potencia física, el tacticismo e ir en busca ya no de la jugada de creación original sino de la “segunda” y “tercera pelota” como ellos le llaman.
Para los parlantes y pantallas del “fútbol organizado” prima lo físico, lo táctico, la marca, el roce, el camiseteo, la potencia y la victoria a cualquier precio. Cosa que ya a esta altura es ridícula: cualquiera que entra a una cancha de fútbol quiere ganar. Es natural. Es humano. Lo primero que querés es ganar. Vale para grandes y chicos. Pero el camino, de qué manera lo hacés y cómo formás a tus jugadores en ese trayecto es también como jugás y ganás.
Convivimos con sectores dominantes que imponen sus discursos desde estos grandes megáfonos oficiales todo el tiempo y a toda hora, salvo muy pocas excepciones. Hay un técnico muy odiado por ese mismo imperio que es Marcelo Bielsa. Sin embargo, este es el primero que propone como punto de partida a la hora de entrar en una chancha que hay que “dejar todo”, “eso no se negocia”.
Ese “dejar todo” por un lado resulta entendible. Un jugador de primera debe entregar todo en cada partido. Pero hay un contexto que lo rodea, familia, salud, su propio cuerpo, emociones, costumbres de vida. Un sinfín de cuestiones que pueden determinar sus energías, las ganas y la potencia que puede entregar a la hora de entrar a la cancha y jugar.
Ese “dejar todo” que también es coreado desde las plateas y tribunas generalmente no se refiere a sus saberes y habilidades sino solo a su potencia física, su garra y su entrega total sobre todo en correr y anular al rival. Pareciera que se prioriza no dejar jugar al rival antes que jugar uno mismo.
Acá viene otra cuestión que también amplifican los megáfonos del poder y que es el factor mental, la mentalidad ganadora a toda costa, en todo momento y en cualquier lugar. Cosa que también es difícil de sostener teniendo en cuenta los contextos que rodean a cada jugador y su salud mental.
En los clubes implementan desde hace unos años especialistas en obtener esa positividad mental con métodos conductistas y efectistas que muchas veces funcionan y la mayoría no se ven plasmados en los resultados. El fútbol se juega en grupos y esas intervenciones deberían ser individuales, pero también grupales. A esto hay que sumarle la distancia que también se va dando en algunos clubes entre los técnicos y los jugadores.
Muchos ya no hablan en el día a día sino a través de sus ayudantes, cuando antes era una religión la arenga del técnico y la charla mano a mano durante la semana. Las distancias se van haciendo infinitas. Esto, sin generalizar, se da tanto en mayores, en juveniles como en infantiles. En equipos de once, de futsal y de baby. El discurso dominante se desparrama de una manera trágica.
Siempre hay excepciones en clubes, cuerpos técnicos, dirigentes y jugadores que valoran lo colectivo por lo individual, el talento a la fuerza y la habilidad a la potencia física. Y cuando una de estas anda un poco floja, como le puede pasar a cualquier grupo humano, la compensan con la de al lado.
Varias veces compartimos las sabias palabras de Pablo Aimar al referirse a las etapas formativas. El tipo defiende el talento, la habilidad y el juego colectivo, sin resignar lo salvaje y está en el cuerpo técnico de la selección nacional campeona y subcampeona del mundo. Esto quiere decir que algo de esto se valora aún en el fútbol argentino.
De hecho, el juego que intenta muchas veces la selección nacional –y algunos clubes como Rosario Central, Argentinos Juniors, Belgrano de Córdoba, Instituto, por momentos River, Lanús, Vélez y Boca– huele a talento, habilidad y juego colectivo.
Muchos lo hacen y lo profesan desde las divisiones menores. ¿Pero todo es lírico en las inferiores y los clubes de barrio? Claramente no. Hay clubes que lo intentan y mantienen una línea de juego; la mayoría no. Dejen de romantizar a los clubes de barrio, por favor. Sobre todo, con la cuestión social y el buen juego.
Se suele escuchar hasta el hartazgo que los clubes de barrio sacan a los chicos de la calle y no en todos los casos ocurre eso. Es más, me atrevería a decir que son los menos los que tienen esa visión. La mayor parte no cuentan con personas idóneas para hacer esa tarea.
En todas las divisiones y formatos los habilidosos pierden terreno ante los fuertes y los empiezan a retrasar en la cancha como una salida laboral. Está empapelado el fútbol argentino de números 10 que terminaron jugando de lateral izquierdo y delanteros que llegaron a primera de defensores centrales.
Algunos jugadores de baby le llegan a contar a sus padres que cuando el técnico lo sacó en el segundo tiempo le dijo: “Tranqui es para cuidar el 2 a 0 a favor”. El grito es por la presión constante y cada vez más se aplauden y festejan los cruces, los robos y los pelotazos al lateral y afuera de la cancha, a veces hasta más que un gol.
Tanto es así que llegó dentro del campo de juego, donde los propios jugadores festejan un despeje casi como un gol, cuestión que tiempo atrás era cuasi vergonzante y silbada por las tribunas. Hoy es celebrada eufóricamente.
Por derrame, ocurre lo mismo en las divisiones menores, donde es premiado y valorado el que corre, el que le pega fuerte, el que mete el cuerpo, el que tironea al rival, el guapo… por sobre el habilidoso y talentoso, que suele ser en muchos casos más pequeño o menudo de cuerpo.
Ojo tampoco es que se los descarta, son valorados, se los hace jugar, se los mantiene en los planteles y en algunos clubes se imponen y son figuras, pero da la sensación que se invirtió el orden.
Antes el habilidoso sí o sí era titular; y el rústico al banco. Entraba cuando el partido estaba difícil. Hoy el que es más feroz tiene el puesto asegurado y el habilidoso en muchos casos la tiene que pelear desde atrás. Aparece con cierta desventaja si su habilidad no viene acompañada de la potencia física.
Y una pregunta que se hacía y me trasladaba el otro día el compañero Manuel Barrientos de 4P: ¿los habilidosos pueden desaprender? Obviamente que sí y también esto va acompañado de comenzar a desconfiar de sus habilidades en pos de la marca, correr como loco para presionar al rival e intentar entrar en el juego físico.
Otra frase con la que no vamos a ganar amigos es que el talento se pierde chicos. Sí, se pierde. Si no se lo cultiva, se lo refuerza, se lo practica y fortalece todos los días, se pierde. Cierto es que hay cosas que un jugador tiene tan mecanizadas que no las va a perder, pero salvo fenómenos mundiales no creemos más en la frase hecha de que la calidad y el talento vienen innatas y no se pierden. Se trabaja y se practica todo el tiempo.
En todas las divisiones y formatos los habilidosos pierden terreno ante los fuertes y los empiezan a retrasar en la cancha como una salida laboral, digamos. Está empapelado el fútbol argentino de números 10 que terminaron jugando de lateral izquierdo y delanteros que llegaron a primera de defensores centrales.
El talento futbolístico es como cualquier práctica de la vida artística, social, cultural, política, económica. Si uno no la hace todo el tiempo, la pierde o la deteriora en lugar de mejorarla.
Después los grandes megáfonos hablan de que el fútbol argentino no tiene nivel, que los partidos son malos, son trabados, que en las competencias regionales perdemos todo el tiempo, admiran el juego europeo, pero no se ocupan ni un segundo de ver y analizar diferentes situaciones que hacen al porqué.
El nivel de juego de los torneos argentinos no es el mejor. A pesar de todo esto tenemos una selección nacional que se desmarca de esta lógica. Trabaja todo. Viaja por todo el país y otros países constantemente, investiga va a ver pibes, los anota, les hace un seguimiento y los selecciona.
Después lo forma en un ámbito donde claramente está la parte física presente pero el juego asociado y el talento no se negocia. Así varios clubes de primera división siguen sacando petisos, flaquitos, que la rompen toda y le quitan el lugar de un día para otro a jugadores con extensa trayectoria.
Así que estimados integrantes de la comunidad de 4P los invitamos con todo el alma, la pasión y las ganas por hinchar por aquel que intenta una gambeta, un caño, un sombrero, una pisadita. No tengan miedo ni se dejen convencer por los mequetrefes de turno. Tenemos una gran tarea desde las izquierdas y el campo popular que es generar más y más relatos y líneas de pensamiento sobre el fútbol que se convirtió en el deporte universal en estos tiempos. No nos dejemos robar, engañar ni quitarnos la ilusión. Al contrario, sigamos disfrutando de los mejores que tuvimos y los que están por venir, que transitaron y transitarán su vida a gambeta pura.
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