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Picada cultural: Darín y Peretti baten récords, libros de identidad y un regalo que dejó Rada 

El fenómeno global de “Lo dejamos acá” y la nostalgia por el cine con un poco de humanidad. Dos libros recientes sobre las marcas que dejó el robo de identidad acá y en Irlanda. Un poco de música que llega desde Montevideo.

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La imagen muestra a Ricardo Darín (en el rol del psicoanalista Ulises Verón) y a Diego Peretti (en el rol del escritor Martín Bouchard) en una escena de la película argentina Lo dejamos acá (2026).

Con cierta pompa se estrenó Lo dejamos acá, protagonizada por Ricardo Darín y Diego Peretti, que rompió todos los récords y se convirtió en la primera película argentina en llegar al primer puesto a nivel mundial de Netflix, con más de tres millones de visualizaciones en sus primeros cuatro días. 

Dirigida por Hernán Goldfrid, se centra en la vida del psicólogo mediático Ulises Verón (Darín), que tiene una metodología de terapias un poco inusuales después de encontrar los límites del psicoanálisis. Todo se potencia con la llegada de un nuevo paciente, el escritor Martín Bouchard (Peretti) que tiene un bloqueo de escritura y se le ha ido, como quien dice, un poco la mano en su vínculo con el alcohol. La trama va derivando de la comedia simpaticona a un tono más amargo y cercano al thriller a lo Hitchcock, o de lo que hoy la inteligencia artificial puede generar si se le pide que se trace un guión a lo Hitchcock (con perdón del maestro del suspense).

Más allá de los estereotipos, la cosa fluye en base al carisma de Darín y Peretti, que si hay algo que saben hacer es llevar al espectador de una punta a la otra durante una hora y media o dos o lo que dure la cinta. Ya se sabe que las boleterías del cine están alimentadas desde hace cien años en base a estrellas que ponen en juego eso: enganchar al público de las narices y tenerlos entretenidos un buen rato. Y no solo de aquellos actores que muestran en cada plano que son intérpretes gigantes que se han visto devorados por sus personajes. También hay varios actores secundarios (Antonia Bengochea, Gonzalo Urtizberea, Inés Efrón) que hacen rendir sus minutos en pantalla. Con una impronta universalista, hay algunos guiños de argentinidad: el fervor porteño por el psicoanálisis, las canciones de Charly García y algunos planos de las cúpulas que tiene la Ciudad de Buenos Aires.

La pregunta que quiero dejar por acá, sin embargo, va por otro lado. ¿Desde cuándo el cine argentino se ve hegemonizado por personajes signados por el cinismo, por la distancia entre las palabras y los hechos, sin ningún tipo de carnadura o dilema moral? ¿Queda algún lugarcito para aquellos roles que supo encarnar, por ejemplo, Federico Luppi en las obras de Adolfo Aristarain, atravesados por el dolor de la derrota y con una impronta final de dignidad? No hace falta que se rebanen la lengua, pero al menos que muestren un poco de confianza en la humanidad. En fin, probablemente un interrogante de alguien que va en línea directa hacia su cincuentenario y está dispuesto en cualquier momento a abrazarse al tango y el cine de los años treinta y cuarenta.

 

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Cambiando el ángulo de la información, como decían los presentadores de noticias hace algunos años. Este jueves 22 de octubre fue el Día del Derecho por la Identidad, que también marcó los 49 años de la asociación Abuelas de Plaza de Mayo y los 96 años de Estela Barnes, más conocida como Estela Carlotto, o Estela a secas. En algún momento vamos a escribir algo sobre su figura carismática y su talento como articuladora política. Pero no será hoy. Queremos centrarnos en dos libros más o menos recientes que abordan el tema de la apropiación de niños. Del robo de bebés para que se entienda con más claridad. Ambos abordan desde ángulos íntimos cómo el arrebato y el intento de borramiento de la identidad marca vidas enteras.

Arranquemos con Malmö, una historia argentina, de Mónica Szurmuk, publicado por Sudamericana. Se centra en la historia de María Esther Ramírez, quien a los cuatro años presenció el asesinato de su madre el 15 de marzo de 1977. Su padre ya había sido secuestrado y luego legalizado. La jueza Marta Delia Pons envió a María y a sus hermanos al Hogar Casa de Belén, en Banfield, un espacio que funcionó como un centro clandestino de detención. Les cambiaron las identidades y los sometieron a vejaciones y abusos cotidianos.

En 1983 recuperaron la libertad y partieron al exilio en Suecia junto a su padre. En tiempos negacionistas o reivindicatorios, la historia de María actúa como un prisma para comprender uno de los crímenes menos conocidos del terrorismo de Estado: el de los niños que no fueron apropiados por familias, sino retenidos en instituciones.

Con un relato que parece ir juntando los retazos de aquello que la dictadura astilló, Szurmuk reconstruye –con sensibilidad, con una mirada profundamente humana– el camino de María desde el horror de Banfield hasta su presente en Suecia. También da cuenta sobre el significado personal y colectivo de los juicios de lesa humanidad, y de la complicidad de sectores de la justicia y la iglesia católica con la última dictadura.

Por su parte, la novela Cosas pequeñas como esas, de Claire Keegan (Eterna Cadencia), está ambientada en el invierno de 1985 en un pueblo irlandés. Toma el punto de vista de Bill Furlong, un vendedor de carbón y padre de familia dispuesto a laburar de sol a sol para que a los suyos no les falte nada. Su rutina se quiebra cuando, al entregar un pedido, descubre lo que sucede en el influyente convento local. Con sutileza demoledora, Keegan construye una novela breve acerca de la potencia que pueden tener los pequeños gestos de dignidad.

 

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Un poco de música antes de bajar la persiana. Se acaba de estrenar el segundo episodio de ¿Quién va a cantar?, proyecto en el que Rubén Rada estuvo trabajando a comienzos de este año, poco antes de su ascenso al planeta del Rey Momo. La primera entrega tenía como protagonista a La Vela Puerca. Aquí el encuentro es con la murga Agarrate Catalina. Juntos hacen “Terapia de murga”, de Rada; y “Montevideo”, la canción de Tabaré Cardozo. Qué manera de llorar al recordar la finitud de las cosas, qué manera de disfrutar al ver –y escuchar– que tipos como Rada pueden sembrar regalos para que disfrutemos en el futuro. Parece que queda un episodio más, con Dyango, que no nos interesa tanto, pero habrá que estar abiertos a lo que haya generado ese cruce. 

También esta semana cumplió años Charly García. El jueves por la noche, al volver de dar clases, vi desde el colectivo a una pequeña muchedumbre en la esquina de Coronel Díaz y Santa Fe, entonando sus canciones, una serenata invertida de sus seguidores hacia el creador. 

Bueno, bueno, hasta acá llegamos por hoy. Ya sabemos que en este medio los domingos recomiendan pasar las mañanas a puro mate. Así que aprovechen este sábado para disfrutar de un café. Después salgan al sol, si es que lo encuentran. A la espera de vuestros comentarios, nos leemos la semana próxima. Saludos cordiales de este pequeño redactor.

 

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