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La rebelión francesa entre el fantasma del 68 y el nuevo mapa de la seguridad europea

La violencia en las calles parisinas refleja mucho más que una demanda educativa. Con un gobierno desgastado y en un contexto de rearme europeo, el conflicto expone los límites del histórico Estado de bienestar francés ante un mapa geopolítico en transformación. Mientras Macron intenta sostener el orden republicano, la polarización política aprovecha el descontento social para ganar terreno.

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Manifestantes y fuerzas policiales antidisturbios se enfrentan durante una protesta en Francia, en un contexto de tensión social y crisis política bajo el gobierno de Emmanuel Macron.

Las recientes noticias que llegan desde Francia muestran una confrontación abierta entre manifestantes (estudiantes de liceo, universitarios y trabajadores) contra las fuerzas de seguridad, escenas de destrucción de edificios, saqueo de negocios y caos social. Detrás de lo que muestran las fotos y videos encontramos un enmarañado conjunto de intereses y perspectivas políticas que, aunque comenzaron como una demanda de mejoras educativas, representan conflictos sociales más amplios.

En primer lugar, y sin desmerecer la gravedad de los hechos, las manifestaciones que derivan en expresiones de violencia y que generan algún grado de caos social son una suerte de tradición en Francia. Se trata de una dinámica aceptada por la clase política, donde la respuesta oficial generalmente limita los márgenes del accionar policial para la represión. 

Durante estos días las comparaciones entre lo que sucede actualmente y el “mayo francés” de 1968 cobraron fuerza. Así, la vocera de la Unión de Estudiantes, Sabrine Kharbach, afirmaba en el diario Le Monde del 21 de octubre que “el movimiento se inscribe en la tradición del 68”. 

Cabe destacar que el Mayo francés fue un proceso político movilizado por estudiantes universitarios a los que luego se sumaron los trabajadores, y que derivó en cambios en la política académica y la equidad de género en las universidades. Tan solo un mes después, en las elecciones parlamentarias de junio de 1968, el oficialismo obtuvo una cómoda victoria. Paradójicamente, tras enfrentar las manifestaciones más significativas de la segunda mitad del siglo XX, el presidente Charles de Gaulle —máximo referente de la derecha francesa— logró imponer la premisa del orden por sobre todo. 

Para desactivar la crisis antes de los comicios, el gobierno había acordado poner fin a la huelga general mediante los Pactos de Grenelle, que aumentaron el salario mínimo y ampliaron los derechos sindicales. En plena Guerra Fría, el Estado de Bienestar funcionó como la principal garantía de contención frente a la amenaza de la izquierda, una estrategia replicada en gran parte de Europa occidental.

Afirmamos que los eventos del 68 sí modificaron la sociedad francesa y, gracias a su influencia cultural, al resto de Occidente. Vale preguntarnos cuál y cómo fue ese impacto internacional. En relación a la respuesta estatal, los hechos en Francia fueron limitados y tuvieron una salida que se encuadraba, genéricamente, en los consensos republicanos. Mientras que allí se generaron siete muertos, el mismo año, las movilizaciones populares cobraron dimensiones trágicas en otros países: en octubre ocurrió la masacre de Tlatelolco en México, donde se estima que hubo entre 300 y 400 muertos como resultado de la represión a los estudiantes universitarios. En tanto, la invasión soviética a Checoslovaquia resultó en 137 muertos y unos 70.000 exiliados. 

Hoy, en el final de su segundo mandato, el gobierno de centro-derecha de Macron goza de un gran desprestigio. Las actuales protestas, movilizadas inicialmente por estudiantes secundarios del “conurbano norte parisino” fueron condenadas en su forma, pero no en su fondo. De hecho, el primer ministro Sébastien Lecornu reconoció que las motivaciones de la protesta social eran válidas. 

Hoy, en el final de su segundo mandato, el gobierno de centro-derecha de Macron goza de un gran desprestigio. Las actuales protestas, movilizadas inicialmente por estudiantes secundarios del “conurbano norte parisino” fueron condenadas en su forma, pero no en su fondo. De hecho, el primer ministro Sébastien Lecornu reconoció que las motivaciones de la protesta social eran válidas.

En un comienza, las demandas apuntaban al crecimiento (nominal y relativo) del presupuesto en defensa de Francia, que pasó de €37.500 millones en 2020 a €50.500 millones en 2025, un 34.7% de aumento. En contraste, el gasto en enseñanza escolar pasó de €74.000 millones a €88.642 millones en el mismo período, un crecimiento del 19,8%. A esto se suma que el presupuesto para enseñanza superior e investigación solo creció en 7,5%. 

El actual gobierno francés ya se encontraba en una lenta y larga decadencia desde la llamada a elecciones de 2024 y la parálisis resultante en la Asamblea Nacional. El temple moderado de Macron y su gestión son atacados por izquierda y derecha y con el fantasma de la guerra en Ucrania siempre presente. 

Desde una mirada de la política electoral, estos eventos parecen darles exposición a las posiciones más “opuestas” del arco político, Jean-Luc Mélenchon de La France Insoumise o LFI (por izquierda) y la heredera de la ultraderecha, Marie Le Pen. Ambos coinciden en las críticas a la Unión Europea, pero por diferentes razones, ambos apelan también a un electorado joven que reclama medidas proteccionistas y un Estado de Bienestar que dé mejores respuestas. Ese Estado de Bienestar, cabe destacar, es muy superior a casi cualquier otro del planeta. Por ejemplo, existe la CAF (Caja de Subsidio Familiar), un organismo que destina casi 8 mil millones de euros anuales en subsidiar alquileres de acuerdo a los ingresos, la cantidad de personas de una familia y el tamaño del inmueble.

Entonces, si la necesidad es el ajuste, ¿por qué aumenta el presupuesto en Defensa? En julio de este año, el presidente Macron indicaba la necesidad de preparación para defenderse en un escenario amenazante, donde Afganistán, la zona del Sahel, Medio Oriente, el norte de África y la invasión de Ucrania por parte de Rusia forman parte de un mosaico de conflictos que son leídos por la gestión como problemáticas urgentes para la seguridad. 

En paralelo, el gobierno francés amplió los Consejos de Defensa y Seguridad Nacional (CDSN) pasando de temas “tradicionales” (defensa, seguridad y terrorismo) a un instrumento de gestión de crisis (sanitaria, energética o tecnológica). Una mirada que requiere un presupuesto mayor. 

A principios de julio también se actualizó la ley de planificación militar, sumando 36 mil millones de euros hasta 2030, y pasando de 1,8% al 2,5% del PBI. Solo se opuso de forma mayoritaria el sector de LFI (98 de 113) sobre 375 votos favorables. Esta ley se renueva cada cuatro años, aproximadamente, desde 1960. En esta dirección, se plantea un modelo de seguridad y defensa ya no centrado en la “intensidad” de la guerra tradicional, pero en una gestión constante de crisis en múltiples temas. En este escenario, vuelve a aparecer Rusia como la amenaza agresora y susceptible a la expansión que debe ser mitigada, sin dejar de lado la disuasión nuclear. 

Hace tan solo unos años, el acuerdo político en Francia era que, si debía haber un ajuste, el sector de la defensa sería uno de los recortados, ya que la prioridad era el gasto social; todo esto, considerando la existencia de un extenso período de paz en Europa. 

La expansión de las revueltas a otros países del continente marca también los límites de los Estados a la hora de distribuir recursos y, sobre todo, la incapacidad de nuestras sociedades para ordenar la riqueza de manera equitativa. El escenario francés tiene la particularidad de ocurrir en un país central con uno de los principales Estados de bienestar del mundo; esa singularidad, sumada a la espectacularidad y la rutina de la protesta social, genera este ruido planetario. 

 

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