Argentina / 18 junio 2026

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La argentinidad al palo 

El debut de la Selección suspende por un rato la realidad hostil y nos une en un festejo amuchado. Entre el mito escolar del gaucho y la mirada libre de Borges, el fútbol reabre la pregunta de un siglo: ¿qué es ser argentino?

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Esta imagen muestra una multitud de aficionados celebrando frente a una pantalla gigante en la Plaza Seeber de Palermo, Buenos Aires, durante el Buenos Aires Fan Fest del Mundial 2026.

El martes jugó la selección argentina el primer partido del Mundial de Fútbol. Las redes sociales explotan: fotografías de niños con la camiseta argentina, franjas celestes y blancas en las caras, mujeres con tops y purpurina de los mismos colores, reuniones de amigos y familiares, mesas con picaditas y cervezas, algunas privilegiadas y escasas parrillas con carne al fuego, halagos a Scaloni y a Messi. Las fotos son de acá y de allá, de los que aún soportamos los embates de vivir en estas tierras y de quienes viven en el extranjero. El Mundial nos recuerda que somos argentinos y nos suspende las calificaciones negativas sobre este país y su gente.

¿Qué es ser argentino? La pregunta nos viene pisando los talones desde fines del siglo XIX. El escritor argentino Leopoldo Lugones, a principios del XX, dictó una serie de conferencias en el Teatro Ordeón sobre el Martín Fierro de José Hernández, donde respondió a la pregunta del ser nacional. Las conferencias, reunidas más tarde en El payador, fueron el intento político de establecer al gaucho como arquetipo nacional, de estirpe blanca y de ascendencia hispánica para Lugones, que borró las huellas de los orígenes indígenas del gaucho. A principios de 1900, Argentina padecía grandes olas inmigratorias de europeos que huían de la crisis económica de sus países y de las guerras, lo que se conjugó con la necesidad de poblar nuestro país y desarrollarlo económicamente. Pero estas oleadas trajeron como colación la mixtura de razas y también una nueva jerga: el cocoliche, una mezcla entre el castellano rioplatense y los dialectos italianos de los nuevos pobladores, lo que derivó más tarde en el lunfardo. El gobierno de Yrigoyen decidió, de la mano de Lugones, revertir estas “deformaciones” culturales y retomó el hasta entonces denostado Martín Fierro. La imagen del gaucho ignorante y salvaje se revirtió y se recuperaron sus costumbres. 

Aún hoy el Martín Fierro sigue habitando las instituciones educativas y gran parte de los argentinos sabe al menos tres o cuatro de sus versos. Un siglo más tarde, estas tradiciones son recuperadas eventualmente en las fiestas patrias y, en alguna ocasión, en festivales que, la mayor de las veces, se llevan a cabo en ciudades lejos de la capital. En estos casos, se olvida que Fierro, el personaje de Hernández, es un gaucho fuera de la ley: se niega a votar y, tras ser obligado a defender la frontera, deserta para regresar a su hogar, para ese entonces una tapera. Fierro termina convirtiéndose en un gaucho matrero (asesino) y debe huir al desierto pampeano.

Se olvida que Fierro, el personaje de Hernández, es un gaucho fuera de la ley: se niega a votar y, tras ser obligado a defender la frontera, deserta para regresar a su hogar, para ese entonces una tapera. Fierro termina convirtiéndose en un gaucho matrero (asesino) y debe huir al desierto pampeano. Si ser argentino, es ser gaucho, la literatura nacional deberá trabajar en este territorio, con sus tópicos.

Si ser argentino, es ser gaucho, la literatura nacional deberá trabajar en este territorio, con sus tópicos. Pero Borges, en 1953, publica Ficciones, en el que se incluye “El fin”, donde Fierro muere en manos del Negro. Matar a Fierro es matar esa concepción de la literatura argentina. En el ensayo “El escritor argentino y la tradición”, Borges señala la ausencia de camellos en el Corán para desestimar la presencia del folclore o del “color local” en una literatura que se considere argentina. Abre en su literatura la incorporación de otros personajes que tampoco dejan de ser marginales: son muchas veces asesinos y gente de mala vida.

Pero entonces ¿qué es ser argentino? La bandera, la escarapela, el himno nacional, el mate, el asado, el lunfardo son los posteos reiterados después de que la selección nacional gana el primer partido del Mundial. Desde Miami, Barcelona, Madrid, Alemania también se postea lo mismo. Además al partido nadie lo vio solo. Siempre hay más de uno. Más es mejor. Si no hay espacio para un alfiler, mejor. Amuchados unos sobre otros, orgullosos y patrióticos.

Una minoría desbocada recuerda que vender nuestras riquezas naturales no es ser patriótico. Otro habla del empobrecimiento del pueblo argentino, de los sueldos achatados, de las pymes que cierran, de la gente sin trabajo, de quienes revuelven contenedores de basura acá nomás (a dos o tres cuadras) para rascar algo que se pueda comer, de los quinientos mil dólares de Adorni, del caso libra, del 3%, de la falta de trabajo en blanco, de cómo los argentinos siempre la yugamos y salimos adelante, de que hay que cuidar a las nuevas generaciones, del caso Agostina, de las apuestas, de las adicciones, de los comedores comunitarios, del Festival Folclórico cuya entrada es un alimento no perecedero.

El primer partido que juega la selección nacional en el Mundial nos suspende por un rato al menos la realidad hostil que vivimos. Les recuerda a quienes se fueron lo que extrañan de su tierra. Nos distrae. Nos recuerda que hay más, que uno solo no juega, que siempre es entre todos y que esta es nuestra cancha.

 

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