Inti Raymi en el Valle Calchaquí: La respuesta comunitaria en clave de resistencia
Crónica del Inti Raymi en el Valle Calchaquí: entre la avanzada del consumo turístico y el extractivismo, las comunidades diaguitas descentralizan los rituales ancestrales que funciona como refugio espiritual, disputa de la memoria y resistencia colectiva frente a la fragmentación del territorio.
- junio 22, 2026
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“Paso por un pueblo muerto
Se me nubla el corazón
Aunque donde habita gente
La muerte es mucho mayor
Enterraron la justicia
Enterraron la razón
Y arriba quemando el sol”
Violeta Parra
Entre el 21 y 24 de junio, durante el solsticio invernal del hemisferio sur, se celebra el Inti Raymi, año nuevo andino. Las comunidades indígenas se reúnen durante la madrugada en sus territorios para recibir el retorno del sol (Tata Inti).
“En este nuevo año nos predisponemos a recibir las nuevas cosechas, comienza un nuevo periodo de siembra” habla para la comunidad y los visitantes, todavía en penumbras, Patricio Gonzalez, jóven cacique de la comunidad india Quilmes.
Al alba, los cuerpos se amuchan entre las pircas de la Ciudad Sagrada de Quilmes, a unos 1.800 m.s.n.m. en el Valle Calchaquí . El perfume de los sahumos de hierbas medicinales se mezcla con el olor de la fogata y braseros que, humeantes, sirven de estufas criollas a los asistentes. Al lado de una apacheta, están servidas en cuencos de cerámica las ofrendas. Arriba, las millones de estrellas comienzan a apagarse de a poco, mientras avanza el ocre detrás de las montañas del Este. Los brazos de los asistentes se elevan y las manos buscan el calor del primer contacto con el Sol. Los susurros se transforman en oraciones y luego gritos de ¡Jallalla!, y comienzan a vibrar las cajas copleras.
Sullka Wara Quinteros —psicóloga, cantora, comunera de Amaicha del Valle e integrante del colectivo Andhes— cuenta que las comunidades, sobre todo las diaguitas, se rigen mucho por la vida de los astros, algo que sucede desde tiempos precolombinos. “Tanto la luna como el sol son deidades muy registradas y simbolizadas como parte de la vida. Yo recuerdo mucho a mi abuela en San José de Chasquivil, que regía su vida en base a eso, a la vida del cielo; no había una desconexión de eso. Recuerdo a mi abuela haciendo rituales en los corrales, en una vuelta a lo privado, a esconderse un poco para hacer el ritual, justamente porque la colonización y la colonialidad no lo asumían como una buena práctica. Que actualmente exista y suceda como un acto público, o como una actividad que congrega a muchas personas, es interesante. Más allá de que mucha gente se acerca con curiosidad, foráneos, para los locales sí es un evento en el que uno tiene mucho que agradecer. De hecho, somos pueblos y comunidades que vivimos mucho mirando el sol«.
Diego Leiton, investigador del Instituto de Arqueología y Museo de la UNT, advierte que, desde hace dos años, la ceremonia comenzó a cobrar un fuerte sentido mercantil, planteándose cada vez más «como una oferta más para atraer turismo y movimiento». Esta lógica, que transforma el ritual en un «recurso más de consumo turístico» similar a las ofrendas invernales a la Pachamama, acarrea incluso riesgos logísticos en los sitios arqueológicos (como las ventanitas), ya que son lugares que además no están hechos como para contener tantas personas y poseen pendientes muy abruptas.
Sin embargo, detrás de esa fachada comercial, particularmente este año se corporizó una realidad comunitaria sorprendente al registrarse celebraciones del Inti Raymi en prácticamente todas las bases del territorio: «En Talapaso, en El Pichao, en El Paso, en Fuerte Quemado, en la Ciudad Sagrada, en Rincón de Quilmes, en Quilmes Centro… todos querían hacer su ceremonia», a las que se sumaron también Tío Punco y Amaicha del Valle. Al indagar con los comuneros sobre sus expectativas frente a esta descentralización, la respuesta corrió el eje del extranjero para centrarse en lo local: «Queremos que se acerque la gente de cada base para que compartamos la ceremonia». Este deseo colectivo evoca los días de la recuperación de la Ciudad Sagrada, cuando los guías locales explicaban que el regreso a los sitios significaba, fundamentalmente, estar «recordando ceremonias».
Así, en un escenario de profunda delicadeza a nivel territorial, brota la urgencia de «reconectar con la parte espiritual, con las ceremonias, con los rituales», asumiendo la identidad sin rigideces academicistas, ya sea que estas prácticas se autoperciban como «diaguitas o si son incaicas, si son de la zona cusqueña o si son cacanas». En medio de la vorágine por sostener las prácticas cotidianas, el ritual andino vuelve a consolidarse «como motivo de encuentro entre las personas y reivindicación de memoria; como necesidad de volver a manifestarse que siguen acá, que están acá presentes como comunidades indígenas, que siguen vivos, que están persistiendo a pesar de los contextos».
Esta reconexión espiritual con el territorio y la cosmovisión es, en última instancia, «una forma de defensa y de custodia de la vida, no solo del territorio, o del territorio como vida». Saben, de todos modos, que para persistir es imperativo abrirse al afuera, lo que inevitablemente introduce un «juego medio en tensión» al permitir que el visitante consuma el rito como una experiencia. Para quienes observan el fenómeno desde el exterior, la complejidad de esta convivencia impacta como «una cachetada» que desmonta cualquier mirada simplista, obligando a comprender que en las comunidades «todo el tiempo está dialogándose en la tensión», habitando permanentemente «en esa fricción, en esa interfaz entre la reivindicación y mimetizarse con las condiciones que se van dando».
Consultada por los desafíos internos de las comunidades, Sullka ahonda en reflexiones incómodas: «La fragmentación comunitaria y la disgregación de creer y devolverle sentido a lo comunitario, a lo asambleario, al derecho colectivo —que es lo que regiría el ejercicio y el sentido de existencia de nuestras comunidades— es algo que está en crisis. Hay una crisis de autoridad, como en todo Occidente a nivel mundial; entonces las comunidades no somos ajenas a eso, tenemos una situación de crisis constante, no ajena a factores externos, pero también a factores intrínsecos vinculados a cómo -sobre todo las nuevas generaciones- siguen reivindicando desde los discursos hegemónicos, racistas y de odio, que el indígena murió. Somos hijos de un genocidio, somos hijos de intentos de genocidio; somos hijos, nietos y bisnietos de encomendados, de encomenderos, de esclavos… de prácticas de esclavitud hasta la época del 66, cuando se cierran los ingenios en Tucumán. Somos nietos de peones golondrinas, de zafreros, de gente que trabaja en el surco, de mujeres zafreras; hemos sido empobrecidos. Hacerse cargo de ser indígena es una tarea muy grande y, ante una oleada que individualiza los conflictos, colectivizarlos es la respuesta más urgente, más necesaria y un indicador de salud mental, incluso para los indígenas de las nuevas generaciones. Creo que ese es el mayor desafío del movimiento indígena, incluso a nivel latinoamericano; es lo más urgente: que solo queremos vivir en paz y que queremos vivir en comunidad».
Sullka Wara Quinteros: "Hay una crisis de autoridad, como en todo Occidente a nivel mundial, no ajena a factores externos, pero también a factores intrínsecos vinculados a cómo -sobre todo las nuevas generaciones- siguen reivindicando desde los discursos hegemónicos, racistas y de odio, que el indígena murió. Somos hijos de un genocidio; somos hijos, nietos y bisnietos de encomendados, de encomenderos, de esclavos. Somos nietos de peones golondrinas, de zafreros, de gente que trabaja en el surco, de mujeres zafreras; hemos sido empobrecidos. Hacerse cargo de ser indígena es una tarea muy grande".
Unos días previos al festejo, la calma nocturna de un almacén de la zona es interrumpida por la presencia de un hombre con el rostro pintado completamente de negro, ropa militar y tiras por todo el cuerpo. En 2025, el Ministerio de Seguridad de la Provincia de Tucumán anunció que 27 efectivos —de los cuales nueve pertenecían a la Policía de Tucumán, y el resto a las fuerzas especiales de Chaco, Buenos Aires, Santa Fe, Neuquén y Jujuy, junto a Gendarmería Nacional y un agente del Servicio Penitenciario de Tucumán— se encontraban realizando las prácticas del Tercer Curso Nacional de Francotirador Policial CERO.
“Este curso está dirigido a las Unidades Tácticas que tienen sus especialistas para las intervenciones críticas, en este caso de francotirador. Su intervención está dada desde un lugar destacado de altura, para brindar seguridad en grandes eventos y a personalidades, en puestos de observación y francotirador. También para reunir información y transmitirla al Centro de Operaciones para dar una determinada respuesta inmediata. Y, en caso de que sea necesario en una situación crítica, para neutralizar a una persona que represente un peligro de vida para otra”, explicaba el subcomisario Ricardo Medina, jefe del Cuerpo Especial de Rescate y Operaciones (CERO).
Si bien la Comunidad India de Quilmes viene dando disputa al pretendido desarrollo inmobiliario en la región —cuya punta de lanza es el avance del pavimento en la intersección de la Ruta Nacional 40 hacia la Ciudad Sagrada de los Quilmes, junto a la multiplicidad de operadores de ONGs variopintas que llegan con promesas de educación, desarrollo y sostenibilidad—, miraron de reojo todo el proceso de lucha contra las mineras a cielo abierto Alumbrera y Agua Rica.
“Es un proceso de reordenamiento ontológico territorial; esa sería la manera más necesaria y adecuada de entenderlo. No se trata solo de un reordenamiento en términos de tierras —con todo lo que tiene que ver con la privatización y concentración, lobby y mercado inmobiliario, agrimensura, redefinición de la productividad, etc.—, sino de un cambio en la concepción del estar-siendo territorio. Pasar de una dimensión relacional local, con todo lo que ello implica en términos de autonomía, historia, identidad y existencia, a una concepción puramente hipermoderna en contextos de avanzada neoliberal del capitalismo y las políticas multiculturales de desarrollo territorial. En este cambio se redefinen y reactualizan formas coloniales de jerarquización territorial y poblacional: zona de viñedos y bodegas, zonas de hosterías boutique, las de turismo arqueológico, las de aventura o cultural, la identidad propia de un lugar, el reordenamiento poblacional y educativo local, las jerarquías laborales-ocupacionales (quién debe dedicarse y ocuparse de tales áreas), la identidad productiva de un territorio, la historia, la narrativa fundacional, etc. Todo esto tiene un profundo enraizamiento en la continuidad de distintas formas de colonialidad. Pero esto no sucede sobre una población local sumisa que simplemente acepta las condiciones. Las condiciones se alteran, negocian, transgreden, afectan, resisten y recrean desde ontologías y cosmopolíticas locales que interpelan, disputan y tensionan el ejercicio hegemónico de estos modelos. Por eso hablamos, como plantean Achinte y Walsh, de formas de re-existencia: agenciamientos que crean realidad reelaborando sus propias ontologías y cosmovisiones para producir realidades que custodian las relaciones de autonomía y de la existencia como territorios de vida”, cuenta Leiton en referencia a las tensiones que empiezan a emerger del lado tucumano del Valle.
Desde Bariloche, Lirolay Gerónimo —comunicadora popular y comunera de Quilmes— cuenta desde su desarraigo: “A mis recuerdos llegan imágenes del Inti Raymi pasado, compartido en la Ciudad Sagrada de Quilmes, en mi comunidad. El amanecer, la fogata, el canto del joy joy, los abrazos. Tuve que migrar a causa de la crisis económica que azota al NOA y a todo el país. Mis oportunidades se fueron reduciendo, y siempre me mantuve muy firme en la decisión de no trabajar para ningún proyecto minero. Mi corazón llora el desarraigo cada día y logro entender, en alguna medida, la pena que pasaron los abuelos de mis abuelos cuando los obligaron a alejarse de a pie, 1300 kilómetros hacia el sudeste, en el destierro de los quilmes a mediados del siglo XVII. Uno logra comun-unidad donde la forje; uno renace las veces que sea necesario. Cuando uno sabe en qué parte del mundo su corazón es feliz, este late distinto luego en otros lugares. Porque distintos son los colores de cualquier valle al de mi Valle Calchaquí; porque distinto sopla este viento helado a aquella brisa tibia que huele a chañar; porque distinto brilla el sol vallisto a este sol que no me llega a entibiar; porque distinto suenan los ríos al furioso Yokavil. Distinto el amanecer, el atardecer. En este nuevo comienzo, mi corazón late… distinto. Y me pregunto si cuando pueda volver mi Valle seguirá siendo el mismo, si seguirá teniendo agua, si los megaproyectos extractivistas seguirán avanzando en la destrucción de su ecosistema, de su existencia”. La voz de Liro es por momentos fuerte y a la vez dulce. Su nostalgia es constante, aunque su seguridad y convicción son cimientos de pirca en su decisión de volver a seguir construyendo en este valle.
Un paisaje tiene sentido hasta que alguien quiere apropiárselo. Una montaña tiene sentido hasta que alguien quiere dinamitarla. Un arroyo prístino tiene sentido hasta que lo entuban. Una procesión nocturna de caminantes tiene sentido sólo bajo las estrellas que surcan su fe. Las tonadas tienen sentido: suaves, cálidas, cantaditas, aspiradas pa' dentro. Un remolino de tierra no puede mover los caranchos que sobrevuelan a un burrito muerto en el río desierto. Una pesadilla no puede oscurecer el sueño rosa.
Un zorrito solitario busca en la ruta trashumante algo para comer. Hacia el Oeste, una hilera de vicuñas expulsadas por el macho alfa corren quién sabe dónde; quizá buscando el manantial de la vega que ya no está. Dicen que es muy difícil ver huesos de vicuñas; que la Pacha los esconde porque no quiere mostrar muerte. Un mito rosa dice en sueños que los habitantes de un pueblito en realidad no viven ahí; que era una especie de doble tapadera para que vayan los turistas y no conozcan su verdadero lugar: un pueblito más rosa, con más frutales, nogales, pircas y acequias.
Por ahí buscamos que todo tenga sentido. Un paisaje tiene sentido hasta que alguien quiere apropiárselo. Una montaña tiene sentido hasta que alguien quiere dinamitarla. Un arroyo prístino tiene sentido hasta que lo entuban. Una procesión nocturna de caminantes tiene sentido sólo bajo las estrellas que surcan su fe. Las tonadas tienen sentido: suaves, cálidas, cantaditas, aspiradas pa’ dentro. Un remolino de tierra no puede mover los caranchos que sobrevuelan a un burrito muerto en el río desierto. Una pesadilla no puede oscurecer el sueño rosa.
Lo común, la mirada horizontal, la tradición narrada y compartida de manera sensible, expandida por estos territorios con una carga histórica y energética, son experiencias intangibles. Algo se transmite a través de la complicidad de los ojitos rasgados que nos expanden la mirada. Y arriba, el sol solo refleja ese calor humano.
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