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El conflicto con Brasil y los límites constitucionales del presidente argentino

La diplomacia no admite exabruptos ni personalismos. La reincidencia del presidente en agraviar a mandatarios extranjeros afecta la representación estatal. Ante este escenario, el Poder Legislativo está llamado a activar los resortes constitucionales de control y frenos al poder.

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POR RAÚL GUSTAVO FERREYRA. Profesor titular de derecho constitucional de la Universidad de Buenos Aires. Doctor en Derecho.

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El conflicto con Brasil y los límites constitucionales del presidente argentino

La política exterior constituye una de las responsabilidades más sensibles del presidente de la República Argentina. Ya en la Constitución de 1853, vigente con reformas, a esa autoridad se la definió normativamente: “es el Gefe Supremo de la Confederación”, una regla inalterada. No se trata de un terreno disponible para exabruptos, antipatías personales ni confrontaciones ideológicas: el jefe del Estado representa a la Argentina —y a su pueblo— ante el mundo, su comunidad de ciudadanos y debe actuar con un estándar reforzado de idoneidad, prudencia, responsabilidad institucional y respeto por los intereses permanentes del país.

Hace unos días, en un artículo publicado en Consultor Jurídico (“Constitucionalista argentino condena ataques de Javier Milei a Lula”) sostuve que la Constitución argentina de 1853 exige del presidente un comportamiento compatible con la inmensa dignidad del cargo y del liderazgo que comporta. Señalé que las descalificaciones del presidente de Argentina contra Luiz Inácio Lula da Silva no tienen sustento fáctico, moral ni jurídico. En ese mismo texto di cuenta de la “Carta abierta de solidaridad” que remití al presidente brasileño —y a su ciudadanía—, en la que reafirmé mi compromiso con los valores democráticos y con el respeto institucional que debe regir entre ambos países.

No se puede reducir todo a “excesos retóricos”. Sería un error. Cuando la reiteración de conductas compromete la política exterior del Estado, el problema deja de ser de estilo y pasa a ser constitucional. En ese marco, la categoría de “mal desempeño” prevista en el artículo 53 de la Constitución federal no puede descartarse como causal de juicio político.

Lo que está en juego es algo más serio: si la conducta reiterada del presidente Milei resulta compatible con los deberes constitucionales del cargo y con los estándares mínimos de responsabilidad que exige el sistema republicano.

El mal desempeño no exige necesariamente la comisión de un delito. Basta con que exista una pérdida de aptitud institucional para ejercer adecuadamente el cargo, una manifiesta ausencia de idoneidad. Es una noción política y constitucional, pensada para preservar el funcionamiento de la República cuando quien ocupa una función de máxima responsabilidad deja de cumplir los deberes esenciales de su investidura. Desde esta comprensión, la responsabilidad política comprende, también, la evaluación de la idoneidad, la prudencia y la compatibilidad de la conducta con la función desempeñada.

Entre esos deberes está, sin discusión, la conducción prudente y responsable de las relaciones exteriores. La diplomacia no puede quedar subordinada a preferencias personales, agravios coyunturales o campañas ajenas. Debe responder a los intereses permanentes del Estado, al derecho internacional, a la buena fe entre naciones y a la protección de vínculos estratégicos decisivos para el desarrollo del país y de todos sus ciudadanos. En un sistema republicano y democrático, la exteriorización verbal del presidente no es un dato menor ni una cuestión lateral: puede incidir directamente en la posición internacional del Estado, en la estabilidad de sus vínculos y en la previsibilidad de su acción externa.

La República Federativa de Brasil ocupa un lugar central en ese esquema. Compartimos geografía, historia, economía e integración regional. Es el principal socio comercial de la Argentina, un socio fundador del Mercosur y un actor clave para la estabilidad sudamericana. Dañar deliberadamente esa relación con insultos reiterados e injerencias en su política interior no solo erosiona el vínculo bilateral: también deteriora la credibilidad internacional del Estado argentino; un resultado de ese daño es la devaluación de la relación bilateral con medidas que ha asumido Brasil en las últimas horas. Además, cuando el deterioro proviene de la propia palabra presidencial, el daño institucional adquiere una intensidad singular, porque compromete no solo una relación bilateral, sino la calidad misma de la representación estatal.

Por eso, el debate no gira en torno a simpatías o antipatías personales hacia un mandatario extranjero. Lo que está en juego es algo más serio: si la conducta reiterada del presidente resulta compatible con los deberes constitucionales del cargo y con los estándares mínimos de responsabilidad que exige el sistema republicano. La pregunta correcta no es si hubo mera grosería o un exceso circunstancial. Tiene más profundidad la inquietud: si la persistencia de ese comportamiento configura un apartamiento de los deberes funcionales que la Constitución federal impone a quien encarna la jefatura del Estado.

En ese contexto, el Congreso de la Nación debería abrir un debate institucional serio y utilizar los mecanismos de control que la Constitución le otorga: pedidos de informes, interpelaciones al canciller, intervención de las comisiones competentes y toda otra herramienta parlamentaria que permita evaluar la política exterior del Poder Ejecutivo. El control congresual no supone una intromisión indebida en la esfera presidencial, porque es una de sus principales tareas: el ejercicio regular de una función propia del sistema de frenos y contrapesos.

La fortaleza de una democracia constitucional se mide por la capacidad de sus instituciones para reaccionar a tiempo y dentro de los espacios institucionales cuando el poder se aparta de sus deberes, es decir, cuando se abusa del mismo o se convierte en una suma del poder público. El debate congresual, lejos de poner en riesgo al sistema republicano y democrático, es una de sus expresiones más auténticas.

 

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