El mal como acto creador
Un recorrido por la vida y obra de Elvira Orphée a través de Aire tan dulce: la exploración del mal, la rebeldía frente a los mandatos sociales y el modo en que la enfermedad y el aislamiento moldearon la escritura de la autora tucumana.
- octubre 22, 2026
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¿Qué es el mal? ¿Cómo llega un ser humano a convertirse en malvado? ¿Qué estructura social lo sostiene? Estas son algunas de las preguntas que pulsan la escritura de la tucumana Elvira Orphée.
Orphée había nacido en una familia acomodada, en 1922, en San Miguel de Tucumán, donde vivió hasta los 16 años, justo cuando terminó la escuela secundaria. Entonces, impulsada por la muerte de su madre y el anuncio de un nuevo matrimonio de su padre, se trasladó, contra todos los mandatos de la época, a la ciudad de Buenos Aires, donde estudió Letras. A fines de la década del ’40 obtuvo becas para estudiar en Madrid y en París. Se dió a conocer como escritora en la revista Sur con la publicación de su cuento “Las dos casas” y publicó su primera novela, Dos veranos, en 1956. A fines del ’50 y principios de ’60, ya casada con el pintor Miguel Ocampo (primo de las escritoras Victoria y Silvina Ocampo), volvió a vivir unos años en París y en Roma, donde su marido ejerció funciones diplomáticas. En París, trabajó como lectora para la editorial Gallimard, en la que recomendó a Clarice Lispector, Juan Rulfo y Felisberto Hernández. En Europa, escribió su segunda y tercera novelas: Uno (1961) y Aire tan dulce (1966). Después aparecerían En el fondo (1969), La última conquista del Ángel (1977), La muerte y los desencuentros (1989) y los volúmenes de cuentos Su demonio preferido (1973), Las viejas fantasiosas (1981) y Ciego del cielo (1991).
Orphée no perteneció a ningún grupo de escritores, aunque sí cultivó vínculos con Octavio Paz y Julio Cortázar en París, Elsa Morante, Alberto Moravia, Italo Calvino en Roma y Alejandra Pizarnik, a quien frecuentó en París y en Buenos Aires.
En una entrevista, Orphée confiesa su interés por los personajes que surgen de “la exasperación de lo real”. Los suyos remiten a los artlianos que buscan en el mal un acto de creación, acto desde el que fundan su propia identidad. Es el caso de los personajes de Aire tan dulce, Félix y Atalita exploran el mal como salida creadora frente a la plana vida de provincia. Estos dos adolescentes, junto a Mimaya, la abuela de Atalita, intercalan sus voces a lo largo de la novela y forman, de este modo, un calidoscopio trágico. Imposibilitados de decir el amor, Félix y Atalita se empeñan por alcanzar el absoluto. Félix, por ejemplo, mientras es expulsado del colegio secundario se jura a sí mismo ser el peor de los hombres. Orphée toma de Akutagawa, Tanizaki y Mishima la idea del vínculo entre lo sagrado y lo maligno.
En Aire tan dulce, pueden leerse algunas marcas autobiográficas, como la enfermedad sufrida por Atalita y que atormentara a Orphée durante su infancia: las altas fiebres, el dolor abdominal, la convalecencia. En la novela, la enfermedad es entendida desde el punto de vista premoderno, es decir, en tanto culpa ligada al pecado, no como consecuencia de virus o bacterias (algo que analizará la ciencia en la modernidad). La enfermedad ubica a Atalita como diferente, desviada de la norma. Sin embargo, se vuelve el pulso de su rebeldía.
“En las ciudades chicas nuestras -quizá en toda ciudad chica- hasta no hace mucho, los seres enfermos estaban como malditos. Nunca tenían enfermedades normales, siempre les provenían de alguna culpa, propia o de antepasados. Un enfermo era un ser doblemente segregado: por la enfermedad y por el pecado que la había provocado […]. La enfermedad era el Mal, casi como en el sentido demoníaco que se da a la expresión ‘el Mal’”, dice Orphée. Y también: “Pasé la vida condicionada por la enfermedad que me confinaba, entonces me obligaba a crear en un cuarto todo lo que no tenía en el espacio del mundo. […] Me rebelé contra esta importunidad y, finalmente, la acepté como uno de los elementos que me llevó a escribir. Si hubiera tenido tantas posibilidades de vida exterior como otros, quizá no habría escrito”.
Atalita se rebela contra los mandatos de las hijas de las familias acomodadas y, pese a su condición, lleva una vida sexual activa y sin ataduras, además de contrabandear cocaína. Rebeldía que va contra los mandatos sociales de la época para las mujeres jóvenes “de sociedad” (esto es los mandatos familiares, escolares y eclesiásticos).
El telón de fondo de la novela es la crisis política de la provincia, representada por la crisis en el ingenio azucarero, donde se muestra con claridad la explotación de los trabajadores. La violencia política se suma a la violencia de género a la que es sometida Atalita y otras mujeres que aparecen en la novela.
El telón de fondo de la novela es la crisis política de la provincia, representada por la crisis en el ingenio azucarero, donde se muestra con claridad la explotación de los trabajadores. La violencia política se suma a la violencia de género a la que es sometida Atalita y otras mujeres que aparecen en la novela.
El territorio provinciano es el lugar del mundo que se repite aquí y allá: “Hay un eslabón perdido entre las plazas San Martín del mundo. Todas tienen su estatua de general, su caballo de general y, sin embargo, no son el general ni el caballo. El espíritu que planea sobre las plazas San Martín del mundo les viene quién sabe de dónde, quizás de sus parroquianos, quizás de la atmósfera propia de cada ciudad, pero es distinto en todas. […] solo los espíritus de un caballo y un general juntos pueden volver tan aburrido un lugar. Muy bien que el general sea de los pocos nuestros que verdaderamente pelearon y verdaderamente trajeron la libertad […] pero es difícil desprenderse de la visión general que tantos bigotudos han regado con su saliva. […] era un hombre honesto y sensato. Solo en un momento de descuido dejó la Historia que se colara a nuestro hombre honesto y sensato, ella, que tiene la pasión de la insensatez. Va a resultar que cuando le gusta un tipo para héroe se encarga hasta de hacer olvidar los rasgos honestos y sensatos.”
Aire tan dulce es una novela que interrumpe cualquier intento de imposición de sentido por parte del lector. Interpela, cuestiona, denuncia, increpa, insulta. El lector que pretenda acceder a la novela con expectativas se verá vencido por una serie de sentidos que ahogan, oprimen, moralizan, se rebelan, quiebran cualquier posibilidad de apaciguamiento.
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