Argentina / 25 octubre 2026

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Del metrobus a la mano dura

Mientras Jorge Macri y los libertarios compiten por quién representa mejor la política de “ley y orden”, el kicillofismo desembarcó en la Ciudad con un Congreso Productivo. Entre la represión en el Subte, el traslado de los presos de Devoto y Tormenta Negra, aparece una discusión que va más allá de la coyuntura: qué Ciudad quiere gobernar cada uno.

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La imagen muestra a efectivos de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires deteniendo al dirigente gremial y metrodelegado Claudio Dellecarbonara en la estación Juan Manuel de Rosas de la Línea B del subte.

La protesta no había frenado el Subte. Los trabajadores de la Línea B levantaron los molinetes en Juan Manuel de Rosas para reclamar contra una sanción y denunciar la tercerización de tareas. Se podía pasar sin pagar y tomarse el tren. Las formaciones seguían corriendo.

El conflicto cambió cuando la Policía de la Ciudad bajó al andén y detuvo a Facundo Heredia y Claudio Dellecarbonara. Más tarde también se llevaron a Néstor Segovia. Después llegó el paro total.

Jorge Macri habló de “extorsiones mafiosas” y sostuvo que quien bloquea un servicio esencial tiene que ir preso. Se puede discutir si la medida de los metrodelegados fue justa, exagerada o antipática. Pero hay un dato que cuesta eludir: cuando apareció la Policía, el subte todavía funcionaba.

Hace quince días nos referíamos aquí en 4Palabras a “Tormenta Negra”, el operativo que desplegó 1.500 policías y agentes en quince villas y barrios populares y terminó con 17 detenidos. La cuestión era qué Estado surge cuando puede movilizar semejante cantidad de efectivos mientras otras políticas públicas llegan tarde, mal o directamente no llegan.

Ahora el libreto se amplía. Ya no aparecen sólo las villas. También entran los sindicatos, las protestas y cualquier conflicto que pueda ser contado bajo una misma palabra: orden.

Durante años el PRO intentó presentarse como una derecha moderna, casi post ideológica. El Metrobús, las bicisendas, las obras, las plazas. Mauricio Macri podía reivindicar la seguridad y bailar entre globos. Rodríguez Larreta llevó esa idea más lejos, a los modos de gestionar.

La aparición de La Libertad Avanza movió ese tablero. El PRO dejó de ser la única derecha competitiva de la Ciudad y pasó a tener un vecino que le disputa electorado y discurso. Jorge Macri parece haber tomado nota. Seguridad, espacio público, manteros, piquetes y conflictos gremiales ofrecen un terreno cómodo para marcar dureza.

La apelación a la “ley y el orden” no es nueva en el PRO, pero sí cambió el volumen. Ya no alcanza con administrar mejor: también necesita mostrarse firme frente a los mismos temas que explota La Libertad Avanza.

El traslado de los presos de Devoto a Marcos Paz entra en esa disputa. El cierre de una cárcel de casi cien años responde a un reclamo histórico de los vecinos, pero el Gobierno nacional convirtió la primera etapa del traslado en una foto política. Karina Milei encabezó el acto con Pilar Ramírez y le alcanzaron cinco palabras –“yo vivía acá en Devoto”–  para que volviera a circular la hipótesis de una candidatura.

Después aparecieron reclamos por pertenencias y medicamentos que no habían llegado, interrupciones de estudios universitarios y denuncias de malos tratos. Más del 90 por ciento de la población de Devoto ya había sido trasladada.

Y queda otra pregunta para Buenos Aires: qué va a pasar con las casi cinco hectáreas que deja libres la cárcel.

Ahí aparecen los vecinos que reclaman espacio verde, los proyectos de urbanización, el sitio de memoria por la Masacre del Pabellón Séptimo y la discusión inmobiliaria. Sacar la cárcel era una decisión. Resolver qué hacer después con ese terreno va a decir bastante más sobre qué modelo urbano se imagina.

La aparición de La Libertad Avanza movió el tablero político porteño. El PRO dejó de ser la única derecha competitiva de la Ciudad y pasó a tener un vecino que le disputa electorado y discurso. Jorge Macri parece haber tomado nota. Seguridad, espacio público, manteros, piquetes y conflictos gremiales ofrecen un terreno cómodo para marcar dureza

En medio de ese escenario, Axel Kicillof desembarcó en la Ciudad. El MDF organizó el Congreso Productivo porteño: catorce charlas y paneles con empresarios, pymes, sindicatos, cooperativas, universidades y especialistas. Augusto Costa abrió el jueves en la UTN y Kicillof la segunda jornada en el Teatro Astros.

El encuentro obliga al peronismo porteño a discutir algo más que quién encabeza la próxima lista.

Costa insiste con una idea sencilla: Buenos Aires no es solamente oficinas, bancos, restaurantes y negocios inmobiliarios. Según su espacio, la Ciudad concentra el 12 por ciento del valor agregado industrial y el 14 por ciento del empleo industrial del país. USINA contabiliza unas 11.000 firmas y 176.000 asalariados, mientras el peso de la industria cayó del 16,2 por ciento en 2004 al 9,3 por ciento en 2025.

Pero en la Ciudad también hay fábricas, hospitales, universidades, empresas de software, talleres y comercios. Miles de personas cruzan todos los días la General Paz o el Riachuelo para trabajar acá.

Vivienda, transporte, residuos, logística, empleo y seguridad son problemas metropolitanos. Lo que ocurre en la Ciudad repercute en el conurbano y al revés. Ahí el planteo del kicillofismo encuentra un punto atendible, pero también su primera dificultad: el MDF todavía tiene que demostrar que puede convertir ese diagnóstico en una propuesta porteña y no trasladar a la Ciudad las categorías con las que piensa y gobierna la provincia.

El Congreso Productivo puede servir para construir algo propio. Pero si después quedan sólo dirigentes, paneles y una foto, no va a alcanzar. La prueba estará en si puede bajar esa discusión a cosas concretas: qué producir, dónde, con qué infraestructura, con qué trabajadores y para qué tipo de Ciudad.

Hablar de producción es sencillo. Más difícil es conectarla con los problemas cotidianos de una Ciudad que el peronismo lleva años intentando interpretar sin terminar de construir una alternativa propia.

La oposición cometería un error si la respuesta fuera simplemente denunciar cada operativo policial. La inseguridad existe. La demanda de orden también. Ignorarla nunca funcionó. Pero aceptar que existe no obliga a comprar la idea de que el único orden posible se construye con policías, detenciones y castigo.

Esta semana el Subte volvió a mostrar esa distancia. No se inaugura una estación nueva desde 2019 y un conflicto gremial terminó con delegados detenidos en un andén. A esa misma hora, en el sur porteño, trabajadores del Centro de Salud No. 24 hacían una asamblea con vecinos porque denunciaban que no tenían condiciones mínimas de seguridad para trabajar.

La Ciudad puede desplegar cientos de efectivos cuando quiere recuperar el control de una situación. El problema aparece cuando trabajadores de un barrio reclaman esa presencia y no la encuentran.

La producción también se discute ahí: en las condiciones en las que alguien puede trabajar, trasladarse o llegar a su casa.

Lo mismo ocurre con el suelo. Las hectáreas que deja Devoto reabren una vieja pelea: vivienda, espacio verde, memoria o valorización inmobiliaria. Es difícil hablar de desarrollo si urbanización, educación, salud y cuidado pierden fuerza mientras el Estado demuestra que puede llegar con un despliegue enorme cuando decide mostrar autoridad.

Qué produce Buenos Aires importa. También quién produce, dónde vive, cuánto tarda en llegar al trabajo, cuánto paga de alquiler y qué servicios encuentra en su barrio.

Jorge Macri parece haber elegido un camino más corto. Cuando aparece un conflicto, devuelve la conversación al orden. Con esa palabra puede hablar de villas, manteros, cárceles, sindicatos y espacio público, y competir con La Libertad Avanza en un terreno en el que hace pocos años el PRO casi no tenía rivales.

La oposición cometería un error si la respuesta fuera simplemente denunciar cada operativo policial. La inseguridad existe. La demanda de orden también. Ignorarla nunca funcionó. Pero aceptar que existe no obliga a comprar la idea de que el único orden posible se construye con policías, detenciones y castigo.

Hay otras formas menos espectaculares: que el Subte funcione y se expanda, que una enfermera pueda atender sin miedo, que una familia no destine buena parte del sueldo al alquiler y que un barrio tenga calles, iluminación, escuelas y servicios antes de que lleguen 1.500 agentes.

Después de casi veinte años de gobiernos del PRO, tampoco alcanza para la oposición con ser su contracara moral. Tiene que explicar qué haría con la Ciudad, qué sectores priorizaría y qué intereses estaría dispuesta a tocar.

Ahí se verá si el Congreso Productivo dejó algo más que una foto y si esa discusión puede convertirse en una idea reconocible para los porteños.

Si la derecha capitalina empieza a ordenar su disputa alrededor de quién garantiza mejor la autoridad, discutir quién produce Buenos Aires, quién puede vivir en ella y qué se hace con su territorio abre otra conversación.

Pero esa discusión no puede quedarse en los paneles. Tiene que servir a comunas, organizaciones políticas y sociales y a quienes trabajan en los barrios para entender y dar respuesta a lo que pasa en la Línea B, en Devoto, en un centro de salud o en los barrios por donde pasó “Tormenta Negra».

Hace quince días la pregunta era qué Estado podía ofrecer el peronismo frente a esta política del orden.

Quizás ahora la pregunta sea más sencilla.

¿Qué quiere hacer con la Ciudad si alguna vez vuelve a gobernarla?

4Palabras

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