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La alegría del fútbol en un país roto

Una radiografía de la pasión popular que paraliza a toda una nación. Entre desfasajes de la radio, cábalas de abuelas y el desahogo en las calles, la selección se mete en semifinales de un Mundial que se juega con los dientes apretados. Porque para los argentinos el fútbol no es solo cultura ni folclore: es un miembro más que duele y empuja.

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La alegría del fútbol en un país roto

La gente festeja y baila en las calles, en los bares, en las casas, en los estacionamientos. Un sereno que labura los fines de semana deja caer un lagrimón pegado a una radio y a una tele que se ve como el culo, al grito de: “¡Vamos Argentina, carajo!”. El pueblo argentino, que sufre las miserias de uno de los peores gobiernos de la historia, sufre tanto o más de lo que dicen y muestran los chicos de la selección.

La tecnología nos juega una mala pasada con los desfasajes de las transmisiones y, cuando nos estábamos acomodando con las empanadas en la cama, resulta que, como decretó Enrico Telémaco Susini, primero llega la radio. Entonces pasa un loco con un auto tocando bocina y gritando el gol de Alexis Mac Allister cuando nacía el partido, y en la tele Lionel Messi todavía estaba por patear el córner.

Los pibes y las pibas están contentos. Se abrazan y gritan los goles como locos, sacando la cabeza por la ventana. Los compañeros de la escuela se juntan a comer y tomar algo rico, y festejan hasta que sale el sol. Las bocinas de los autos no paran de sonar. Ese objeto extraño en otros países, pero ineludible en Argentina, revienta una y otra vez con el rodar de cada auto que pasa.

Los abuelos se abrazan con los nietos, se mezclan con la tía del interior que vino con masas finas a ver el partido y a la que casi se le cae la peluca. Una cuñada, no muy querida en la familia, es arrastrada por la marea humana del festejo del gol de Lautaro Martínez y queda al borde de la rotura de cadera.

En el hospital del barrio, los enfermeros bailan por los pasillos con los pacientes abrazados al fierro que sostiene el suero. El que no puede gritar porque se le revientan los puntos de la herida levanta los brazos, infla el corazón y se saca el marcapasos, que ataja el médico en el aire como el Dibu Martínez ante los remates de los suizos.

Los pibes y las pibas que duermen en la calle se dan calor, se llenan de besos entre cartones y frazadas rotas y mugrientas. Lloran en un abrazo interminable y, por un rato largo, bailan también en esa calle que parece no ser tan fría.

En la estación de servicio de la otra cuadra, los playeros revolean los surtidores; las pibas del bar tiran humo por las cafeteras y saltan entre ofertas y promociones de chicles y chocolates, revoleando por el aire las gorritas ridículas que los patrones les hacen poner.

En la pizzería, dos cuadras más adelante, los maestros pizzeros estrellan los bollos de masa contra la pared con el gol de Julián Álvarez; los mozos y las mozas se paran arriba de las mesas. Los clientes se arrancan los pelos, que caen y se mezclan entre la salsa y la muzzarella de la pizza.

La abuela que no se quería perder el partido se durmió entre los gritos con el pilatos atado entre las manos, hecho con un viejo pañuelo que guarda desde que veía jugar a Guillermo Vilas los torneos internacionales de tenis de la década del setenta.

Los cincuentones apendejados o en proceso de fisura se aferran al vaso de cerveza como si estuviesen sosteniendo el mundo, como si se jugaran una pulseada contra el destino con lágrimas de alcohol de recuerdos de Diego Maradona del Mundial 86 y del 90.

Los del lavacoches de la avenida no paran de joder con las mangueras y, con sus botellas de Coca cortadas y rellenadas de fernet, celebran y brindan con cada uno que pasa por la calle y, de paso, le tiran un manguerazo.

Sí, un manguerazo en pleno julio en Buenos Aires, porque subió la temperatura de los cuerpos al fin y también la de las almas. Es que Argentina otra vez está en una semifinal de una Copa del Mundo. Eso, en un país que está bastante roto, no es poca cosa.

Porque el fútbol es parte constituyente de nuestro cuerpo; ya quedó atrás aquello de que es parte de nuestra cultura, de nuestra idiosincrasia y bla, bla, bla. Es una parte más de nuestro cuerpo. Tenemos dos piernas, dos brazos, una cabeza y el fútbol. Y así somos, a veces para bien, a veces para mal, con los padecimientos que conlleva. El cuerpo del argentino se conforma de esa manera y al que no le gusta el fútbol se jode, jode, como dice la canción, porque también lo tiene. Aunque no se dé cuenta, sienten algo extraño en algún momento por la espalda o por la cabeza, en una pierna o en un brazo. Bueno, es el fútbol que se asoma y avisa: “Che, che, acá estoy”.

Será muy difícil de comprender para los sociólogos de la posmodernidad, para los tecnócratas liberales, para los progresistas sobre analizados y para los burócratas internacionales, pero la cosa en Argentina es así.

El fútbol es parte constituyente de nuestro cuerpo; ya quedó atrás aquello de que es parte de nuestra cultura, de nuestra idiosincrasia y bla, bla, bla. Es una parte más de nuestro cuerpo. Tenemos dos piernas, dos brazos, una cabeza y el fútbol. Y así somos, a veces para bien, a veces para mal, con los padecimientos que conlleva.

Juega la Argentina contra Suiza por los cuartos de final de la Copa del Mundo y pasa esto. Juega a la mañana el club Buenos Aires Sur contra Sacachispas a las 9 de la mañana, con llovizna y sin techo, un torneo de chicos de entre 10 y 12 años, y pasa esto.

Hasta hace muy poco en las propias tribunas se replicaba: “Un sentimiento inexplicable que lo llevo adentro, no puedo parar”. Bueno, si es así, ya no es tal ese supuesto sentimiento, porque es una parte de nuestro cuerpo que la podemos sentir. Los argentinos tenemos dos piernas, dos brazos, una cabeza y el fútbol.

Sale solo, no hace falta explicarlo; cuando se prende, dan ganas de correr, de gritar, de saltar, de abrazarse, de reír, de llorar, de sufrir, de angustiarse, de estar feliz.

Cuenta la leyenda que una vez le preguntaron a una monja alemana que se dedicaba a cuidar chicos huérfanos qué era la felicidad, y dijo: “La cara de los pibes cuando les tirás una pelota”.

Sería lindo seguirle dando la vuelta a esta idea con Osvaldo Soriano, con Eduardo Galeano y otros sabios, que con sus ocurrencias y reflexiones interminables y profundas como sables nos redoblen la apuesta.

Nos constituimos en la vida como seres futbolísticos en estos tiempos. Algunos reflexionamos más, otros menos; a algunos les gana más el negocio y el poder y a otros la gambeta y el caño. Otros aprenden de historia y geografía, y otros juntan figuritas.

Pero no se lo pierdan, no sean pavotes, al menos mírenlo; detengan un rato la mirada para observar y déjense sentir por el juego más maravilloso de la Tierra, que hace ser feliz a los chicos en cada rincón del mundo y a los pueblos que lo saben comprender.

Entonces tengamos en claro también que este tipo de seres no solo existe en Argentina: están por todo el mundo. Somos como aquel fantasma que recorre el mundo. Claramente las manipulaciones políticas, económicas, ideológicas, sociales y culturales están a la orden del día, pero lo sabemos, lo tenemos bien claro y los seres futbolísticos sabemos combatir. Y siempre vamos a dar batalla.

Atrás nos queda lejos ya el partido en el que Argentina le ganó a Suiza por 3 a 1 en tiempo suplementario. Ya lo dieron todo estos muchachos. Algunos esperábamos más. Sí, pero no pudieron esta vez. En ninguno de los partidos que ganaron pudieron controlar el trámite del juego, desequilibrar y definir, ni jugar lindo como ellos y nosotros hubiésemos deseado.

Los técnicos argentinos que salieron campeones del mundo se hartaron de decir lo difícil que es ganar un mundial de fútbol. Habrá que abrir bien los ojos, las orejas y la cabeza y entenderlo de una vez por todas.

Por más que tengas a Lionel Messi de tu lado, nada es fácil en un mundial, porque también tiene malos partidos y 39 años. Y porque se nota demasiado ya que los volantes no están ni cerca del nivel técnico y físico que tenían el mundial pasado.

Los defensores, salvo Lisandro Martínez, que está haciendo su mejor mundial, llegaron mal física y futbolísticamente, y se les nota. Los delanteros son muy pocos, hacen goles a cuentagotas y aparecen solo cuando ya parece que todo se acabó.

No hubo recambio. Los pibes nuevos que llevó el técnico no funcionaron, jugaron casi nada y otros fueron a comprar alfajores. Pero el técnico confió, o no le quedó más remedio que confiar, en ese equipo del 22 y en ese grupo al que se aferra ya como único camino.

Lo más divertido es que cuando decís: “Bueno, no pueden jugar peor que hoy, en el próximo van a levantar”. No, che, juegan peor; y más divertido aún es que siguen ganando. Con toda su entrega hasta el último minuto. Y están convencidos de eso, el pueblo está feliz y festeja en las calles.

Ahora se viene la semifinal contra quizás el rival más odiado y odioso que se pueda tener: la Europa colonialista, imperialista, eurocentrista. Y, a la vez, es cierto que hoy juegan muy bien y nos esperan el miércoles, pero… ¿y si en una de esas estos pibes siguen apostando a la misma boleta de no jugar, pero al final ganar?

Les dejamos una estrofa de Arbolito para calentar motores, como los calentó el Diego en México 86:

“Y pintan tus pintores, suena tu música fina

Siguen creciendo sanitos tus niños, tus niñas

Europa y tu simiente de choreo y de muerte

La belleza de los vencidos aún pudre tu frente”

 

4Palabras

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