Argentina / 5 marzo 2026

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Adelanto exclusivo del libro Operación Puntas Arenas, de Gonzalo Magliano

Publicado por Grupo Editorial Sur, es una crónica histórica atrapante de un mito de la resistencia peronista olvidado. Tiene prólogo de Hernán Brienza. Narra la increíble historia real de la fuga de seis dirigentes peronistas en 1957. En plena Revolución Libertadora, los presos políticos lograron escapar de Río Gallegos, atravesar la Patagonia y llegar a Chile para solicitar asilo.

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Cuando Jorge Antonio llegó al antiguo y majestuoso Palacio Unzué, la residencia presidencial seguía húmeda tras la lluvia torrencial del día anterior. Había sido convocado por el mayor Alfredo Renner. Eran las 8 de la mañana del sábado 17 de septiembre de 1955. A esa altura, la rebelión contra Perón estaba desatada. La madrugada del día anterior, un grupo encabezado por el general retirado Eduardo Lonardi, uno de los líderes del golpe de Estado, tomó la Escuela de Artillería de Córdoba e inició la sublevación en la provincia mediterránea. Pocas horas después, al mediodía, se sumaron alzamientos en la Flota de Mar, en Puerto Madryn, Chubut, y la Flota de Ríos. En la última, el almirante Rojas constituyó la comandancia de la Marina de Guerra en Operaciones.

Al ver a Perón cansado y triste, en la mente de Antonio apareció la imagen de Napoleón Bonaparte partiendo al exilio después de la derrota de Waterloo en 1815. El emperador derrotado sería enviado a la pequeña isla de Santa Elena, bien lejos de Europa, ubicada al lado del extremo sur de África. Allí terminaría sus días en 1821.

-Jorge Antonio, gracias a usted estuvimos advertidos y esto no lo olvidaré nunca. Pero debe cuidarse. Tiene muchos enemigos, incluso en nuestras propias filas -le advirtió Perón.

Mientras lo escuchaba, Antonio se preguntó por el destino del líder. Los rebeldes estaban decididos y eran implacables. Ya lo habían demostrado tres meses atrás en el bombardeo a Plaza de Mayo. Pero los soldados leales al gobierno eran mayoría y muchos obreros y dirigentes sindicales pedían armas para resistir. Todavía estaba abierta la batalla.

Perón se acercó a Antonio y le entregó una carta para que leyera en voz alta. En la habitación se encontraban el mayor Renner, el jefe de la Casa Militar de la Presidencia, coronel D’Onofrio, y el vicepresidente de la Nación, Alberto Teisaire. El presidente tenía pensado dársela al general Franklin Lucero, ministro de Ejército y leal al gobierno constitucional. Jorge Antonio empezó a leer:

-Hace pocos días intenté alejarme del gobierno si ello era una solución para los actuales problemas políticos. Las circunstancias públicamente conocidas me lo impidieron, aunque sigo pensando e insisto en mi actitud de ofrecer esta solución (…). No existe un hombre en el país con suficiente predicamento para lograrlo, lo que me impulsa a pensar en que lo realice una institución que ha sido, es y será una garantía de honradez y patriotismo: el Ejército. El Ejército puede hacerse cargo de la situación, el orden y el gobierno, para construir una pacificación entre los argentinos, empleando para ello la forma más adecuada y ecuánime… Ante la amenaza de bombardeos a los bienes inestimables de la Nación y sus poblaciones inocentes, creo que nadie puede dejar de deponer otros intereses y pasiones…

-Señor: este mensaje no se puede entregar. Hay que seguir peleando por la Revolución – le pidió Antonio.

-De ninguna manera, Jorge Antonio -respondió el aún presidente-. No puedo permitir derramamiento alguno de sangre argentina, al menos para mantenerme en el poder. Además pienso en todo cuanto son capaces de destruir estos agentes del imperialismo. Bombardearán las ciudades, incendiarán las destilerías, volarán las represas… Son capaces de todo.

Mucha sangre había sido y era derramada en el país. En la mente de Perón, la guerra civil española (1936-1939) aparecía como una posibilidad trágica y eso lo atormentaba. Si sofocaba la rebelión, volverían más cruentos, pensaba. Quizás si ofrecía su cabeza, las ansias de revancha se terminarían.

-Pero no se aflija excesivamente -completó Perón-. Si nosotros tenemos razón, volveremos llamados por la Historia. Y si nos hemos equivocado, aun cuando creíamos hacer todo el bien posible, de esta acción se beneficiará el pueblo.

Afuera de la residencia presidencial, en distintos puntos del país, la batalla se profundizaba y el golpe de Estado tomaba forma. Al mismo tiempo que Perón conversaba con Antonio y otros seguidores, el general Lonardi lograba tomar la Escuela de Infantería de Córdoba y le aseguraba al coronel Guillermo Brizuela, el director rendido, que se buscará la unión de todos los argentinos, y solo se juzgará a los delincuentes, para lo cual la consigna de la revolución es: “Ni vencedores ni vencidos”, tomada del caudillo Juan José de Urquiza, quién la dijera luego de derrotar a Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros en 1852. Al mismo tiempo, unidades militares leales a Perón avanzaban sobre la provincia mediterránea y la ciudad de Córdoba se convertía en un campo de batalla. La lucha era calle por calle. Del lado rebelde también peleaban comandos civiles. Al día siguiente, Isaac Rojas trasladó la comandancia de la Marina de Guerra en Operaciones al crucero 17 de Octubre y ordenó el bloqueo de todos los puertos argentinos.

En la residencia presidencial, todo era confusión, bronca, tristeza. Jorge Antonio acompañó al presidente y fue testigo de las escenas más diversas. Vio al coronel Oscar Cogorno, con lágrimas en los ojos, pedir tropas y órdenes para reprimir. Menos de un año después, Cogorno será parte del levantamiento del general Juan José Valle y terminará fusilado. En una de las tantas reuniones que armaron los partidarios y funcionarios del gobierno, el vicepresidente Alberto Tessaire le preguntó a Antonio: ¿no cree que Perón debería renunciar directamente y dejarme la presidencia a mí? ¿Para qué estoy yo?. Era el mismo que tres años atrás había sido calificado como peronista probado por la revista oficialista PBT.

El lunes 19 a las 6 de la mañana, Perón llegó al Ministerio de Ejército, acompañado del gobernador bonaerense Carlos Aloé. El general Franklin Lucero le pintó un cuadro optimista donde las fuerzas leales aún eran mayoría. Perón se veía abatido. Habló con Lucero y otros oficiales. Si era necesario para lograr la paz, estaba dispuesto a renunciar, les dijo. A las 8 de la mañana la Armada sublevada bombardeó Mar del Plata para destruir tanques de combustible en los que se podrían abastecer las tropas del Ejército leales al gobierno. Envalentonado, el almirante Rojas envió un ultimátum a Perón. Si no renunciaba, haría estallar la destilería de La Plata y atacaría Capital Federal.

A las 12:45, sin consultarle al presidente, el general Lucero leyó por radio la carta que dos días atrás Jorge Antonio había tenido en sus manos: –El Ejército puede hacerse cargo de la situación, del orden, del gobierno, para buscar la pacificación de los argentinos antes de que sea demasiado tarde, empleando para ello la forma más adecuada y ecuánime.

La carta era ambigua y no decía expresamente que Perón renunciaba. De hecho, no estaba dirigida al Congreso, por Constitución, el único poder del Estado que puede aceptar o denegar una renuncia del presidente. Ya no importaba. Las cartas estaban echadas. El general Lucero formó una Junta Militar, integrada por catorce generales, bajo la presidencia de José Domingo Molina, y comenzó a negociar con los rebeldes.

 

***

 

El 20 de septiembre a las 6 de la mañana, Perón se reunió en la residencia presidencial con un pequeño grupo, entre quienes se encontraba Jorge Antonio. Había llegado el momento de despedirse. Su decisión de pedir asilo político al embajador de Paraguay estaba tomada. Antes de irse, Perón se acercó a Antonio, aquel empresario joven y audaz que un día llegó a la Casa Rosada con el proyecto de instalar una planta de camiones en Argentina. No abandonó al líder en sus horas más tristes, derrotado y a punto de partir al exilio. Perón le hizo un último ofrecimiento:

-Quiero invitarlo a que marche al exilio conmigo, Jorge Antonio. Sé de su inquebrantable fe argentina y del patriotismo que lo anima. Esas dos virtudes, precisamente, le han acarreado gran número de enemigos. Usted será como una víctima expiatoria si se queda en el país.

Antonio miró a Perón y sintió su corazón partirse en dos cuando le respondió: -Señor, yo me quedaré. Le agradezco hondamente el ofrecimiento. Pero, aunque sé muy bien que lo pasaré mal, he de quedarme. Esa es mi decisión.

Ninguno continuó la conversación. Ya no había nada más qué decir. Se despidieron con un abrazo. Antonio, parado, vio a Perón irse en silencio, bajo una lluvia torrencial.



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