Milei apoya a Trump en Venezuela y espera algo para sí mismo
La sumisión del presidente libertario ante la intervención de Estados Unidos no solo humilla la tradición diplomática argentina: al dinamitar el derecho internacional, el gobierno desprotege el reclamo por Malvinas y convalida un peligroso estado de excepción.
- enero 6, 2026
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Roma traditoribus non praemiat. Tal vez todo resida en la incapacidad del presidente Javier Milei de entender que lo que el poderoso no premia es la conducta del débil que traiciona a los suyos para congraciarse. Esa incomprensión está en la base de la sumisión a la política exterior estadounidense que tuvo una nueva e indigna manifestación en el aplauso cerrado de Milei y el canciller Pablo Quirno a la invasión estadounidense a Venezuela. No por previsible resulta este hecho menos significativo. Por el contrario, al apoyar el accionar ilegal del gobierno de los Estados Unidos, Milei le asesta un tiro en la frente al derecho internacional, sólo sobre la base de cuyas normas Argentina, único país del continente americano con su territorio parcialmente ocupado, sostiene su reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas y su denuncia del Reino Unido como potencia invasora.
La sumisión argentina no recibe recompensa, sino punición, tal como la sufrieron quienes asesinaron a traición al luso Viriato y sólo obtuvieron la muerte como retribución del general romano a quien se la ofrendaron. Nuestro acero y nuestro aluminio siguen teniendo que pagar un arancel del 50% para entrar a Estados Unidos y el resto de las exportaciones, un 10%, la inversión extranjera directa se ha derrumbado en 2025. Pero Milei, que vive en un mundo (acotado) de palabras y jamás desciende al terreno de las cosas, no tiene registro alguno de esto.
No tiene registro tampoco de que en un mundo en el que se acepta como natural la imposición del más fuerte, Argentina tiene un destino funesto. No logra siquiera recuperar lecciones de aquellas presidencias de la república conservadora que siempre reivindica como ejemplo, aquella Argentina que no había caído en la decadencia que, según él trajo la democracia. Pues bien, ya en 1902 Julio Argentino Roca entendía que hacerse un lugar en el mundo para Argentina dependía de una combinación del poder duro que le daba la economía agroexportadora en aquella fase histórica del desarrollo y del poder blando que podía proyectar su diplomacia. La creación de normas, el establecimiento de principios que le restaran legitimidad al ejercicio de la fuerza bruta de quienes eran más poderosos que nosotros fue una tarea a la que nuestro país dedicó tempranamente esfuerzos.
En 1902 y 1903 estaba justamente Venezuela bajo un bloqueo naval impuesto por Inglaterra, Alemania e Italia, cuyos gobiernos pretendían cobrar por la fuerza deudas que Caracas se negaba a pagar. Frente a un Theodore Roosevelt que sostenía que la Doctrina Monroe sólo era de aplicación válida ante potencias europeas que quisieran apropiarse de territorio americano, Argentina carecía de fuerza militar para defender a los venezolanos.
Al apoyar el accionar ilegal del gobierno de los EE.UU. Milei le asesta un tiro en la frente al derecho internacional, sólo sobre la base de cuyas normas Argentina, único país del continente americano con su territorio parcialmente ocupado, sostiene su reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas y su denuncia del Reino Unido como potencia invasora.
Sin embargo, el canciller Luis María Drago enunció la doctrina que lleva su nombre, declarando ilegal el uso de la fuerza por un Estado extranjero contra una nación americana con fines de cobrar una deuda. Esa doctrina no sólo contribuyó a la resolución diplomática del bloqueo, sino que fue incorporada al derecho internacional poco después durante la Segunda Conferencia de Paz de La Haya, que sentó bases para la prohibición universal del uso de la fuerza en cobros de deuda. ¿Puede la misma Argentina pasar por alto la afirmación de Donald Trump, en la conferencia de prensa posterior a la agresión a Venezuela, de que la misma se justificaba en parte en un reclamo de resarcimiento a EE.UU. por las expropiaciones en el sector petrolero venezolano?
La sumisión de Milei echa en saco roto otros logros previos de la diplomacia argentina. EE.UU. extiende ilegalmente la jurisdicción de sus cortes para darle un viso de legalidad a la captura de Nicolás Maduro. Consentir eso es pasar por alto que el dictador venezolano puede ser juzgado bajo la jurisdicción universal de la Corte Penal Internacional, que Argentina ayudó a crear en 1990, bajo el gobierno de otro prócer del panteón mileísta, Carlos Menem. Mientras en esa Corte, en La Haya, se tramita una investigación preliminar de Maduro por crímenes contra la humanidad, Trump tiene a funcionarios de esa misma Corte y de su fiscalía bajo un régimen de sanciones que dificulta enormemente su trabajo en todos los casos que se tramitan en esa sede.
La mímica argentina, sin embargo, tiene su cumbre en la incorporación del inexistente “Cártel de los Soles” en el Registro Público de Personas y Entidades vinculadas a actos de Terrorismo y su Financiamiento, dependiente del Ministerio de Justicia. “Terrorista” es el cartel que Trump le cuelga a cualquier disidencia política doméstica, empleándolo con frecuencia cada vez más peligrosa para calificar hasta a los más timoratos entre sus opositores demócratas. Este uso, que Trump no inventó, pero del que abusa, apunta, como lo señala el sociólogo Martín Plot en su libro Indivisible. Democracia y terror en tiempos de Bush y Obama a legitimar un estado de excepción de alcances indefinidos.
El ataque a Venezuela debe alertarnos sobre un estado de excepción que Trump le impone al mundo, pero también sobre la pretensión de poder sin límites que anima a sus imitadores en países como el nuestro.
El extremo al que está dispuesto a llegar es el de inventar entidades para poder perseguir a ciertos opositores. Es el caso de Antifa, que podría ser definida como una firma para graffitis pero no constituye una organización. El mismo modus operandi llevó a inventar un supuesto Cártel de los Soles, que, a la hora de formalizar la acusación contra Maduro en los tribunales de Nueva York, desapareció misteriosamente del escrito de la fiscalía trumpiana.
Por encima del objetable principio por el que se rige la simbiosis del mileísmo con el trumpismo, hay que alertar sobre la aspiración que ambos comparten a desembarazarse de los controles republicanos que limitan su capacidad de ejercer arbitrariamente el poder. En eso, ambos vienen dando pasos escalofriantemente similares en política doméstica. No hay modo de separar, por ejemplo, el reciente DNU autorizando a la SIDE a realizar arrestos sin orden judicial, de la legitimación del mundo sin reglas en el que Trump acaba de decidir que las tropas de su país pongan por primera vez en la historia sus pies en América del Sur.
El ataque a Venezuela debe alertarnos sobre un estado de excepción que Trump le impone al mundo, pero también sobre la pretensión de poder sin límites que anima a sus imitadores en países como el nuestro.
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