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Dónde está eso que guardás en la nube

Ni en el desierto, ni en el Ártico: los servidores que contienen toda nuestra información no están en búnkers secretos y tampoco en lugares inhóspitos. Aunque no buscan ser vistos, están entre nosotros. A eso que guardás en la nube, alguien lo mantiene vivo.

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Cada vez que mandamos un mensaje, abrimos el home banking o miramos una serie, creemos que eso “está en la nube”. La nube suena liviana, abstracta, casi mágica. Pero no lo es. La nube pesa: toneladas de hierro, silicio, ventiladores, cables y electricidad a disposición de cada dispositivo. 

Detrás de cada servicio digital hay servidores. Muchos. Computadoras sin monitor ni teclado, diseñadas para no apagarse nunca. E incluso mientras dormimos, ellas siguen respondiendo pedidos. Miles o millones por segundo.

Y una de las incógnitas centrales es dónde están ubicados. Imaginamos la infraestructura de internet como algo etéreo o como búnkeres secretos en lugares inhóspitos, también se dice que se construyen en el medio del desierto o en el Ártico. La realidad es que esos servidores viven en data centers: edificios anónimos, a veces en las afueras de las ciudades, otras cerca de ríos o mares para facilitar la refrigeración. Algunos parecen galpones industriales; otros, bunkers. Los más críticos no tienen carteles ni ventanas porque no buscan ser vistos.

Adentro hay filas interminables de racks metálicos, sistemas de refrigeración industrial, baterías gigantes, grupos electrógenos y sensores por todos lados. El calor es el enemigo. La electricidad, un asunto casi sagrado. Un data center serio está preparado para seguir funcionando aun cuando todo lo demás se apaga.

La mayor parte del tiempo, nadie “usa” esos servidores de forma directa. Se administran a distancia, con automatización y monitoreo constante. Si uno falla, otro toma su lugar con el objetivo de que el usuario no note nada.

Una categoría de servidores crece más rápido que el resto: la de los servidores dedicados a inteligencia artificial, con GPUs tan caras como un auto, voraces en energía y difíciles de enfriar. A diferencia de otros servidores que sí pueden estar en cualquier lado, los de IA se están instalando donde la energía es barata y el clima es frío.

Pero a veces algo sale mal. Hace apenas un par de semanas, por ejemplo, una caída en la infraestructura de Cloudflare dejó inaccesibles miles de sitios web y servicios en todo el mundo. Cloudflare no es una red social ni una app que el usuario abra todos los días, pero es una pieza clave de Internet: actúa como intermediario, filtro de seguridad y acelerador de tráfico para una enorme porción de la web. Entonces, cuando Cloudflare falla, fallan otros. Muchos.

Se supo que no fue un ataque masivo ni una conspiración sofisticada. Fue un problema técnico en una capa central de la red. Invisible para la mayoría, crítica para todos. Porque a pesar de todo, los servidores son vulnerables. A ataques, sí, pero sobre todo a errores humanos, configuraciones incorrectas, actualizaciones mal probadas y exceso de confianza. A veces no hace falta “hackear”, alcanza con que alguien toque lo que no debía.

Hoy existen servidores para todo. Páginas web, bases de datos, correos, pagos, videos. Pero hay una categoría que crece más rápido que el resto: la de los servidores dedicados a inteligencia artificial, con GPUs tan caras como un auto, voraces en energía y difíciles de enfriar. A diferencia de otros servidores que sí pueden estar en cualquier lado, los de IA se están instalando donde la energía es barata y el clima es frío

Internet no es etérea, ni limpia, ni infinita. Consume energía, requiere mantenimiento humano y concentra poder en quienes controlan esa infraestructura. Cada clic depende de máquinas que no vemos y de personas que trabajan para que nada falle. Por eso, la próxima vez que alguien diga “esto está en la nube”, conviene recordar que no está en el cielo. Está en algún lugar muy concreto. Y alguien, en silencio, lo está manteniendo vivo.

 

(*)Dr. por la Universidad de Cergy-Pontoise (Francia), Ing. en Electrónica por la Universidad Nacional de La Plata. Actualmente dirige las Ingenierías Electromecánica y Electrónica y es investigador del Instituto de Tecnología (INTEC) de UADE.



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