Argentina / 29 octubre 2026

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Forastera 

Una reflexión sobre la nostalgia, el desarraigo de los estudiantes del interior y el espejo de la maternidad al volver a la ciudad de la juventud, donde los hijos escriben su propia historia.

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 Son las dos y media de la mañana cuando el colectivo de larga distancia deja atrás la Terminal del pueblo donde crecí. Igual que sucede desde hace al menos tres décadas tardará casi el doble que un auto en recorrer la distancia que me separa de mi ciudad natal, donde ahora vive mi hijo mayor.
Igual que siempre las temperaturas oscilarán desde el frío extremo al calor exasperante y no tendré dónde meter el extenso metro de mis piernas, amasijadas por el respaldar de mi vecino delantero.
Trataré de dormir pero el chófer va a gritar el nombre de cada una de las paradas y olvidará la luz encendida a eso de las cuatro de la mañana.
En algún momento voy a rendirme, bajo la sospecha siempre eterna de que quizás llegue tarde a cursar o que el peso que llevo va a ser imposible de cargar las casi veinte cuadras que me separan de casa, de esa en la que dejé de vivir tres décadas atrás.
Después un movimiento brusco va a despertarme y voy a descubrir no sólo la contractura cervical sino el cuerpo de mi hijo menor que usé de almohada.
Soy una forastera en el mismo territorio que me vio nacer. Una migrante. Una autoexiliada. Recupero las imágenes de las cuadras cuando el Uber sigue el mapa parlante de la aplicación, algunas casas ahora venidas a menos, los yuyos en las veredas que nadie procura cortar, los adoquines, los baches, las diagonales que sostienen el silencio de sus domingos amanecidos.
Los recuerdos se apelmasan, se condensan, se mezclan, se entregan a la masa informe de los años pasados. El departamento de 54 de mi amiga Chichi, el surco en diagonal 73 para ir a la facultad, circunvalación, el hospital adonde fuimos cada vez que tuvimos una urgencia, la rotisería de Plaza Matheu en la que comprábamos pastas los domingos para hacer un bucle tempoespacial con la casa familiar, la turbación de las horas que no pasaban nunca, la pesadumbre de vivir solos a los diecisiete años y no saber limpiar, proveerse de alimentos, lavar la ropa, calcular los tiempos para estudiar y sobrevivir, la voracidad de tener toda la vida por delante y la angustia de no saber si se puede con ella, el aturdimiento de los frenos de los colectivos, los desconocidos de acá para allá, el anonimato. El tan deseado y solitario anonimato. No ser hija de, hermana de, alumna de, nieta de, amiga de, clienta de, habitué de…
Mi hijo mayor sale a recibirnos por el pasillo cuando lo llamo. Parece un náufrago. Parece estar sobreviviendo. Parece casi adulto. No lo es. Me abraza y se queda así lo suficiente. 

Adonde voy volviendo yo/ que siempre quiero/ irme a otra parte, recuerdo de Diana Bellesi. 

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