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Cucaracha a mucha honra
Un insulto pronunciado desde el poder impulsó el Cockroach Janta Party, un movimiento estudiantil y de clase media en la India. Luego de canalizar el descontento por exámenes manipulados y exclusiones masivas del padrón electoral, la juventud transformó el estigma en resistencia activa, desafiando el aura de inevitabilidad del gobierno de Modi.
- octubre 29, 2026
- Lectura: 8 minutos
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Hay insultos que se vuelven un eco inaudible apenas pronunciados y otros que, por el contrario, terminan adquiriendo una inesperada vida política. En la India, llamar “cucarachas” a los jóvenes desempleados parecía una humillación más de las que inflige un poder seguro de sí mismo. Pocas semanas después, el insulto se había convertido en el nombre de un movimiento, en una identidad colectiva y en una advertencia para el gobierno fundamentalista hindú de Narendra Modi. La historia de las cucarachas indias no es, en rigor, la historia de un partido. Es la de una generación que descubrió que el anatema con el que el poder busca estigmatizarla puede ser usado como un bumerán.
Todo comenzó, como tantas cosas en la política contemporánea, con una frase enunciada desde una institución que debería saber medir sus palabras. En mayo de este año, el presidente de la Corte Suprema de la India, Surya Kant, comparó a los jóvenes indios con insectos y parásitos. La frase buscaba descalificar; terminó bautizando. A los pocos días, Abhijeet Dipke, un estudiante de 30 años, creó en la web y popularizó en redes el Cockroach Janta Party, el Partido Popular de las Cucarachas. Las siglas, CJP, no son casuales: imitan deliberadamente las del Bharatiya Janata Party, el BJP del primer ministro Modi. Una broma de precisión quirúrgica.
El nombre circuló con la velocidad de todo lo que duele y divierte a la vez. En pocas semanas, la cuenta de Instagram del movimiento acumuló más de 22 millones de seguidores. Pero el fenómeno no se agotó en la viralidad digital. Pronto quedó claro que el CJP no había nacido para producir memes, sino para nombrar una condición. La cucaracha no es bella, no pide permiso y no desaparece como especie porque alguien aplaste a una. Resiste. En un país donde la juventud representa una porción enorme del electorado pero una minoría ínfima del poder, el insulto terminó describiendo con exactitud la situación política de una generación: visible, numerosa, despreciada e imposible de exterminar.
La ocasión para que las “cucarachas” debutaran como movimiento fue la filtración de las preguntas del Examen Nacional de Elegibilidad y Admisión de Pregrado (NEET-UG, por su sigla en inglés), la prueba de acceso a la educación médica. Para las familias de clase media india, esos exámenes no son un trámite administrativo: son una lotería existencial. Detrás hay años de clases particulares, ahorros familiares, expectativas, sueños y la convicción, a veces ingenua pero profundamente arraigada, de que el mérito puede abrir una puerta que la casta incorrecta o la falta de dinero o de contactos suelen mantener cerrada.
Cuando emergió la sospecha de que las preguntas habían sido filtradas, no se protestó solamente por un examen. Se protestó contra la confirmación de que el ascenso social puede ser administrado por unos pocos. El CJP ocupó Jantar Mantar, la explanada monumental que es epicentro de protestas en Nueva Delhi, durante semanas. La movilización creció, se extendió a otras ciudades y terminó produciendo algo que el gobierno de Modi no estaba acostumbrado a conceder: una renuncia, la del ministro de Educación, Dharmendra Pradhan, el 25 de julio.
No fue una revolución, desde luego. Pero en política, cuando alguien pierde la costumbre de perder, incluso una dimisión se siente épica. Por primera vez, un movimiento juvenil, nacido de una broma y organizado en redes, había arrancado una concesión tangible a un gobierno que había construido su legitimidad ejerciendo el poder con mano de hierro.
130 millones fuera del padrón
Si la primera tropelía del gobierno fue la manipulación de un examen, la segunda fue la tergiversación del padrón electoral. Desde mediados de 2025, la Comisión Electoral india impulsa una “revisión intensiva especial” de los padrones electorales. En teoría, se trata de depurar listas: eliminar fallecidos, duplicados, actualizar domicilios y detectar presuntos extranjeros irregularmente inscriptos. En la práctica, lo que sucedió fue que se dieron a conocer los borradores de nuevos padrones en 30 estados y territorios y se supo que 130 millones de nombres se eliminaban por considerarse que eran de ciudadanas y ciudadanos ausentes, desplazados, fallecidos o duplicados. El 13% del electorado, borrado de un plumazo.
La Comisión sostiene que no se trata de eliminaciones definitivas y que, tras numerosas impugnaciones, el recorte final resultará menor. Puede ser cierto. Pero la desconfianza no nace de un dato aislado: surge de haber visto con atención la película. En las ocho revisiones intensivas anteriores, el padrón había crecido; esta vez disminuyó. Aquellas y aquellos cuyos nombres fueron suprimidos incorrectamente, si piden reincorporarse, deben presentar documentación que no todos tienen. La discriminación resultante afecta desproporcionadamente a migrantes internos, pobres, jóvenes sin papeles de sus padres, habitantes de barrios informales. El caso de un sastre de 53 años que debió demostrar que no estaba muerto para recuperar su derecho al voto resume mejor que cualquier otro ejemplo la naturaleza del problema.
Las cucarachas entendieron que el asunto ya no era la restricción del ascenso social sino los derechos constitucionales básicos. Si el examen certifica quién puede ascender, el padrón decide quién puede elegir. Atacar ambos mecanismos es tocar dos pilares de la India moderna: el mérito escolar y la ciudadanía electoral. No es casual que en las marchas los manifestantes exhiban copias de la Constitución y fotos de B. R. Ambedkar, uno de los arquitectos de la carta magna y prócer de las castas intocables.
El presidente de la Corte Suprema de la India, Surya Kant, comparó a los jóvenes indios con insectos y parásitos. La frase buscaba descalificar; terminó bautizando. A los pocos días, Abhijeet Dipke, un estudiante de 30 años, creó en la web y popularizó en redes el Cockroach Janta Party, el Partido Popular de las Cucarachas.
La respuesta fue la que suelen dar los gobiernos que confunden orden con silencio. Para la protesta del 10 de octubre en Delhi, se desplegaron miles de efectivos policiales y paramilitares. Se cerraron estaciones de metro, se impidió la llegada de trenes de larga distancia, se levantaron vallas de acero y se produjeron detenciones preventivas, entre ellas las de tres dirigentes del CJP que intentaban llegar a Jantar Mantar desde el aeropuerto.
La policía alegó que el lugar solo podía albergar con seguridad a mil personas, mientras se esperaban siete mil. Al día siguiente, el sitio perdió su condición de recinto habilitado para manifestaciones. La lógica represiva habitual: primero se reduce el espacio físico de la disidencia; después se argumenta que, como no hay espacio, no puede haber protesta. Es una coreografía que se repite en demasiadas democracias contemporáneas, con variantes locales pero con la misma partitura.
Pero la represión tuvo un efecto secundario poco conveniente para el poder. Mohini Majumdar, una estudiante de 20 años de la Universidad de Delhi, fue detenida durante la marcha. Al día siguiente volvió a protestar. “En el momento en que me reprimieron, el miedo desapareció”, le dijo a The New York Times. Es una frase que debería inquietar a cualquier gobierno: la violencia estatal no siempre produce obediencia; a veces produce testimonios.
Una generación a la que le rompieron el contrato
El fenómeno indio no puede explicarse por una ira juvenil que no es más que un síntoma. Hay algo más profundo: la ruptura de un pacto. Durante años, el nacionalismo hindú ofreció una promesa doble: prosperidad material a cambio de la aceptación pasiva del orden, identidad y obediencia política. Muchas familias hindúes de clase media, núcleo duro del apoyo a Modi, aceptaron el trueque propuesto. Pero ahora descubren que un examen filtrado puede destruir el futuro de sus hijos, que un título universitario no garantiza empleo y que un padrón electoral manipulado puede silenciar incluso a quien le ha sido leal a Modi.
El desempleo juvenil, la inflación, la devaluación del título universitario y la competencia despiadada por cargos en el servicio público componen un paisaje de frustración que no distingue religiones, ni clases, ni castas con la pulcritud que quisiera el discurso oficial. Las protestas de octubre se extendieron a Bangalore, Chennai, Calcuta y Bombay. Y, por primera vez en mucho tiempo, el desafío no provino solamente de las minorías históricamente sospechosas para el nacionalismo hindú (musulmanes, budistas, sikhs, castas inferiores, movimientos campesinos, pobres), sino también de jóvenes educados, de clase media e hindúes: los hijos de la coalición social que llevó y mantiene a Modi al poder.
Sería cómodo leer esto como una moda de redes sociales, una rebelión de memes destinada a disolverse cuando lo dicte el algoritmo. Sería un error. La comodidad es hermana de la pereza intelectual. El CJP no es todavía un partido convencional, ni pretende serlo del todo. Es algo quizás más interesante: una forma de organización política nacida del ridículo infligido al poder. Su agenda incluye transparencia electoral, reforma de los medios de comunicación y mayor representación de las mujeres. Sus filas las incluyen en proporción notable, en un país donde ellas son una fracción muy menor del poder legislativo y donde el espacio público es un ámbito con unas tasas de acoso y violaciones altísimo.
El régimen autocratizante de Modi no está al borde de un colapso ni la India a las vísperas de una primavera revolucionaria. El BJP no enfrentará el veredicto de las urnas hasta 2029 y el sistema electoral sigue siendo un mecanismo que facilita su dominación. Pero algo se ha roto: el aura de inevitabilidad. Un gobierno que necesitó desplegar un aparato policial fornido para impedir una marcha estudiantil ha admitido, sin querer, que la calle todavía le preocupa.
Al final, el presidente del Tribunal Supremo eligió mal su insulto. Las cucarachas no son símbolo de decadencia: son símbolo de persistencia. Y en la India, como en tantos lugares del mundo, la política del próximo tiempo quizás no la escriban los partidos instalados, sino quienes aprendieron a sobrevivir bajo la bota y a reírse mientras salen de debajo de ella.
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