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Las cuatro Argentinas y la grieta social
Historias cotidianas que reflejan las realidades de un país fragmentado en diversas realidades socioeconómicas. Entre la pobreza, la vulnerabilidad, la clase media en jaque y la estabilidad de los sectores altos, emerge un fenómeno de implosión social: familias que la pelean solas, desconectadas entre sí y con el único norte de un futuro mejor para sus hijos.
- julio 6, 2026
- Lectura: 7 minutos
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- julio 6, 2026
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Son las 11 de la mañana, Juan está volviendo a su casa. Salió temprano a buscar alguna changa pero hoy no tuvo suerte, fue hasta la rotonda, dio vueltas por algunos comercios pero nada. La semana pasada estuvo un poco mejor, hubo un par de días en los que enganchó unos arreglitos en una casa. A la tarde va a salir con la bici a hacer unos repartos para que, al menos, el final del día lo agarre con algo de plata en el bolsillo. Si se complica mucho va a tener que ir al comedor de la Iglesia.
Su mujer la lleva mejor, tiene algunas casas de familia en las que trabaja y, si bien le bajaron el número de horas, sigue laburando y cobrando quincenalmente. Tienen dos hijos, cobran la AUH y la Tarjeta Alimentar (que yo creé siendo ministro de Desarrollo Social y que aún continúa) y el orgullo de la familia es que sus hijos van bien en la escuela y que las maestras cada tanto los felicitan.
Juan y su familia deben plata, están endeudados, no tienen claro en cuánto porque sacaron plata acá y allá para sobrevivir. Ven que todos los amigos y todos los que los rodean en el barrio están igual de complicados. Ellos forman parte de la Argentina pobre, de ese 35% de los argentinos que no tienen los servicios básicos en sus viviendas, que son pobres, sus padres fueron pobres y sus abuelos también. Están complicados con el laburo, pero la pelean. No tienen horizonte de mejorar, pero quieren que sus hijos estudien y tengan chances.
Unas horas antes, a las 8 de la mañana y en otro barrio, Pedro puso en marcha la chata y salió a laburar. Es carpintero pero hoy hace de todo un poco. Tiene laburo, le cuesta cobrar pero igual la va llevando cada vez con más dificultades para pagar todos los gastos fijos de la familia.
El último aumento de la luz y el gas terminaron de desacomodar la economía de la familia pero su mujer insiste con mantener a los chicos en la escuela parroquial. Cada tanto se atrasan con las cuotas, pero como todos están igual, en la escuela entienden. Ya no pueden pagar la cobertura de salud y se dieron de baja. Pero la escuela sí, quieren que sus hijos sigan en esa escuela.
Ellos también están endeudados, empezaron pagando el mínimo de la tarjeta y después se fueron complicando con otros créditos. Hasta hace un tiempo tenían la
idea de hacer unas mejoras en su casa, hoy están viendo cómo hacen para no seguir acumulando deudas.
Pedro y su familia forman parte de la Argentina vulnerable, de los que tienen trabajo informal sostenido, del 30% de los argentinos que viven de sus propios ingresos y dependen mucho de cómo funcionan actividades como la construcción. La están pasando mal, le tenían fe al gobierno, hoy no le tienen fe a nada. Pero siguen adelante y quieren que sus hijos sigan en esa escuela
A las 7.30 de la mañana, en un barrio distinto al de Juan y al de Pedro, María sale para la escuela. Es docente desde hace 15 años y con su marido, que trabaja en una compañía de seguros, se pasaron toda la tarde anterior haciendo cuentas tratando de entender por dónde se les va la plata y cómo es que cada vez les alcanza menos. Hicieron una lista de lo que hay que recortar, pero parece difícil que con eso alcance.
Hace unas semanas, él se bajó la aplicación y empezó a manejar el auto para incorporar un tercer ingreso en la familia. No quieren endeudarse. Por eso, hoy ya tiene las tres aplicaciones, sobre todo para cuando hay que meterle muchas horas al auto el fin de semana.
La grieta no es política, la grieta es social. Es la brecha cada vez más grande entre las cuatro Argentinas con un montón de familias peleándola con la sensación de que están solas, que la política no las mira, que nadie las registra. Es un fenómeno de “implosión social”, de mucha gente que la pasa mal, que revienta para adentro, pero que sigue peleándola sobretodo por sus hijos.
Sus hijos van a una escuela privada, tienen una cobertura de salud también privada, tienen cada vez más costos fijos, por ahora siguen en ese camino, pero no saben hasta cuándo. Uno de sus hijos tiene una discapacidad, no están muy al tanto de lo que pasa en la política, pero les parece increíble la insensibilidad que tiene el gobierno con las personas con discapacidad.
María y su familia forman parte de la Argentina de clase media, del 30% de los que tienen trabajo formal con recibo de sueldo y los beneficios que ello significa, también de los argentinos a los que más les ha aumentado el costo de vida (ni hablar si, además, tienen que pagar un alquiler). Quieren seguir siendo de clase media, la pelean día a día pero ven que sus amigos, los que tienen trabajo o los que tienen un pequeño comercio, se achican cada día un poco más.
A las 9 de esa misma mañana, en un barrio distinto al de Juan, al de Pedro y al de María, Ezequiel sale de su casa para empezar su jornada laboral en el sector financiero. Cree que los cambios que está haciendo el gobierno son los que había que hacer, aunque no le gustan las formas. Su actividad económica está bien, le pone mucha cabeza y esfuerzo, pero está bien.
El nivel de vida y los consumos se sostienen, presta atención a lo que salen las cosas, pero la economía familiar se mantiene estable. Tiene expectativas de que al país le vaya mejor en los próximos años y cree que se necesitan más inversiones y más mercado para dar el salto.
Su familia, especialmente sus hijos, se dan cuenta de que para muchos las cosas están complicadas pero también ven oportunidades para adelante. No viven en un tupper, pero creen que el camino es el correcto.
Ezequiel y su familia forman parte de la Argentina de clase alta, del 5% de los argentinos con altos niveles de consumo y de concentración económica. Son los argentinos a los que la crisis no les llega y que entienden que en algún momento la economía va a empezar a derramar.
Juan, Pedro, María y Ezequiel representan cuatro Argentinas distintas porque viven en lugares muy diferentes, porque sus situaciones sociales son también diferentes y porque no tienen contacto entre sí. El nuestro es un país partido socialmente, con una profunda grieta social que se va ampliando en la medida en que el Estado se retira y cada uno resuelve sus problemas como le sale, a lo que le sale, sin apoyo estatal, con muy pocos vínculos comunitarios.
La grieta no es política, la grieta es social. Es la brecha cada vez más grande entre las cuatro Argentinas con un montón de familias peleándola con la sensación de que están solas, que la política no las mira, que nadie las registra. Es un fenómeno de “implosión social”, de mucha gente que la pasa mal, que revienta para adentro, pero que sigue peleándola sobre todo por sus hijos.
Aún así, en un contexto tan difícil, hay algunas buenas: todos quieren que a sus hijos les vaya bien en la escuela; todos siguen peleándola; todos tienen la íntima esperanza (aún con tantos nubarrones) de que algo bueno vamos a saber construir para adelante.
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