Ni Una Menos: por qué el silencio de los hombres es el nuevo límite a vencer
Ante una violencia que no cesa, el antifeminismo de Estado y la precarización económica, toda la sociedad debe ser interpelada. Testimonios de hombres de distintas generaciones revelan el miedo a la condena virtual, la dificultad para romper el pacto de varones en sus círculos íntimos, qué pasa con su virilidad frente a otros hombres.
- junio 2, 2026
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A once años de la primera convocatoria de Ni Una Menos esta vez el ordenador, el combustible, es la rabia por los femicidios que siguen ejecutándose cada 30 horas, es el antifeminismo de Estado, la desidia judicial, el modelo económico y el impacto que genera en las víctimas de violencia. También moviliza –en especial a través de redes sociales y en recortes de canales de streaming– la pregunta acerca de qué pasa con la otra mitad de la sociedad que queda inmóvil frente a la violencia de género, frente a un femicidio y por qué no se rompen los pactos de silencio entre varones.
Este interrogante, latente desde hace tiempo, encuentra hoy un espacio para ser debatido a fondo. Aparece la necesidad de sellar un nuevo contrato entre hombres, mujeres, diversidades que cambien las reglas y ahorren tanto dolor. Queda cada vez más expuesta la necesidad de crear grandes consensos, de ponerle el cuerpo a siglos de vejación, maltrato, vergüenza, de hacer algo ese silencio frente a la violencia enquistada en grupos de amigos, de hermanos, de primos, de lazos familiares y sociales.
Si bien es un trabajo colectivo, el mandato recae sobre todo en los hombres: son ellos quienes deben romper con esa lealtad. Los varones están en condiciones de ejercer un rol central en la lucha contra la desigualdad, reflexionando acerca de qué significa “ser un hombre”, cómo están constituidos socialmente y qué les otorga virilidad. Porque el sistema actual impide a hombres, mujeres y diversidades convivir con dignidad, libertad y paz. Las mujeres no podemos seguir hablando solas.
Para intentar desentrañar qué les pasa a los varones en la intimidad de sus círculos, ante la pérdida del empleo, el endeudamiento, el rol de proveedor o la violencia de sus pares, desde 4Palabras buscamos respuestas en hombres de distintas regiones, de entre 20 y 70 años, de profesiones tan diversas como la medicina, la contabilidad, el periodismo, la investigación y el ámbito empresarial, entre otros. Las preguntas claves tienen que ver con qué pasa con los varones, qué les pasa con otros que tienen más poder. Por qué el silencio en las redes sociales, por qué a los varones les cuesta enfrentar a otros que ejercen violencia sobre las mujeres, por qué existe tanto temor a ser señalados.
El mandato económico cala hondo en la identidad masculina. La falta de empleo o la precarización no solo impactan en el bolsillo, sino también en la autoestima y en la concepción tradicional de masculinidad. En ese sentido, un entrevistado de 66 años, que proveniente de un entorno de clase media acomodada, relata cómo el mandato del éxito financiero marcó a fuego a su generación: “Tener éxito para nosotros era tener un buen trabajo, y tener un trabajo exitoso era hacer plata, no hacerla automáticamente te ponía en algún lugar diferente (…) El rol de proveedor sigue siendo un peso muy grande y muy difícil de sacarse de encima, por lo menos para nuestra generación”.
Los varones están en condiciones de ejercer un rol central en la lucha contra la desigualdad, reflexionando acerca de qué significa “ser un hombre”, cómo están constituidos socialmente y qué les otorga virilidad. Porque el sistema actual impide a hombres, mujeres y diversidades convivir con dignidad, libertad y paz. Las mujeres no podemos seguir hablando solas.
Esta presión transgeneracional se replica en los testimonios de los más jóvenes. Javier, de 35 años, platense, comparte su experiencia reciente: “Hace no tanto me quedé sin laburo formal y me afectó bastante. En casa no soy el de mayores ingresos y eso me genera inseguridades. Por eso digo que sí, que la sociedad mira distinto a quien no puede cumplir con el rol proveedor”.
Para algunos, sin embargo, la sanción por incumplir con este parámetro es más íntima que social. “El castigo por no cumplir el rol de proveedor puede ser más autoimpuesto que de la misma sociedad que percibe las dificultades económicas y sociales de la dinámica actual”, aporta Iván, investigador de 33 años y un contador que lo dobla en edad señala que la precarización laboral genera un repliegue emocional porque “afecta mucho la autoestima… La angustia queda oprimida y limita el libre pensamiento”.
La masividad de los reclamos de las mujeres contrasta con el silencio de muchos varones. ¿Por qué cuesta tanto compartir el pedido de justicia por un femicidio en las redes sociales? Las respuestas varían entre la falta de empatía, la crisis de los canales digitales y el temor al ridículo.
“No sé si es temor a ser señalado, es una causa que no interpela o no cala en los varones porque no dimensionan o no empatizan con la gravedad del problema, posiblemente lo vemos como algo ajeno a nuestros problemas”, reflexiona Javier. Por otro lado, aparece el miedo a la mirada del resto y a la etiqueta del “aliado impostado”. Otro de los consultados es Gastón, de 36 años, que explica el dilema de la exposición virtual: “Me pasa muchas veces que no sé qué poner y qué puede sumar a la causa. Hay un miedo a sonar como un aliade impostado. El temor a ser señalado por varones también existe. Hay una ruptura también de pibas indignadas y chabones que están rascándose los huevos nada más y que pasan el tema por encima, creo que una tarea de todos resolverlo, no simplemente los chabones, hay que despojarse de los prejuicios y discutir”.
En sintonía, se apunta al momento de individualismo y la lógica de los algoritmos: “Estamos en un momento tan individualizante que posiblemente los algoritmos estén muy marcados por lo que a vos te interesa (…) y te aparezcan pelotudeces de fútbol solamente (…) y no tanto de que han asesinado a una piba en Córdoba. Siento que las redes sociales están en crisis también, entonces no sé qué debate como este, que es profundo, se puede dar por una red social”.
La tarea más ardua que tienen por delante los varones se vincula, sin duda, a cómo reaccionar a la violencia cuando se manifiesta dentro de su propio grupo de pertenencia. Aunque el rechazo discursivo es mayoritario, la intervención real ante un amigo o conocido violento muestra matices complejos.
“No se me ocurre una situación en la que no confrontaría con otro que ejerce violencia”, sostiene con seguridad Pedro, contador y docente en el interior bonaerense.
En contraposición, Ignacio, profesional de la salud de la provincia de Río Negro analiza el costo social de romper el pacto de varones: “Muchos incluso están de acuerdo con esas maneras (…) y aquellos que la confrontan terminan siendo excluidos del grupo o frustrados por la complicidad entre pares. Imagino que se prefiere, por comodidad, no someterse a una situación tan desgastante”.
Roberto es el mayor de los entrevistados, reconoce que la teoría y la práctica suelen chocar cuando entra en juego el afecto: “Generalmente ahí tienden a callarse, es muy difícil confrontar a una persona conocida o un amigo… Reconozco que si fuera un amigo, sería una situación muy difícil para mí. Uno podría decir ‘no hay duda, hay que denunciar’, pero las relaciones son mucho más complejas que blanco y negro (…) A lo mejor lo que sucede es que te alejas o dejas de ser amigo, pero no siempre se confronta”.
“Sólo tuve un caso en el que era amigo de los dos y terminé distanciado de él pero sin pelearme. Existe el miedo a romper relaciones cuando se es cercano a la persona”, dice Javier. Sin embargo, en algunos entornos se percibe un cambio sutil: “En algunos grupos hay una discriminación silenciosa. Un apartamiento indirecto por parte del grupo hacia el violento. Es incipiente sobre todo en entornos donde además de mujer hay niños”.
La coyuntura política, cargada por discursos oficiales que minimizan la violencia de género, genera un clima de malestar también en varones que advierten que las conversaciones profundas que se habían ganado en años anteriores están perdiendo terreno, devoradas por la complicidad o la impunidad de los discursos.
“En este momento de degradación social, algunos discursos han ido legitimando un pensamiento que estaba escondido en otro momento. Esa vara se ha ido torciendo un poco, creo que los chabones lo dicen con impunidad total (…) Está todo tan cargado de pelotudez, o la vara está tan baja, que importa más la Champions y ‘dale puto’, y todo se vuelve joda y una joda no pensante, que es muy difícil poder tener conversaciones de verdad profundas sobre la temática”, relata Gastón.
La percepción de retroceso es general. Quien antes celebraba avances en sus círculos íntimos, hoy advierte una regresión. “Vi muchos cambios en los grupos con el tema de chistes pelotudos misóginos. En muchos grupos nos animamos a dar esas discusiones. Ahora siento que todo fue para atrás otra vez”, señala Javier.
Incluso la resistencia se cuela en diálogos de la vida cotidiana. Así lo grafica Roberto: “Acabo de discutir con mi odontólogo porque justamente él dice que esto es al revés. Que hay más violencia de género justamente porque el feminismo, entre otras cosas, destruyó algunos de los márgenes de organización y valores que sostenían a la sociedad. Así que no es un tema fácil”.
Romper la complicidad estructural y los lazos de poder arraigados es una tarea compleja, pero indispensable. Para que la salida sea efectiva, el debate debe incluir a hombres, mujeres y diversidades. Porque eso obliga a todos a abandonar la comodidad del silencio y transformar, de una vez por todas, las reglas que siguen costando nuestras vidas.
4Palabras
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