El velorio del Indio: donde el abrazo fue seña y parte
Más allá del bronce liberal o la épica de Billiken, la despedida al Indio Solari se transformó en una fiesta popular, un acto de fe colectiva y una trinchera solidaria donde la comunidad se abrazó para ganarle al olvido y disputar el sentido de la nación.
- junio 8, 2026
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Un velatorio puede definirse como un rito sagrado donde lo pagano, la mera vida, expresa como puede su diálogo con la muerte. Un velorio indicaría que el que murió sigue vivo de otro modo, por caso, en otrxs. Los velorios multitudinarios expresan lo vivo en una cultura, lo que no se acepta del todo que muera, lo que se pretende persista, sobreviva.
Cómo pensar una nación desde estos ritos/hitos. Desde el tener y enaltecer muertes/muertxs en común. Los grandes sepelios otorgan una clave, una huella. Si todos los velorios masivos son populares (Eva, Néstor, Diego, Indio), por qué la historia liberal de próceres de Billiken y mármol, que no convocan más que la aristocracia que nombra y narra, se cuela, cala y manda.
La nación que se expresó en un grupo de palabras e ideas cantadas desde una poética hipnótica, es la que permite que el desheredado se encuentre con el rebelde y unx y otrx se alienten y alimenten, una donde entre el que vende pati y el que pasa en una 4×4 se teje un vínculo que no anula la desigualdad, sino que la nombra, la deja latiendo.
Una, donde el abrazo es seña y parte, incluso entre desconocidxs. Una piba consuela a un cincuentón errabundo que llora con la canción de auto-despedida del Indio. La amabilidad y solidaridad en medio de la celebración y emoción colectiva estructuran y organizan la escena.
A un vendedor de cervezas se le abre la heladerita en las escaleras del tren. Todxs lo ayudan a meter el preciado producto dentro, regalando las machucadas. Lxs vendedorxs cantan, ponen carteles en los puestos al lado de los precios saludando al Indio. Canta el desdentado, la embarazada, el borrachín, el piberío, cantan y se abrazan todxs.
Este velorio fue también un acto de gobierno, una apuesta gubernamental. Gobernar es gestionar los deseos de un pueblo. Ni reprimirlos ni negarlos. Tramitarlos, hacerlos posible. Incluso los que incluyen riesgos. Lo otro es un mundo de fantasía solo sostenible, y por poco tiempo, a fuerza de violencia e implosión generalizada.
Proponer una actividad que “dure lo que tenga que durar” es asumir la dificultad de una multitud que puede desbordarse, más aún una que tiene la afrenta contra la policía en la mira (“matar un rati, para vengar a Walter” se canta) Y hasta cuando me fui, diez horas luego de llegar, ni polis ni (claro) conflictos.
Gobernar es gestionar los deseos de un pueblo. Ni reprimirlos ni negarlos. Tramitarlos, hacerlos posible. Incluso los que incluyen riesgos. Lo otro es un mundo de fantasía solo sostenible, y por poco tiempo, a fuerza de violencia e implosión generalizada.
El hambre arrecia y los modos de venta fueron múltiples. De pibas vendiendo pastafrolas hechas por ellas a casas ofreciendo el baño por mil pesos. Una vendedora de fernet viene de Monte Grande y espera el relevo. Hay que vender todo lo que se pueda pero hay que mantenerse en pie y la cosa viene para largo.
En su puesto deja turrones y palitos salados otro que viene medio derrotado, mucho no vendí dice, pero espera unos minutos y sigue de recorrida. Un supermercado chino cierra las puertas, un halo 2001 recorre la escena, pero a la vuelta, otro súper chino invita a pasar con amabilidad y ofertas.
Un velorio con fuegos de artificios, alcohol, canciones, pogos es, en principio, una afrenta contra la moral cristiana, que llama al luto, al silencio, a un respeto que parece emular a la muerte misma: no somos nada. Aquí sucede otra cosa: desde la estación Sarandí se ven luces que estallan en la noche, en la fila ya había explosiones, bengalas, incluso los parlantes estallan en sonoridades rotas, más vivas que nunca, sobre los hombros, en las mochilas, en tamaños y formas ATP: somos todo.
En las esquinas se armaron escenarios con músicos y cantantes improvisadxs y circunstanciales. Todo esto y lo que no puede no quedar fuera de una crónica de un evento desbordante hicieron de este velorio una fiesta popular, que es también lo que se niega que muera.
Qué es una comunidad. Un grupo de canciones, que conocen, emocionan e identifican a muchxs, un grupo de poemas cantados que desdeñando el dinero (con ella soy rico gratis) o comprendiendo el derrape, un desbande (un corazón no se endurece porque sí), construyen y afirman una ética: ricotera, argenta, popular, resistente, solidaria, amiguera, rebelde y un largo etcétera imposible de resumir ni describir, menos aún sin vivenciarlo. Quizás “Vivir solo cuesta vida” algo de todo esto condense: un principio vitalista sin algodones ni privilegios, tan sencillo como elocuente y activante.
Resistir esta muerte (velarla) es resistir y persistir en un modo de estar juntxs, de estar en conjunto, de ser comunidad. Un modo en las antípodas del que intenta gobernar las mentes, los cuerpos y los ánimos aquí y allá. Un sepelio colectivo que permite reinscribir lo que entendemos por patria, en tanto una trinchera de hidalguías que no le hará fácil el tránsito a los ingenieros de la miseria planificada. Nadie puede saquearnos en nuestra propia alma.
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