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La “guerra santa” reaccionaria: la radiografía de García Linera sobre la ultraderecha regional 

El exvicepresidente boliviano Álvaro García Linera desnuda la contradicción de la extrema derecha en América Latina: se aferra a la austeridad y al libre mercado privatizador en una era de baja inversión extranjera. El resultado es un retorno a economías de enclave, estancamiento estructural y la erosión profunda del tejido social. ¿Qué deben hacer los progresismos para enfrentar esta ola?

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Esta imagen muestra al político, sociólogo y exvicepresidente boliviano Álvaro García Linera.

Una ola reaccionaria de características inéditas recorre el continente latinoamericano. Con las excepciones de potencias regionales como México y Brasil, además de Uruguay y Guatemala, un número significativo de países volcó su rumbo político hacia gobiernos de extrema derecha autoritaria. Sin embargo, como advierte el sociólogo y exvicepresidente boliviano Álvaro García Linera este fenómeno representa una mutación ideológica y económica peligrosa, anacrónica y estructuralmente limitada.

Para García Linera, la distinción fundamental entre la derecha liberal de los años ochenta y la extrema derecha contemporánea radica en el abandono de cualquier horizonte universal de progreso. Mientras que el neoliberalismo triunfante de hace cuatro décadas buscaba presentarse como el “fin de la historia” bajo las banderas del libre mercado, la globalización y el multiculturalismo, las corrientes actuales operan bajo una lógica punitiva y doctrinaria. Señala al respecto: “La extrema derecha de hoy no promete un futuro de paz mundial basada en los mercados, sino una purga apocalíptica de los ateos que se oponen a las jerarquías ‘naturales’ del empleador sobre empleado, del hombre sobre mujer, de la blanquitud sobre todas las demás etnias y del rico sobre el pobre”.

En lugar de ofrecer una utopía de bienestar compartido, este pensamiento se despliega como una “guerra santa contra el comunismo, contra los inmigrantes, contra los derechos y los bienes públicos”. Ante la percepción de que los recursos mundiales –espacio, agua, energía y capital– son escasos y no alcanzan para todos, la extrema derecha propone la concentración de la riqueza para unos pocos “vencedores”, mientras erige muros fronterizos, promueve el exterminio de civilizaciones o fantasea con colonizaciones multiplanetarias para las élites.

Uno de los aportes más agudos del análisis de García Linera reside en desnudar la contradicción económica de estas experiencias de gobierno. A nivel global, las principales potencias económicas (Estados Unidos, la Unión Europea e incluso China) han girado hacia el proteccionismo, la política industrial, el neoestatismo y la soberanía tecnológica.

En contraste, la extrema derecha latinoamericana insiste en aplicar de forma acrítica las recetas del Consenso de Washington de la década de 1990: “Claman por la ‘apertura al mundo’, pero hoy ese mundo erige barreras arancelarias para proteger lo poco que resta de sus industrias de la productividad avasalladora de las empresas chinas”.

Cuando la promesa de prosperidad material se desvanece, el goce del castigo hacia los sectores históricamente postergados o percibidos como “diferentes” opera como un mecanismo de cohesión política. Según García Linera, la respuesta de las izquierdas y los movimientos populares no puede limitarse a la indignación reactiva ni a la mera administración de la decadencia.

Esta nostalgia por un globalismo extinguido choca con la realidad de los flujos financieros internacionales. La premisa de que una austeridad fiscal brutal atraerá una oleada de Inversión Extranjera Directa (IED) resulta ilusoria en el contexto actual. Si en las décadas de 1990 y 2000 la IED representaba entre el 4% y el 5% del PIB mundial, tras la crisis de 2008 esta proporción cayó drásticamente, situándose en torno al 1%. 

Al mismo tiempo, señala García Linera, en tiempos de incertidumbre el capital transnacional prefiere refugiarse en activos seguros –como los títulos del Tesoro estadounidense– o en sectores hiperconcentrados como la inteligencia artificial, reduciendo su presencia en economías emergentes a enclaves primario-exportadores (minería e hidrocarburos). Por eso, en países como Argentina o Ecuador, la IED ha caído a mínimos históricos de entre el 0,5% y el 1% del PIB, configurando una “economía de enclaves coloniales” caracterizada por alta rentabilidad para sectores extractivos y una baja absorción de mano de obra.

Frente al evidente estancamiento económico y la incapacidad de generar un proceso sostenible de desarrollo, surge la interrogante de cómo estos gobiernos logran conservar un núcleo duro de apoyo político que oscila entre el 20% y el 40% del electorado.

García Linera explica este fenómeno a través de dos dimensiones: la promesa de estabilización frente a las crisis previas y, fundamentalmente, la manipulación de las pasiones colectivas a través de una “reparación moral” basada en el encono social:

“El odio vengativo, transformado en política de Estado contra derechos, migrantes, ‘izquierdistas’, comunistas, kirchneristas, petistas, pueblos indígenas, feministas o cualquier apariencia de igualdad social, desempeña el papel de una expiación colectiva que diluye la ilusión de un futuro de bienestar”.

Cuando la promesa de prosperidad material se desvanece, el goce del castigo hacia los sectores históricamente postergados o percibidos como “diferentes” opera como un mecanismo de cohesión política. Ante esta perversión del tejido social y el riesgo de convertir a la región en un conjunto de protectorados coloniales, la respuesta de las izquierdas y los movimientos populares no puede limitarse a la indignación reactiva ni a la mera administración de la decadencia.

El autor concluye con un llamado a la reconstrucción del horizonte político:

“Lo que se exige, por encima de todo, es una restauración audaz de una esperanza plausible, centrada en un proyecto productivo y socialmente justo, capaz de sacudir los cimientos de las antiguas y degradadas estructuras económicas y mentales”. De acuerdo a García Linera, para disputar la hegemonía el progresismo latinoamericano debe superar la gestión del estancamiento y ofrecer un modelo real de desarrollo e industrialización que garantice el bienestar de las mayorías.

 

Leer el artículo original de Álvaro García Linera en portugués aquí.

 

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