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“Sin lugares para el encuentro, ¿cómo es posible reconstruir los lazos rotos?”
Se lo pregunta la crítica cultural Bárbara Pistoia en diálogo con 4Palabras. Acaba de publicar su nuevo libro, Una guerra en paz en donde realiza un análisis profundo sobre la gentrificación como una maquinaria especulativa que no solo transforma fachadas, sino que desplaza identidades y rompe los lazos comunitarios.
- abril 24, 2026
- Lectura: 7 minutos
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Cafés de especialidad, carteles con nombres en inglés, edificios antiguos reciclados devenidos en showrooms o coworkings. Son algunas de las marcas más reconocibles y superficiales de un proceso urbano cuyo nombre, en los últimos años, se ha hecho conocido: la gentrificación. En su ensayo Una guerra en paz. Comunidad, trabajo cultural y deseo en las ciudades gentrificadas (Marciana), la crítica cultural Bárbara Pistoia desgrana el fenómeno como revelador de una subjetividad contemporánea que atraviesa las vidas de quienes habitan las ciudades.
El libro, dividido en un lado A que propone un primer recorrido por la historización del fenómeno, su devenir y diversos impactos, y un lado B que se presenta como una serie de “elogios”, un rescate amoroso de aspectos que la ciudad gentrificada parece querer llevarse consigo. El volumen puede leerse también como el resultado de un trabajo que viene ocupando a la autora, que entre 2018 y 2025 escribió Delivery, un newsletter con las artes y las ciudades como protagonistas.
Pistoia, autora de Por qué escuchamos a Tupac Shakur (2019), ¡Ay, amor! Un ensayo sobre la cumbia santafesina (2024) y Todo Diego es político (2020), va hilando sus argumentos acompañada de una batería de citas que pasan por Roland Barthes, Marina Garcés, Angela Davis, entre muchos otros. Pero para sintetizar el drama oculto de la gentrificación, recurre una vez más a la cultura popular. En los versos de Bad Bunny “quieren el barrio mío y que abuelita se vaya” se condensa la cuestión: no se trata de un inocente lavado de cara de los barrios, sino de desplazamiento poblacional y de pérdida de una memoria social. Si abuelita se va, se quiebra el lazo entre el pasado y el presente.
Fundamentalmente, hay allí una forma de funcionamiento especulativo del negocio inmobiliario, en el marco del neoliberalismo y en íntima complicidad con el Estado, que piensa a la vivienda únicamente desde la perspectiva de la mercancía. El desplazamiento es directo, por el aumento en los precios de los alquileres o el retiro de la disponibilidad de vivienda para dedicarla a otros rubros (el turismo, por ejemplo), pero también indirecto, por un sentido de disolución de la identidad que aliena y finalmente aleja a los antiguos habitantes.
En conversación con 4Palabras desde Rosario, la ciudad en donde vive desde hace un año, Pistoia empieza por recordar que fue la geógrafa inglesa Ruth Glass la primera en acuñar el término “gentrificación” en la década del ’60. Familias de clase media que repartían su tiempo entre el campo y la ciudad empezaron a habitar a tiempo parcial propiedades que conseguían a precio bajo en barrios tradicionalmente obreros.
“A priori, no lo juzgo, en principio por una cuestión de que defiendo siempre el ascenso social y la posibilidad de una calidad de vida mejor”, aclara Pistoia. Más allá de aquella primera lectura del proceso, al otro lado del océano, en Nueva York, el desplazamiento poblacional cobró otro matiz, ligado a un racismo estructural con la “limpieza” de barrios como el Bronx o Harlem.
“Todo arranca ahí, en los ’70, los ‘80 con desplazamientos de una búsqueda urbana en términos de cuánto vale tu piso, cuánto vale tu espacio, quiénes pueden y quiénes no pueden vivir en la ciudad y cómo empiezan a participar un montón de actores que solemos romantizar mucho como es el trabajo cultural, la vida cultural, los artistas”, continúa la autora.
En ese punto, Pistoia apunta contra la noción de “ciudad creativa”, que demuestra cómo el trabajo artístico ha sido utilizado por el mercado en sus operaciones de “puesta en valor”. En los barrios, ahora llamados “polos”, prácticas antes perseguidas como el graffiti se convierten en murales coloridos, instagrameables, cool. De allí, no solo se deduce un rol acrítico -y muchas veces ciego ante sus propios privilegios- de ciertos actores del mundo cultural, sino también la pregnancia de una estética que tiene que ver con la cultura como consumo de las clases medias.
“Hay que hacer una diferenciación siempre de eso, el producto cultural no es lo mismo que la práctica cultural. Hay algo ahí de la producción cultural, que no es muy honesta de cara a la sociedad en términos de cómo funciona, de cómo se sostiene realmente”, señala Pistoia. “Tenemos un egoísmo vanidoso muy grande, hay algo del status quo, de la hegemonía que cuesta soltar. Pero me parece que es importante pinchar eso, porque estás siendo activo, entrás a Instagram y todos son carretes con placas hechas en IA. ¿En serio, nadie está cuestionando la IA?”, ejemplifica.
La precarización es un fantasma que asoma por detrás. La multiplicación de trabajos para sostener la vida marca tiempos cada vez más acotados para detenerse y mirar, y conspira en contra de un tiempo necesario para repensar los formatos y el léxico que se utiliza. En el mundo de la cultura, Pistoia señala además otras trampas: cuando la retórica autogestiva replica el modelo precarizado y una política cultural superficial.
“Yo soy crítica, del ‘hagámoslo todo a pulmón’ y el pulmón es el del otro”, dice Pistoia. “No siento que se estén pensando las políticas públicas culturales, qué sociedad tenemos, qué sociedad queremos, qué ciudadano vamos a estar creando hacia mañana”, agrega sobre el rol del Estado.
“Yo soy crítica, del ‘hagámoslo todo a pulmón’ y el pulmón es el del otro”, aclara Pistoia. “No siento que se estén pensando las políticas públicas culturales, qué sociedad tenemos, qué sociedad queremos, qué ciudadano vamos a estar creando hacia mañana”, dice sobre el rol del Estado. El modelo de actividades al estilo “la Noche de los Museos” resulta demasiado centralizado y cae en una paradoja en la cual a veces “hay más actividades que gente». “A la vez, estás en un momento en el que un gobierno nacional somete y cuestiona a la cultura. Entonces queda muy incómodo ponerse a cuestionar a un gobierno local que la promueve”, dice Pistoia.
La crítica a la gentrificación podría fácilmente deslizarse hacia la nostalgia. “No se trata de seguir yendo al bar para que no cierre. Todas las ciudades van hacia la saturación. Aparte, hay algo muy lógico, muy básico: la población no es la misma de ahora que hace cien años atrás. Las formas de vida no son las mismas. Y no ha habido gobiernos en el mundo en general, o muy pocos, al menos en América, que vayan acompañando esos procesos laborales en términos de cómo responder en dinámicas, por ejemplo, de transporte público”, opina.
“Debería ser un trabajo mucho más integral sosteniendo esa pregunta, ¿cómo reemplazamos y qué hay de la memoria de las ciudades en esto que vamos a crear nuevo? ¿Cómo sostenemos esa continuidad entre lo que fue, lo que somos y lo que también queremos ser?”, sigue.
Así, la precarización es generalizada, es algo que corroe el mismo sentido de los espacios habitables y disfrutables, la desaparición de los terceros espacios. Sin lugares físicos para el encuentro con otros, ¿cómo es posible reconstruir los lazos rotos? “Volver a las preguntas siento que nos acerca a los otros. Volver a las preguntas que nos saquen del yo. Hubo mucho boom de amor propio y de responsabilidad afectiva que la pido de los otros hacia mí, pero no reviso yo mi responsabilidad afectiva con los otros”, sostiene Pistoia. “Es un momento más de escucha, creo, escucha no en términos de parálisis, sino de volver a las preguntas y de empezar a cuestionarse en serio”, propone la escritora.
Es en ese punto que se enlaza, por un lado, una mirada crítica hacia los progresismos que, para la autora, han llegado tarde para dar respuesta o se encuentran atrincherados. Más allá de las críticas, hay otras pistas en el lado B: la recuperación de la conversación, el amor al prójimo y el amor romántico, mirar al cielo en búsqueda de la trascendencia, la capacidad de rechazar lo que la época instala.
“Me interesaba algo que veo que es la falta de esperanza, la falta de luz, ¿cómo se combate eso? Siento que es muy funcional al fascismo, vos no querés cambiar un mundo que ya está, en el que no hay nada por hacer. Intentaba también marcar que no son problemas individuales, que son sociales. Y no me interesaba tanto esto de ‘la salida es colectiva’ en términos de consigna, sino que no es lo mismo que vos tengas un problema individual a un problema social”, explica.
Frente a una gentrificación que instala lo descartable, Pistoia busca el antídoto: recuperar la comunidad organizada y un amor que evoca a un “nosotros” como un principio de respuesta.
4Palabras
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