Argentina / 25 septiembre 2026

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La guerra civil en Yemen estrangula otra ruta marítima del petróleo

El avance de Ansar Allah sobre el estrecho de Bab el-Mandeb transforma la guerra civil yemení en un desafío estratégico global. Más que un peón de Irán, la milicia hutí combina raíces locales y autonomía política con apoyo externo para consolidarse como la fuerza más cohesionada del país. Al controlar un paso marítimo clave, demuestra su capacidad para trasladar su poder de las montañas al mar y condicionar la agenda internacional.

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puricelli huties

Hay avances militares que modifican una línea del frente y victorias que mueven las placas tectónicas del sistema internacional. El avance de Ansar Allah —la milicia yemení que la prensa habitualmente identifica con la tribu de los hutíes— hacia el estrecho de Bab el-Mandeb pertenece, provisionalmente, a la segunda categoría. La captura del puerto de Al Mokha y la captura de Mayyun, una isla que ocupa el centro del estrecho, no agregan simplemente unos kilómetros al dominio militar de una fuerza. Ponen a una milicia nacida en las montañas del norte de Yemen en control de uno de los pasos marítimos más sensibles del planeta.

La ofensiva desarrollada entre el 9 y el 11 de septiembre, fue coronada con un logro de gran magnitud para el bando hutí. Al Mokha es la ciudad portuaria cuyo nombre quedó asociado al café que durante siglos definió la inserción de Yemen en el comercio mundial. Su importancia contemporánea es más brutal: permite proyectar control sobre el corredor que vincula el Océano Índico con el Mediterráneo y amenazar, encarecer y convertir en una variable de cualquier negociación el tráfico marítimo.

Ansar Allah, “Partidarios de Dios” o “Defensores de Dios” en árabe, es el nombre del movimiento establecido por Hussein Badreddin al-Houthi, dirigente enrolado en la corriente zaidí del Islam, una expresión del chiísmo que, a diferencia de la que predomina en Irán e Irak, no reconoce la jerarquía ni la infalibilidad de los ayatolás. Mucho menos estrictos en materia de observancia de la ley coránica que los wahabíes que mandan en la vecina Arabia Saudita, esta diferencia no es un matiz, sino un hecho que contribuye a explicar (de hecho, refuerza) el enfrentamiento con estos vecinos.

Ahora que los avances de Ansar Allah ponen a Yemen en el centro candente de una crisis regional, no debe olvidarse ni por un momento que, en su origen, el grupo en sí es fruto de una crisis enteramente yemení. La tentación consiste en leer cada movimiento hutí como una operación iraní por delegación. Es una lectura que tiene elementos de verdad, pero que es radicalmente insuficiente.

Irán ha armado, financiado, entrenado y asistido tecnológicamente a Ansar Allah, pero este movimiento no llegó desde Teherán. Nació con la propia historia reciente de Yemen. Aunque llegó a las páginas de noticias internacionales en 2014, cuando sus fuerzas entraron en la capital Saná y siguió siendo noticia como resistencia a la invasión lanzada por Arabia Saudita en 2015, su historia es más larga. La expansión en las décadas finales del siglo XX de la corriente islamista ultraconservadora y puritana conocida como salafismo se topa con un fuerte rechazo en el norte zaidí de Yemen. Los avatares del largo interregno que se abre en 2012, después de que la Primavera Árabe terminase con tres décadas de gobierno de Ali Abdullah Saleh, consolidan un movimiento político militar que recela la pérdida de autonomía y la marginalización del norte, que hasta la unificación de 1990 era una república separada.

Durante los años noventa, poco después de que Yemen del Norte y Yemen del Sur, divididos por una de las fronteras de la Guerra Fría, se reunificaran, surge el movimiento de los Jóvenes Creyentes, asociado a la familia Al Houthi. Su propósito inicial no era conquistar la capital ni gobernar el nuevo país, sino revitalizar una identidad religiosa y una peculiaridad política amenazadas, la una por el fundamentalismo, la otra por la centralización del poder gubernamental. La radicalización vino después, en buena medida como respuesta a la represión estatal de las pretensiones autonomistas.

La última ofensiva no debe leerse como un desembarco iraní en el mar Rojo. Es la irrupción de una fuerza yemení, apuntalada por Irán, en un espacio donde las fronteras entre guerra civil, confrontación regional y economía mundial se vuelven problemáticamente difusas. Quien vea solamente la mano de Teherán perderá de vista las condiciones que explican el auge hutí. Quien vea solo una rebelión nacional ignorará el apoyo externo que explica su alcance actual.

Entre 2004 y 2010, el régimen de Saleh libró seis guerras contra los hutíes. Cada campaña pretendió destruirlos. Cada campaña los dejó con más experiencia, con una memoria más densa de agravios y una relación más estrecha entre identidad comunitaria y resistencia armada. El Estado que buscaba liquidar la rebelión terminó contribuyendo a la consolidación de Ansar Allah. La caída de Saleh dejó un Yemen con instituciones débiles enfrentado a redes de resistencia poderosas.

La entrada de los hutíes en Saná, en septiembre de 2014 produjo una implosión del centro del poder político. Una alianza circunstancial con Saleh, donde cada parte creía estar utilizando a la otra, le abrió a Ansar Allah la puerta de las instituciones y las fuerzas militares. La convivencia terminó con el asesinato del ex-presidente en 2017. Antes, en 2015, Arabia Saudita había internacionalizado la guerra civil, con una invasión bajo el emblema de detener lo que denunciaban como una expansión iraní.

La formidable fuerza aérea saudita, el bloqueo terrestre y el apoyo a fuerzas locales opuestas a Ansar Allah no produjeron la reconquista de Saná ni construyeron un bloque anti-hutí homogéneo. La invasión extranjera le sirvió en bandeja a los hutíes un relato de redención nacional. El alto el fuego auspiciado por Naciones Unidas en 2022 redujo los combates, pero no resolvió el conflicto. La pausa congeló los frentes de batalla sin producir un acuerdo político. Los hutíes conservaron Saná y grandes sectores del norte y el oeste; sus adversarios conservaron enclaves, recursos y reconocimiento internacional.

El apoyo iraní se empezó a desplegar gradualmente, en auxilio de una organización que compartía enemigos con Teherán, aunque no necesariamente compartiera una ideología ni una orientación teológica. Los persas, por supuesto, encontraron en los hutíes un aliado de enorme utilidad. Su asistencia tecnológica les permitió mejorar capacidades navales y misilísticas, incorporar drones e instrumentos de vigilancia. Para Irán se trató de una forma relativamente barata de presionar a Arabia Saudita e Israel y de proyectar poder sobre rutas marítimas no adyacentes a su territorio.

Pero utilidad no equivale a obediencia. Los hutíes conservan una agenda yemení, una jerarquía propia y una base social que sigue sin tener demasiados puntos de contacto con la cultura iraní. Ansar Allah no es un movimiento títere, sino un actor autónomo cuya capacidad fue reforzada por un patrocinador externo. Qué mejor evidencia de esa autonomía que el acuerdo de no agresión mutua alcanzado, en mayo de 2025, entre la milicia y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

La situación en Yemen adquirió una dimensión nueva después de los ataques hutíes contra buques en el mar Rojo, presentados como acciones contra Israel y en apoyo de la población palestina, durante la guerra de Gaza. El avance sobre Al Mokha agrega un dramático impacto global. Durante años, el poder de Ansar Allah se atrincheró en las montañas, se hizo fuerte en la profundidad territorial de su dominio y su capacidad de resistir fuerzas extranjeras tecnológicamente aventajadas. Ahora suma el control del frente marítimo. El centro de gravedad de su poder se desplaza desde la defensa de un enclave hacia la capacidad de imponer costos fuera de él.

Esto no quiere decir que los hutíes puedan cerrar a voluntad Bab el-Mandeb. Amenazar la navegación no equivale a sostener un bloqueo frente a las capacidades navales de Estados Unidos, Arabia Saudita y otras potencias. Tampoco significa que el control de la costa sea irreversible. Implica, sí, que cualquier negociación para reordenar Medio Oriente deberá partir de una realidad que sus adversarios han negado durante más de una década: los hutíes son la fuerza militar y territorial más cohesionada de Yemen.

Ansar Allah ha conseguido algo extraordinario: sobrevivió a sucesivas guerras internas, desafió a las petromonarquías del Golfo Pérsico y transformó la costa occidental de Yemen en una palanca de alcance global. 

La última ofensiva no debe leerse como un desembarco iraní en el mar Rojo. Es la irrupción de una fuerza yemení, apuntalada por Irán, en un espacio donde las fronteras entre guerra civil, confrontación regional y economía mundial se vuelven problemáticamente difusas. Quien vea solamente la mano de Teherán perderá de vista las condiciones que explican el auge hutí. Quien vea solamente una rebelión nacional ignorará el apoyo externo que explica su alcance actual.

Entre ambas simplificaciones está el hecho decisivo: los hutíes han convertido el drama doméstico de Yemen en un problema internacional. Y están demostrando que pueden continuar en el mar Rojo la guerra que lanzaron desde las montañas.

 

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