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La euforia y el derrumbe: cuando el abrazo colectivo por un gol disfraza la desolación

En un escenario social, política y económicamente adverso, el fútbol y sus celebraciones masivas se transforman en un lugar de refugio donde encontrar también un ámbito de pertenencia y de antídoto contra el aislamiento. El problema no es festejar, sino que eso se convierta en un anestésico para distraernos de lo que debería indignarnos.

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la euforia

Hay una grieta que no podemos ignorar. Mientras las noticias nos golpean con jóvenes que no encuentran futuro, ansiedad que no da tregua y políticas que recortan derechos, las calles se llenan de gente que estalla de alegría por un gol. No es hipocresía. Es supervivencia.

Vivimos lo que Amador Fernández-Savater llama “brutalismo”: un mundo que trata a las personas como recursos exprimibles, cuerpos que rinden hasta el agotamiento. Todo se mide: likes, ventas, horas extra. Y en ese molino, la vida se vuelve áspera. Pero el sistema no solo explota; también produce indiferencia. Nos acostumbramos al dolor ajeno, a la precariedad, a la violencia silenciosa de un mercado que no nos mira.

Mark Fisher lo sintetiza con una idea perturbadora: hoy es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Ese “realismo capitalista” nos convence de que no hay alternativa. Y entonces, ¿qué hacemos con la desesperanza? La convertimos en odio o en fuga.

Por un lado, votamos contra nosotros mismos. Elegimos líderes que señalan chivos expiatorios –inmigrantes, pobres, disidentes– y prometen un orden perdido. No es cálculo; es desesperación. Por el otro, nos refugiamos en celebraciones masivas. El fútbol, en especial, se vuelve un paréntesis de sentido: durante noventa minutos hay un objetivo, un rival, una historia con final feliz. Y en la calle, con la camiseta puesta, nadie está solo. Extraños se abrazan, cantan, lloran juntos. Ese sentido de pertenencia, tan escaso en la vida cotidiana, se vuelve casi un antídoto contra el aislamiento.

Pero ahí hay una trampa. Esa euforia, también puede funcionar como un “pacto suicida por delegación”: cuando el futuro se vuelve inviable, el cuerpo social busca intensidades que le devuelvan, aunque sea por un rato, la ilusión de un “nosotros”. El problema no es festejar. El problema es que la fiesta se convierta en un anestésico que nos distrae de lo que debería indignarnos.

La pregunta incómoda es: ¿puede un pueblo sostener la euforia del abrazo sin que esa misma euforia legitime el desmantelamiento de lo público? Si el ajuste duele y el futuro se espesa, la celebración no es el problema: es el síntoma de que el lazo social aún late. Pero ese latido debe traducirse en potencia política, no solo en catarsis.

Byung-Chul Han agrega algo más. Vivimos en una sociedad del cansancio, donde el imperativo ya no es “debes” sino “puedes”. Cada fracaso es culpa personal. La meta siempre se corre, y la fatiga se vuelve crónica. En ese agotamiento, el estallido festivo ofrece lo que el sistema no da: presente puro, sin métricas, sin autocontrol. Es un alivio, pero también una válvula que impide que la olla explote y se transforme.

La pregunta incómoda es: ¿puede un pueblo sostener la euforia del abrazo sin que esa misma euforia legitime el desmantelamiento de lo público? Si el ajuste duele y el futuro se espesa, la celebración no es el problema: es el síntoma de que el lazo social aún late. Pero ese latido debe traducirse en potencia política, no solo en catarsis.

Hay salida, pero no es fácil. Recuperar lo mejor de lo que hemos sido -el cuidado mutuo, la escucha, la imaginación de otros mundos- es el desafío. Como decía Ernst Bloch, la utopía no es un sueño de futuro; ya está en las pequeñas cosas: un huerto comunitario, una cancha de barrio, una asamblea vecinal. También en el descanso saludable, en detener la carrera del rendimiento para redescubrir el valor de lo que no se mide.

Celebrar está bien, es humano. Pero si solo festejamos y no nos preguntamos por qué la vida normal duele tanto, al día siguiente volvemos a la misma desolación. La verdadera pregunta es: ¿podemos llevar ese espíritu de la celebración -la unión, el apoyo mutuo, la alegría compartida- a la vida cotidiana? ¿Podemos construir una sociedad donde el abrazo no sea solo por un gol, sino por un salario digno, por una salud y educación que no fallen, por un futuro que no dé miedo?

En tiempos de crueldad, el gol es un milagro breve. No cambia el mundo, pero nos hace creer, por un instante, que el mundo podría ser otro. Y esa creencia, aunque fugaz, es el último territorio donde la vida disputa el terreno a la desolación. No la despreciemos. Pero tampoco nos conformemos con ella. Porque no se trata de observar el fin de todo con una sonrisa dibujada en los labios. Se trata de construir, entre todos, una vida que merezca ser festejada todos los días, no solo cuando la pelota entra al arco.

* Gabriela Dueñas es doctora en Psicología. Premio Konex Psicología 2026

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