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La guerra en Medio Oriente puede arrastrar a 23,4 millones de niños más a la pobreza
El impacto de los conflictos bélicos se expande mucho más allá de las fronteras de los países involucrados de forma directa. El aumento de los precios de los alimentos y la energía, sumado al ahogo financiero de los países más vulnerables, amenaza con provocar un retroceso histórico en materia de derechos de la infancia.
- julio 17, 2026
- Lectura: 4 minutos
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Las guerras nunca se quedan donde empiezan. Las esquirlas viajan en forma de subas de precios, de barcos que cambian de ruta, de presupuestos públicos que se achican y de platos de comida que se vacían a miles de kilómetros del frente de batalla. Un reciente informe de Unicef enciende –o debería encender– las señales de alarma: el impacto económico de la escalada bélica en Medio Oriente amenaza con empujar a hasta 23,4 millones de niños adicionales a la pobreza antes de que termine el 2026.
El documento del organismo internacional se elaboró a partir del análisis de datos de más de 167 países. Sostiene que el encarecimiento de los alimentos y la energía, sumado al freno de la actividad económica global, está revirtiendo de manera muy rápida años de progresos lentos pero sostenidos en la reducción de la pobreza infantil.
El estudio pone la lupa sobre la llamada “pobreza monetaria”, un indicador que mide a quienes viven en hogares con ingresos inferiores a los umbrales de subsistencia fijados internacionalmente. Al proyectar los meses que restan de este año, Unicef plantea dos caminos posibles, ambos alarmantes. El escenario adverso indica que si se mantiene la situación actual de conflictos abiertos, unos 18,3 millones de menores caerán bajo la línea de la pobreza en 2026. Y el cuadro más grave pronostica que si el conflicto en Medio Oriente se prolonga o se intensifica aún más, la cifra trepará a los 23,4 millones de niños y niñas.
“La infancia está pagando el precio de la escalada del conflicto en Medio Oriente, incluidos niños que viven lejos de esa región”, advirtió Catherine Russell, directora ejecutiva de Unicef. Russell apuntó al núcleo del problema cotidiano de millones de hogares: “El aumento del costo de vida está haciendo que alimentos y educación resulten inaccesibles para muchas familias”.
De acuerdo a UNICEF el encarecimiento de los alimentos y la energía, sumado al freno de la actividad económica global, está revirtiendo de manera muy rápida años de progresos lentos pero sostenidos en la reducción de la pobreza infantil.
El mapa de esta crisis muestra, una vez más, que el impacto de los juegos geopolíticos impactan con más fuerza en el Sur Global. El informe detalla que alrededor del 80% del aumento previsto de la pobreza infantil se concentrará en Asia y, sobre todo, en África, regiones estructuralmente vulnerables y con nulo margen para absorber crisis externas.
Los ejemplos que recoge el documento exponen cómo la macroeconomía de la guerra se traduce en tragedias cotidianas. En Somalia, luego de la escalada del conflicto en febrero pasado, el precio del combustible se duplicó en apenas días. ¿La consecuencia? Se disparó el costo del agua potable, de los alimentos básicos y de las propias operaciones de asistencia humanitaria que mantienen con vida a miles de comunidades.
En Etiopía, las tensiones e interrupciones logísticas vinculadas al estratégico estrecho de Ormuz encarecieron un 31% el diésel y elevaron entre un 50% y un 70% el costo del transporte utilizado para llevar ayuda humanitaria a las zonas más postergadas.
Para las familias que ya vivían al límite, estas variaciones no son porcentajes en una pantalla: representan la diferencia entre comer una vez al día o ninguna, o la decisión obligada de retirar a un hijo de la escuela para que ayude a buscar el sustento diario.
Frente a este escenario, la perspectiva de Unicef es clara: la inacción no es una opción neutral. Dejar que las fuerzas del mercado y de la guerra sigan su curso implica condenar a una generación entera a privaciones que, en palabras de la propia organización, “pueden prolongarse durante toda su vida”. Las recomendaciones que propone el organismo confronta directamente con las políticas de austeridad que suelen imponerse en tiempos de crisis.
Unicef insta a los gobiernos, a los países donantes y a los organismos financieros globales a tomar medidas de fondo. Por un lado, proteger la financiación de los servicios públicos esenciales. Es decir, garantizar que los presupuestos de salud, nutrición, educación y protección de la infancia no sean la variable de ajuste.
Al mismo tiempo, propone incrementar el margen fiscal de las naciones más vulnerables mediante la suspensión o reestructuración de sus deudas externas. Y, finalmente, apunta a reforzar los sistemas de protección social para que funcionen como amortiguadores eficaces ante futuras crisis económicas globales.
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