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El «extractivismo digital» y la brecha de atención 

Desde la Patagonia dos docentes universitarios y coordinadores del “Programa de Cultura Digital de Comodoro Rivadavia” reflexionan sobre cómo la contemplación y la reconexión con lo no consumible pueden convertirse en prácticas políticas de emancipación. Hacia una alfabetización de resistencia.

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Imagen ilustrativa de Inteligencia artificial

En Comodoro Rivadavia (Chubut) el trabajo sobre Alfabetización Mediática e Informacional (AMI), arroja un indicador importante: el extractivismo digital no es un fenómeno abstracto. Es la operación concreta de plataformas sobre nuestras vidas privadas y sociales, aprovechando un vacío enorme que hemos permitido que se abra. La ausencia de competencias socioculturales sólidas en AMI es el terreno donde las corporaciones profundizan brechas que, de otro modo, podrían ser espacios para fortalecer ciudadanías críticas. Mientras los algoritmos fragmentan las comunidades, aparecen incipientes herramientas en las políticas públicas para construir nuevos conocimientos  para leerlos.

Esta es la brecha más insidiosa de todas. No es solo quién tiene acceso a internet y quién no. Eso está casi resuelto. La nueva brecha es la de atención: quién tiene las herramientas socioculturales para proteger su tiempo y su mente, y quién es arrojado a la maquinaria extractivista sin defensas. Los talleres de alfabetización mediática e informacional en barrios de Comodoro Rivadavia y la región, son espacios que muestran la naturalización extrema del consumo de pantallas:  los asistentes no siempre se han preguntado por qué pasan nueve horas diarias en ellas. Y que ocurre mientras están allí.  El sistema que rompe la esencia del lazo social, que nos deja en soledad y mentalmente cada vez más enfermos, opera precisamente sobre esa inconsciencia. No es responsabilidad sólo de  los usuarios; es una arquitectura de captura diseñada por corporaciones que entienden cómo funciona la atención humana.

Aquí reside lo urgente: frente a este desmonte sistemático de lo colectivo, necesitamos repensar qué significa resistir en el mundo digital. Aquí en el Sur la resistencia es comunitaria: el encuentro familiar en una parroquia de barrio para desentramar la cultura digital de Roblox y Fortnite, un curso híbrido con personas mayores en red que intercambian saberes “de otros tiempos” que los reconfiguran en nuevas comunidades digitales como ciudadanos críticos o un encuentro con jóvenes estudiantes de escuelas secundarias, que mientras buscan en la tarea de un “minuto de desconexión”, nos demuestran también la porosidad de esa resitencia: sus producciones reflejan un intento por pensarse fuera de las pantallas y lo logran. Pero siguen estando solos.

¿Será la contemplación parte de la respuesta o un lugar distinto, por fuera, por donde comenzar a preguntarse? Ya no como una postura filosófica pasiva ni oriental sino como una forma “originaria” que reinaugura los sentidos.  Así como los pensadores clásicos del siglo XIX proponían dejar de contemplar el mundo para transformarlo, hoy, en clave polisémica, proponemos la contemplación como praxis. Invertir ese postulado se vuelve hoy un acto profundamente político: volver a decidir sobre nuestro tiempo y sobre una forma de reconexión con aquellos aspectos no productivos que nos hacen esencialmente humanos. Negarse a dilapidar nuestras biografías y serendipias para fundar una soberanía digital de la intemperie. Una verdadera reconexión con el entorno y con las realidades que nos rodean, en todas sus dimensiones políticas y emocionales; y también, sus modos de gestión.

¿Alcanzará con lo que hacemos cuando estamos “afuera” de los espacios digitales?¿Se tratará de salir hacia este estado más veces de los que entramos a esos espacios “flipers” de trans-acción? Entonces, la resistencia sea quizá un “modo” más que un lugar en sí mismo, que de por sí, ya cuesta definir particularmente; resistir será la posibilidad de seguir produciendo desde adentro, en un estado-modo de rehacer, que es “decir” utilizando todas las potencialidades de las nuevas tecnologías. 

Esa reconexión no es un lujo contemplativo. Cuando producimos contenidos digitales con comunidades sobre sus propias realidades —la precariedad laboral, la contaminación ambiental, la falta de oportunidades, el género—, descubrimos que el acto de estar, de mirar, de documentar, de transaccionar, de narrar colectivamente, es en sí mismo un acto de emancipación. ¿Será la reconexión con lo no consumible que me ofrece el algoritmo parte del inicio? Lo que no se puede empaquetar, medir, predecir ni vender es hoy el mayor acto de rebeldía. Una conversación sin pantalla. Un silencio compartido. Un territorio que miramos sin la mediación del diseño de plataformas.

Para que esa rebeldía no sea un privilegio de pocos —una especie de «desconexión VIP» para quienes pueden pagarla— necesitamos que sea el resultado de un trabajo colectivo. Ahí es donde la Alfabetización Mediática e Informacional deja de ser un contenido curricular más para convertirse en lo que llamamos una «alfabetización de resistencia», porque no es posible esto sin acciones críticas que desnaturalicen lo que hacemos. No se trata solo de enseñar a detectar fake news o a configurar la privacidad de una cuenta. Se trata del desmonte cada vez más preciso de la lógica algorítmica. Enseñar a leer cómo la interfaz nos diseña mientras creemos que la usamos. Y mientras tanto, nosotros pudiendo hacer otras cosas.

Cuando las comunidades de los barrios de Comodoro Rivadavia  o de los pueblos de la Patagonia producen y narran historias inéditas para contar sus perspectivas filosóficas de la Inteligencia Artificial, están diciendo: «No somos un perfil algorítmico, somos personas que nos narramos con identidad comunitaria”, y usamos las plataformas para hacerlo. La emancipación 2.0 no es una utopía; es el resultado del trabajo colectivo en el desmonte cada vez más preciso de un sistema que nos enferma. Es la reconfiguración de prácticas sociales de resistencia que permitan nuevas formas de lazo social.

Cada vez que se cuestiona el algoritmo, cuando se produce un audiovisual que cuenta la realidad sin filtros corporativos o nos atrevemos a contemplar sin la mediación de la pantalla, se construye una alternativa.  Eso es la política, educación y emancipación.

 

Horacio Avendaño es docente universitario en Sociología y Comunicación, productor audiovisual y coordinador del Programa de Cultura Digital y Alfabetización Mediática de la Municipalidad de Comodoro Rivadavia, Chubut.

Laura De La Torre es docente universitaria en Lenguaje Escrito y Comunicación, productora audiovisual y coordinadora del Programa de Cultura Digital y Alfabetización Mediática de la Municipalidad de Comodoro Rivadavia, Chubut.

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